jueves, 27 de septiembre de 2012

EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES Y DE LAS CÁRCELES JOHN HOWARD



EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES
 Y DE LAS CÁRCELES

JOHN HOWARD


Traducción: TP Silvia Susana Naciff

INTRODUCCIÓN.

Tomé realmente conciencia de la angustia de los prisioneros, de los que solamente una parte de mis contemporáneos tienen una idea aproximada, cuando fui sheriff[1] en Bedfort.[2] Al constatar que un número considerable estaba detenido desde hacía varios meses, decidí actuar en favor de ellos ya sea debido a:
- que los jurados hayan absuelto algunos,
- o que, a falta de pruebas suficientes, el Gran Jurado hubiese decidido abandonar las investigacio­nes con respecto a otros,
- o además que las partes civiles hayan desistido de considerar a estos últimos.
Todos eran, a pesar de esto, reconducidos por la fuerza a la prisión y permanecían encarcelados hasta el momento en que hubiesen entregado al carcelero, al escribano, etc., la paga de diversos gastos  «de encarcelamiento»  o «de justicia» ocasionados por su primer estadía.
Para corregir ese abuso, me dirigí a los jueces de mi condado, proponiéndoles que los carceleros reciban un salario que compense los gastos de encarcelamiento exigidos a esos desdichados. Los magistrados reconocieron, unánimemente, la injusticia de una práctica tal y que deseaban encontrar la solución, pero exigían apoyarse en un precedente antes de recargar el presupuesto del condado con las erogaciones ocasionadas por ese motivo. En búsqueda del famoso precedente recorrí varios condados vecinos, pero fue en vano: en todas partes la misma injusticia; en todas las prisiones, una desolación común, donde el espectáculo aumentaba diariamente mi necesidad de hacer desaparecer esa práctica condenable. Con el propósito de completar mi información, de medir la extensión del mal y observar detenidamente sus distintas manifestaciones, decidí visitar la mayoría de las prisiones inglesas.
Encontré, en dos o tres prisiones, algunos pobres diablos cuyo aspecto exterior era repugnante. Delante de ellos tomé conciencia de la causa de su decrepitud. Todos contestaron que acababan de salir de una «casa de corrección». Resolví extender el campo de mis investigaciones: regresé a los condados ya visitados con el fin de visitar sus casas de corrección, después, en una segunda etapa, inspeccioné, en toda Inglaterra, todas las prisiones (incluso los reformatorios, y las pequeñas prisiones de todos los poblados). En la mayoría de esos sitios, el panorama de las más grandes desdichas se me ofrecía profusamente. Sin embargo mi atención se detuvo en dos males, la fiebre de prisión y la viruela, que provocan estragos en los lugares de encierro, tanto en la población de condenados de derecho común como en los prisioneros por deudas.
No he sido el primero en deplorar la fiebre de prisiones, Stowe señala, en Survey, que «en el transcurso del año 1414, murieron los carceleros de Newgate y de Ludwate, y sesenta y cuatro prisioneros en la prisión de Newate» [3] y, evocando la prisión de King's Bench[4], indica que unos cien prisioneros fallecieron entre 1573 y 1578, y que sucumbieron algo más de doce reclusos en el período comprendido entre la St. Michel y el mes de marzo de 1579, «de una enfermedad contagiosa llamada "fiebre de la casa"». Podría ilustrar aún más, mencionando un hecho sacado de la historia, los estragos que la fiebre de prisión provoca cuando se propaga en los lugares de encierro antes de propagarse fuera de sus muros. Las consecuencias terroríficas de esta fiebre son hoy día muy conocidas, al punto tal que retienen a los que se interesan en conocer lo que sucede en el interior de las prisiones.
Intervine con ese tema en una sesión de la Cámara de los Comunes llevada a cabo en el mes de marzo de 1774. Mis propuestas fueron muy bien recibidas, y después de un tiempo, el Señor Popham, diputado de Tounton, depuso una moción por él presentada unos años antes sin ningún suceso, que en esta oportunidad se vio concretizada en dos leyes: una, liberaba de pagar los gastos de encarcelamiento a los acusados absueltos, y la otra, que disponía velar por la salud de los prisioneros y tomar las medidas apropiadas para prevenir la fiebre de prisiones. Hice imprimir los dos textos, en caracteres diferentes, antes de enviárselos a los guardias de todas las prisiones del condado del reino. Muchos prisioneros pudieron enjugar sus lágrimas y bendecir a aquellos que le habían salvado sus vidas.
Los elogios emanados de la Cámara llamaron la atención del público acerca de los hechos que había podido reunir. Eso explica, en parte, la presente publicación. Pero la principal razón que me impulsó a escribir este libro está más allá: muchos desórdenes persisten en el seno de las prisiones, los prisioneros continúan soportando enormes e injustificables sufrimientos, la fiebre de prisiones está lejos de haber sido erradicada... Allí reside el único motivo de la edición de esta obra: demuestro que mucho queda por hacer y manifiesto mis deseos para que el nuevo Parlamento acabe la obra iniciada con tanto mérito por el precedente.
Mi empleo de sheriff me llevó a emprender mis primeras visitas; el sufrimiento de los prisioneros y el amor por mi país me motivaron para llevar más allá esta tarea, su importancia aumentó progresivamente en mí. Solamente la Providencia me guía, ella dice de sacrificar mi tiempo y mi dinero en beneficio de los desdichados. El interés manifestado por el Parlamento a la lectura de mis primeras observaciones me incita a perseverar, y a ampliar mi perspectiva. Choqué con un número incalculable de dificultades cuando quise probar que el fraude y la crueldad era sin ninguna duda el origen de muchas miserias; debí multiplicar mis visitas, y, para hacerlo atravesar muchas veces el reino. Estoy persuadido, al fin de cuentas, de que muchas malversaciones quedan por descubrir, que mis informadores me han engañado a sabiendas, porque estaban más preocupados por su propio interés que por mi preocupación para descubrir la verdad. Sin embargo, en mis primeras visitas, cuando tomé conciencia de que la falta de limpieza y de aireación eran la causa de una buena parte de los males que castigan las prisiones, y en mis últimos viajes, cuando intenté hacer compartir esta convicción, la opinión de los carceleros evolucionó por lo menos en este punto: algunos comprendieron que proteger la salud de los prisioneros tenía como efecto proteger la propia y la de sus familias.      
Cuando comencé mis visitas fue, lo confieso, con cierta aprensión. Me protegía respirando vinagre durante el recorrido de la prisión y cambiando mis hábitos al salir de ella. Progresivamente, dejé esas precauciones al punto de llegar a no tomar ninguna: no sólo porque llegué a no impresionarme por el espectáculo renovado de horror, sino en virtud de los progresos que permiten, en ciertas prisiones, aplicar la ley «sobre la preservación de la salud de los prisioneros»[5]. Un visitante hoy no reconocería, las prisiones que frecuenté anteriormente y en la cual él hubiese prometido no pisar más. Pero, es muy importante, no detenerse a medio camino, y contentarse con una mejora puntual. Dado que el efecto cesaría con la causa, las prisiones volverían a ser lo que siempre fueron y sus carceleros retomarían sus antiguos hábitos, jurando que no se les exigiría más seguir escrupulosamente las recomendaciones de la ley.
            Me conformaría con denunciar lo que anda mal, prohibiéndome realizar cualquier otro comentario que podría perjudicar mi único objetivo, eliminar los abusos de la prisión.
No viajé con el propósito de distraerme. Tampoco publico esta obra con la expectativa de divertir al lector: escribo para todos aquellos que tienen la voluntad de corregir abusos y disminuir sufrimientos.
El autor implora el perdón de su lector, por el uso inmoderado que me vi obligado a realizar, por pura simplificación de la palabra «yo».





CAPÍTULO 1
VISTA GENERAL SOBRE LA MISERIA DE
 LAS PRISIONES

Existen prisiones en las que el visitante, a simple vista percibe que están dirigidas de una manera particularmente represora. La delgadez de los prisioneros, su tez blancuzca dicen mucho más que las palabras sobre el alcance de su desdicha: la mayoría entraron en perfecto estado de salud, se convirtieron en pocos meses en seres héticos, casi esqueletos. Languidecen de fiebre y decaen, presos «de la enfermedad y de la prisión», luego expiran sobre los suelos podridos de celdas repugnantes, víctimas, a los ojos de las autoridades, de fiebre pestilenta o de enfermedades infecciosas graves, víctimas, en realidad, yo no diría de la barbarie de los sheriffs y de los jueces de paz, pero al menos de su negligencia.
La causa de esos males se debe a la falta de los elementos necesarios en la vida de los prisioneros es decir, en algunas prisiones, la indigencia absoluta en la que viven.
Comencemos hablando de las casas de corrección. En alguna de ellas, los prisioneros no tienen derecho a ningún alimento. En otras, el guardia revende lo poco que les es asignado. En fin, está previsto que el prisionero reciba un pan de uno o dos peniques por día, el guardia retira por su cuenta la mitad o más.
Pero, remarcaremos con justicia, que ¿esta especie de prisioneros, no obtiene su subsistencia de su trabajo, al ser condenados a «trabajo forzado»?. Cuesta trabajo creerlo, pero existen muy pocas casas de corrección donde los prisioneros trabajan, o donde el trabajo esté organizado. A falta de herramientas y de materia prima, los prisioneros, completamente ociosos, se abandonan a la depravación y al desenfreno y se dejan llevar, en algunas de las cárceles visitadas, a escenas cuya descripción dañaría el pudor del lector.    
Algunos guardias, dieron participación  a los magistrados de las súplicas de sus prisioneros y reclamaron para ellos un alimento suficiente, quedando mudos ante esta respuesta inconsiderada: «¡Qué trabajen o que mueran de hambre!». Ante la imposibilidad de organizar el trabajo ¿no es pronunciar con demasiada ligereza, por parte de los jueces, una sentencia a muerte para esos desdichados?
Pregunté a algunos guardias las razones por las cuales la ley «sobre la preservación de la salud de los prisioneros» no se aplicaba: me respondieron que los magistrados les habían contestado que las casa de corrección no estaban comprendidas en esa ley1.
En consecuencia, luego de las visitas trimestrales a los tribunales del condado, los prisioneros comparecen cubiertos con harapos, famélicos y extenuados por las enfermedades que van a propagar al lugar donde asistan: en la sociedad, cuando son absueltos, en las prisiones de los condados, cuando son condenados.
Igual discurso alimenticio vale para las prisiones del condado. En [más o menos] más de la mitad de ellas, los prisioneros por deudas no tienen ni pan ni atención médica, al contrario de los asaltantes de caminos, ladrones y asesinos que sí reciben. En un gran número de esas prisiones, se prohíbe a los deudores disponer de herramientas para trabajar, con el pretexto de que los otros detenidos podrían utilizarlas para escapar o para cualquier otro uso ilícito. Muchas veces los escuché decir, comiendo su pobre sopa (pan hervido en agua clara): «Somos detenidos y casi condenados a morir de inanición».
En lo que respecta al auxilio previsto por la benévola ley de Georges II (32º año del reinado, comúnmente llamada la ley de los Lores, dado que fue elaborada en el edificio de la Cámara de los Lores) concerniente a los deudores, no encontré, en ninguna de las prisiones de Inglaterra y ni de Gales (con excepción a las de los condados de Middlesex y de Surrey), DOCE PRISIONEROS POR DEUDAS que hayan obtenido, o que pudieran obtener de sus acreedores los cuatro peniques por día que están obligados a concederles. Encontré, en un solo viaje, alrededor de seiscientos prisioneros cuya deuda era menor a cuatro libras; el monto del gasto consecutivo a su encierro hubiera rápidamente alcanzado el valor de la deuda, algunos prisioneros confinados durante muchos meses por sumas irrisorias.   
En Carlisle, uno sólo de los cuarenta y nueve deudores que se encontraba allí en 1774 recibía alimentos de su acreedor, y el guardia me confió que, desde hacía unos catorce años él cumplía con esa función, y que solamente había encontrado cuatro o cinco deudores cuyos acreedores pagaban la pensión, y además sólo en los primeros tiempos del encierro.
No encontré ningún deudor en el Castillo de York ni  en las regiones de Devon, Cheshire, Kent, etc. que reciba asistencia. En realidad, los deudores son los más lastimosos de todas las criaturas encerradas en las prisiones.
Además del problema de la alimentación, los deudores son víctimas de gastos que exigen de ellos los carceleros y de extorsiones que sufren de los magistrados. Estos retienen en sus propias casas (llamadas, con razón, «casas-esponjas»), y a precios de pensión astronómicos, a los prisioneros que tienen dinero. Igualmente, para los alimentos exigibles a los acreedores existen medios legales, gracias a los cuales los prisioneros pueden obtener lo que merecen, pero como las vías de recurso son inaccesibles, los abusos se perpetúan. Contra esas aves de rapiña, sería necesario un procedimiento simple y eficaz: los magistrados no deberían tener más derecho a mantener albergues2, pero esta prohibición no se respeta en ninguna parte.
Me permito señalar aquí, la terrible división realizada entre dos categorías de personas: los deudores del Tesoro, que no tienen  ningún derecho a alimento, y los prisioneros provenientes de una jurisdicción eclesiástica, que pueden ser liberados bajo caución.
En algunas prisiones, los prisioneros de derecho común pueden beneficiarse con un pan de tres peniques por día, en otras, tienen derecho a una provisión de un chelín por semana, en otras no reciben nada; volveré sobre estas disparidades. Tuve, muchas veces y en numerosas prisiones, la ocasión de pesar el pan y pude constatar que, por igual valor, el peso del mismo podía variar entre siete y ocho onzas y media. Es probable que, la ración estando determinada en dinero, representaba en su origen un peso doble del convertido hoy3. De esta forma, las raciones fijas a un precio bajo sólo son suficientes para una sola comida, y cuando se reparten cada dos días, el prisionero debe hacer ayuno un día cada dos.
Esta ración, que no satisface las necesidades elementales de los prisioneros, es todavía más reducida por el hecho de que se dejan en manos de los carceleros para su distribución. Criminales,  que han entrado en buen estado de salud, salen de esas prisiones medio muertos de hambre, apenas capaces de moverse e ineptos, durante semanas para realizar otro tipo de actividad.        

AGUA           
Muchas prisiones no disponen de agua. Este es el caso de la mayor parte de las casas de corrección y de las prisiones de la ciudad. En los lugares reservados para paseo de los prisioneros de derecho común de algunas prisiones del condado, no hay agua y, cuando hay, esos prisioneros no pueden salir de sus celdas y dependen de los carceleros y sus sirvientes para su entrega: conozco una prisión en la que los detenidos sólo tienen derecho a tres pintas de agua por día, volumen insuficiente para apagar la sed y permitir a un prisionero estar limpio.

AIRE
El aire es tan necesario para la vida como el pan y el agua, pero es un don de la Providencia que no exige mucho esfuerzo para tener derecho a él. Debemos creer que las bendiciones del Cielo excitan nuestro celo, porque hemos encontrado el medio para privar a los prisioneros de  ese «reconfortante natural de la vida», como lo llama justamente el Dr. Hales, impidiendo la circulación y la renovación de ese fluido saludable, sin el cual los animales no podrían vivir y prosperar. Nadie ignora que el aire alojado en los pulmones es fétido y peligroso. Los especialistas demostraron  que no se puede sobrevivir en una atmósfera semejante. Sin embargo no hace falta recurrir a la autoridad de los sabios, un solo ejemplo es suficiente para convencer de esta amenaza: en 1776, ciento setenta personas se encontraron atrapadas en una cavidad en Calcuta, en Bengala; ciento cincuenta y cuatro murieron por falta de aire, los rescatados describieron el lugar donde sufrieron como «¡Un Infierno en miniatura!».
El aire que se respira, es aún más tóxico cuando sale de los pulmones de un enfermo, y nada es más nocivo en el interior de las prisiones. El lector juzgará cuando precisé que mis hábitos estaban tan infectados durante mis primeras visitas, que me veía obligado a bajar los vidrios de mi palanquín o mejor, viajar muy a menudo a caballo. Las hojas de mi agenda estaban tan manchadas que debía hacerlas secar delante del fuego durante una dos o horas antes de poder compulsarlas. Lo mismo, después de visitar una prisión, sucedía con mi antídoto, mi frasquito de vinagre, del que emanaba un olor insoportable. No podríamos extrañarnos al saber que muchos de los carceleros se excusaron de no poder estar presentes durante mis visitas, de no poderme acompañar a las salas de prisioneros de derecho común4.
A partir de esos hechos, el lector puede tener una idea del peligro que amenaza la salud y la vida de los prisioneros apiñados en habitaciones cerradas y en celdas subterráneas entre catorce y dieciséis horas por día. En algunas de esas cavernas, el suelo es muy húmedo, cubierto, en algunos casos, por una o dos pulgadas de agua; y la paja, o el material para poder acostarse está extendida en el mismo suelo, comúnmente ausente una cama de madera apropiada. Cuando los prisioneros no están recluidos en celdas subterráneas, quedan durante todo el día en sus calabozos dado que la prisión no dispone de patios5, que es el caso de la mayoría de las prisiones de la ciudad, ya sea  porque los muros que la rodean están en ruinas o poco elevados, ya sea porque el carcelero acaparó el patio para su uso. Están casi todos enfermos. 

LETRINAS
Algunas prisiones, no tienen letrinas ni retretes; lo que constituye un mal menor, ya que letrinas y retretes de los sitios que sí tienen, están en tan malas condiciones de higiene que emana un olor insoportable para el visitante, y son una amenaza para la vida de las personas que se encuentran allí recluidas. 

VENTANAS
Las celdas o salas de muchas prisiones disponen de pocas aberturas. En virtud del impuesto sobre ventanas, que debe pagar el carcelero, las celdas o salas de muchas prisiones tienen pocas aberturas. De allí la tentación de tapar las ventanas a pesar de que los prisioneros corran peligro de morir ahogados6.

ROPA DE CAMA
En un número importante de prisiones y en la mayoría de las casas de corrección, no existe casi provisión de paja o de ropa de cama; ya sea porque la paja sólo se entrega en muy pequeña cantidad y no se renueva antes de que pasen muchos meses; la cama se convierte en polvo y se encuentra completamente infectada. Algunos prisioneros duermen sobre trapos, otros sobre el piso. Los guardias siempre me explicaron: «El condado no provee de paja, pero nosotros entregamos a los prisioneros, la paja que compramos con nuestro propio dinero».

MORAL
Los vicios que acabo de mencionar afectan la salud y la vida de los prisioneros: menciono lo que perjudica su moral, la mezcla, en promiscuidad, de todo tipo de detenidos, por deudas y «de derecho común», hombres y mujeres, jóvenes y viejos, a los que se suman, en algunos condados, individuos culpables de infracciones menores y que podrían haber sido llevados a las casas de corrección con el fin de ser corregidos con disciplina y trabajo, pero permanecen por caridad en prisiones del condado, habida cuenta del estado de desorganización que impera en las casas de corrección.
Existen pocas prisiones en las que hombres y mujeres se encuentran separados durante el día. En algunos condados las prisiones sirven además de casas de corrección, en otras, las dos instituciones están contiguas y el patio es común. El delincuente menor tiene allí una muy buena escuela, y se puede ver (¿quién no se mortificaría ante un espectáculo tal?) a jóvenes de doce o catorce años escuchar con avidez el discurso de criminales avezados acerca de sus aventuras, sucesos, estratagemas, evasiones.
Agrego que algunas prisiones reciben a los idiotas y a los locos. Fuera de las secciones del Ministerio Fiscal o en otras ocasiones, esos pobres seres son el divertimento de los visitantes ociosos. La mayoría de las casas de corrección están superpobladas, amenazando la salud de sus prisioneros, debido a los locos que molestan y acaparan las salas reservadas a los condenados7. Los locos, cuando no están aislados, molestan y asustan a los otros prisioneros. Ningún cuidado les está permitido, probablemente, algunos recuperarían su razón y se convertirían en personas útiles para la sociedad si un régimen o medicamentos apropiados le fuesen distribuidos.
El lector que cree todo lo que acabo de señalar no se asombrará de los estragos provocados por la fiebre de prisiones. Resulta de observaciones realizadas en 1773, 1774 y 1775. La  fiebre mató a muchas más personas que el conjunto de penas capitales que tuvieron lugar en todo el reino en igual período8. Las consecuencias del encierro son conocidas: ¿el acreedor, consecuentemente, sabe que se comporta de una manera despiadada y que tiene propósitos para nada inocentes, cuando dice que va enviar a su deudor a «pudrirse en la cárcel»?. Los números de mortalidad en las prisiones que tengo a la vista, las muertes a las que asistí en el transcurso de mis visitas, demuestran la gravedad de semejante sentencia.      
Esos estragos no son exclusividad de las prisiones. Sólo menciono para, no olvidar el gran número de marineros y miembros de familias de condenados que murieron en el transcurso del viaje por América, [antes de la reciente ley que suspende la pena de deportación ]. ¿Pero también cuántas víctimas entre parientes y amigos de los prisioneros, llegados para visitarlos, cuántas víctimas, además, entre los que tuvieron relación con los prisioneros, cuántas víctimas entre las personas que tuvieron la tarea de llevarlos hasta las salas de audiencias?
El historiador Baker dice, en su «Crónica» (p. 353), que fuera de las Audiencias en lo criminal llevadas a cabo en el Château d'Oxford en 1577 (que se conocieron rápidamente con el nombre de «Audiencias negras»), «todos los participantes murieron en cuarenta horas, el barón que presidía, el comisario, y algunos trescientos más. El canciller Bacon y el Dr. Mead atribuyen esta hecatombe a una enfermedad cuyos portadores eran los prisioneros juzgados». Lord Bacon agrega que «la enfermedad más infecciosa, después de la peste, es la fiebre de prisiones, que ataca a los prisioneros que han estado durante mucho tiempo encerrados, en lugares muy reducidos; tuve ocasión, en dos o tres oportunidades de hacer una experiencia,  señala el canciller, la enfermedad fulminaba tanto a los jueces, en contacto directo con los prisioneros, como a los litigantes y espectadores»9.
Durante la primera sesión de Audiencias llevada a cabo en Tauton, en 1730, acusados provenientes de la prisión de Iverchester contaminaron toda la Corte; el barón Pengelly que presidía, Sir James Sheppard, el jefe de la policía, John Pigot, el sheriff, y unas cien personas más murieron de fiebre de prisiones. En Axminster, aldea de Devonshire, un prisionero, liberado de la prisión de Exter en 1755, contagió a toda su familia; dos de los suyos murieron antes de que el mal se propagara por toda la ciudad. Los hechos están aún en todas las memorias, por lo tanto no tengo necesidad de extenderme acerca del número de víctimas provocadas por igual causa, en Londres, en el año 1750: sucumbieron dos jueces, el alcalde, un consejero municipal y muchas otras personas de rango inferior.
Sir John Pringle observa que «las prisiones fueron a menudo el origen de fiebres malignas» e indica que, después de la revuelta de Escocia, más de doscientos hombres de un mismo regimiento se contagiaron de los desertores de prisiones inglesas10.
El Doctor Lind, médico del hospital real de Haslar (cerca de Portsmouth), me hizo ver, en una de las salas, a algunos marinos que habían propagado la fiebre de prisiones en el barco, luego de haber frecuentado a un liberado de una prisión londinense. El barco debió desarmarse. Lind escribe, en su «Essay on the Health of Seamen» que «el origen de la infección en las tropas y en la flota se encuentra innegablemente en las prisiones; se puede seguir los trazos de su propagación. Sus consecuencias son a menudo fatales en un medio tan expuesto en una tripulación reclutada de prisa, por el método llamado de urgencia»11.  Señala por otra parte:
«La primer flota inglesa despachada hacia América, luego de la última guerra, vio morir a más de dos mil de sus hombres, precisando: Los gérmenes de la infección fueron aportados por guardacostas y los estragos de la enfermedad fueron la principal causa de mortandad durante esta guerra»12.
Podría multiplicar los ejemplos. De igual forma los prisioneros deberían ser tratados severamente, nada justifica que mueran de una enfermedad susceptible de contagiar a inocentes. La cuestión es de interés nacional y tiene mucha importancia.

EJEMPLOS VICIOSOS
Nadie podrá negar la importancia y la extensión de ese mal, la fiebre de prisiones, nadie podrá, de ahora en más, negar que ese azote es susceptible de propagarse a toda la sociedad en el momento de la liberación de prisioneros. Se escucha a menudo decir: «la prisión no paga las deudas»; yo agregaría, sin temor a ser contradecido: «la prisión no devuelve mejor al prisionero en el plano moral». Sir John Fielding señala que «cuando se libera a un prisionero cuyos cómplices fueron condenados a muerte y ejecutados, éste sube rápidamente los escalones del crimen para convertirse en el jefe de la banda». Ha tomado clases, sin ninguna duda, en la prisión; así, los pequeños delincuentes enviados, a la casa de corrección  o a la prisión del condado por uno o dos años, están sumergidos en el ocio y obligados a frecuentar a los criminales; salen de allí desesperados y listos para cometer cualquier mala acción. La mitad de los robos cometidos en Londres y en sus alrededores, fueron planeados en prisiones, la causa es la terrible mezcla de criminales que ellas autorizan y el gran número de ociosos admitidos para visitar la prisión. ¡Llegamos al resultado inverso de lo previsto por la ley, corregir y multar a los delincuentes! El encierro da coraje y hace fructificar los vicios que se supone que combate. Muchos jóvenes encerrados por algún delito insignificante, salen de prisión completamente pervertidos. No tengo escrúpulos al afirmar: si el deseo de los magistrados era destruir el presente y el futuro de los delincuentes menores, ese deseo está satisfecho por encima de toda esperanza. Las prisiones son justamente llamadas los teatros y las escuelas de la holgazanería y de todos los vicios.  
Una nación enmarcada por su sensatez y por su humanidad ¿puede aceptar esos abusos,  origen de miseria, de enfermedad y de crueldad, mientras que al mismo tiempo, trata a otros prisioneros con ternura y generosidad? Quiero hablar de los prisioneros de guerra. Reciben  alimentos en buena cantidad, algunos de ellos las economizan para venderlas a los soldados que los cuidan13: a menudo vi alimentos expuestos antes de prepararlos para que los prisioneros pudiesen inspeccionarlos. Algunas prisiones ofrecen amplios patios para paseos, cada prisionero dispone de un coy para la noche. Lejos de mí está la idea de suprimir las ventajas de ese tipo de prisioneros: desearía simplemente que satisfagan a nuestros compatriotas en sus necesidades; así, la bondad británica sería más que un principio firme, sería además una práctica uniforme y duradera; de este modo, nuestros censores no tendrían más razón en explicar nuestra generosidad antes los extranjeros por motivos menos amables.
Noto, aquí dos objeciones: los prisioneros de guerra no son ni delincuentes ni deudores; y además, el gobierno recupera, al terminar la guerra, los gastos ocasionados a las naciones enemigas. Este último hecho está, creo, comprobado; en lo que corresponde a la primera objeción, va de suyo que no consideramos a nuestros enemigos como deudores o delincuentes, no más como lo son esos que nos conciernen14; en el transcurso de los combates, cada campo sueña con destrozar a los adversarios, pero, luego de la batalla cada uno vuelve bien y compasivo. Ahí reside la única diferencia entre los prisioneros de guerra y los prisioneros civiles, pero no existe diferencia en la naturaleza: un delincuente, un deudor, un enemigo son hombres y deben ser tratados como hombres.
Son ellos los que, al escuchar el relato sobre los sufrimientos de los prisioneros, exclaman irritados:  «Tienen lo que se merecen», parecen olvidar que sólo deben a la Providencia haber sido distinguidos de esos desdichados y que Dios les recomienda imitar a Nuestro Señor Jesucristo, que fue «compasivo con los ingratos y los desdichados». También olvidaron las vicisitudes de las acciones humanas, imperio de las circunstancias que presiden cada destino, un hombre rico y poderoso puede, de un día para el otro, caer en la indigencia antes de encontrarse prisionero por deudas. Lo mismo ocurre en materia criminal. Un hombre pudo estremecerse de horror ante el relato de un tipo particular de crimen, antes de cometer justamente ese crimen, llevado por una fuerza irresistible. «Que aquel que jamás cometió una falta» tenga cuidado; antes que arrojar la piedra sobre los que han caído, debería tenderles la mano.
Todo eso es conocido, objetarán los mejores escritores que ya han tratado el tema con prolijidad. No lo pongo en duda, aprovecho esta ocasión para citar algunas frases de un célebre autor interesado en los sufrimientos de los prisioneros: «La miseria no es el principal de los males que soportan los prisioneros; se encuentra en las prisiones la totalidad de los vicios que puede engendrar la pobreza asociada a la maldad; allí se cometen sin miramientos todas las atrocidades que producen la impudencia de la ignominia, la pasión de la necesidad y la maldad de la desesperación. La prisión está fuera de la vigilancia, de la mirada pública y del poder de las leyes. Más temor, más vergüenza, la infamia enciende la infamia, la audacia alienta la audacia. Cada uno se endurece tanto como puede contra su propia sensibilidad, se ingenia para infligir a los otros los sufrimientos de los que fue víctima y gana el afecto de sus vecinos adoptando costumbres que resultan conocidas15».
Al lado de todas esas miserias, existen, en las prisiones, numerosos malos hábitos que aumentan los sufrimientos de los prisioneros. Intentaré en el capítulo siguiente, dar un exhaustivo inventario, pero conciso, de esas costumbres.        
             




























CAPÍTULO 2

LOS MALOS HÁBITOS DE LAS PRISIONES

En la mayoría de nuestras prisiones, existe una costumbre cruel, la llamada «bienvenida», que preside el recibimiento de los recién llegados «¡Paga, o te desplumamos!», palabras que no se pronuncian con ligereza, el prisionero que no tiene dinero se ve despojado de su vestuario, y, en lugar de paja o de ropa de cama, contraerá una enfermedad que podrá matarlo1. En muchas prisiones, las ganancias de la bienvenida la utilizan, a  partir de la noche siguiente, los veteranos para hacer parranda, sinónimo de beneficio para el guardia o el cantinero - es imposible conseguir que confiesen, las informaciones las obtuve de las mismas víctimas. La tarifa de la bienvenida varía de acuerdo con la personalidad del recién llegado y de las circunstancias. En ciertas prisiones, si un prisionero de derecho común puede pagar la bienvenida correspondiente a los deudores (cuyo monto es generalmente más elevado), será admitido en las fiestas que se realizarán con la llegada de los nuevos prisioneros por deudas. Esta costumbre últimamente se extendió a las prisiones que estaban protegidas, mientras que los magistrados lo han estrictamente prohibido en [otras] en otras dos o tres.
En todas las prisiones,  bajo las formas más diversas, el juego es rey: cartas, dados, bolo, tablas de Misisipí y de Porto-bello, billar, pelota, tenis, etc. Los juegos de cartas, de dados y de bolo son los más conocidos, sin embargo los juegos de cartas ganan sobre los otros. Es difícil encontrar una sola prisión del condado en la que los prisioneros no jueguen a las cartas. En las prisiones de Londres, se [practican] practicaban hasta hace poco todas las formas de juego mencionadas. No soy enemigo de ejercicios de diversión, pero dudo sobre algunas de sus consecuencias: con motivo de los juegos, se hacen bromas, se dicen palabrotas y se blasfema, esto concluye a menudo en orgías; los deudores acrecientan su déficit (y el de sus acreedores), a veces en proporciones extraordinarias, la droga del juego se introduce en las venas, adquieren las «mañas» de los jugadores profesionales, prisioneros o no, que vagan por todos los lugares donde se juega, por otra parte, en los patios de paseo, los jugadores impiden a los prisioneros jugar para relajarse, muchos se han quejado ante mí por este inconveniente... Esas razones bastan para decidirme a exigir, dentro las prisiones, la prohibición de todas las formas de juego.        
Otro de los usos que condeno absolutamente, es el cargar a los prisioneros con grilletes.  Las cadenas son tan pesadas que hacen que su caminar sea a la vez difícil y doloroso, impidiéndoles hasta acostarse a dormir. En algunas prisiones del condado así como en las casas de corrección, a las mujeres se las carga también con cadenas, en Londres esto no ocurre, lo que prueba que esta es una práctica inútil2. El uso de las cadenas puede ser el resultado de la tiranía, pero sospecho más que sea el resultado de la culpabilidad de los guardias, que tienen una gran inclinación a permitir lo que ellos llaman «la elección de las cadenas» tanto a las mujeres como a los hombres que poseen el dinero suficiente para esta exoneración. El autor de la carta a Sir Robert Ladbroke acerca de las prisiones (haciendo referencia a la prisión de Newate, luego reconstruida), cita, en la página 79; la opinión de John Coke, el «Espejo de Justicia» de Horm, etc, a favor de la abolición de este uso, y agrega: «El editor advertido de «La Historia del Proceso de la Corona» de Hale opina de igual manera, el portar cadenas sólo justifica el temor a una evasión o en caso de que se produzca insubordinación;  por lo demás, la conducta, aún habitual, de los guardias es inadmisible, porque se opone a la benignidad y a la humanidad de las leyes inglesas, que proscriben a los guardias infringir cualquier dolor o tormento a sus prisioneros».
Los miembros de la Comisión de las prisiones, que se señalaron para una encuesta rigurosa y circunstancial sobre las exacciones cometidas por los guardias3, indican en su informe del 20 de marzo de 1728 sobre la prisión de Fleet, que luego de una denuncia elevada a los jueces por un prisionero, al que los guardias habían colocado las cadenas, los magistrados censuraron a los guardias, «los guardias sólo pueden colocar en los grilletes a un hombre reconocido culpable de un crimen...» Los guardias se defendieron afirmando que «la seguridad de la prisión descansa en este uso», a lo que Lord Chief Justice King (quien posteriormente sería Canciller) respondió «que solamente debían rodear las prisiones de muros más altos», el mismo magistrado condenó el uso de celdas subterráneas. Por mi parte agregaré que a pesar de elevarse los muros esta tarea debería completarse con un mayor número de guardias y este debería ser  proporcional al número de prisioneros4. [En Escocia, a los prisioneros se los juzga sin cadenas y cuando son absueltos se los libera inmediatamente].
En su tratado «De los Delitos y de las Penas», el marqués de Beccaria dice que: «La cárcel es, pues, la simple custodia de un ciudadano, mientras se lo juzga como reo, y dicha custodia, que es esencialmente penosa, debe durar el menor tiempo posible y ser lo menos dura que se pueda»5. El sufrimiento causado por las cadenas es mayor cuando los prisioneros deben recorrer diez o quince millas a pie para llegar hasta el tribunal donde serán juzgados. Una vez en el lugar de destino procesados y acusados son agrupados en una sola habitación durante días y noches, hombres y mujeres todos juntos. Es imposible hacerse una idea de las molestias de esos desdichados, sus sufrimientos, sus gemidos, hasta sus alaridos. Es importante que los prisioneros sean transportados en un carruaje hasta la ciudad donde sesiona el tribunal, es importante también que la ciudad donde sesiona el tribunal disponga de una prisión apropiada.     
En algunos condados, la ceremonia de Liberación de prisioneros sólo tiene lugar una vez al año. ¿Cómo se repararán los sufrimientos y la depravación soportados por un desdichado prisionero durante un año (a veces dos) antes de ser juzgado y que su país, algunas veces, termina declarándolo inocente?
Ya cité al atinado Beccaria. «Un ciudadano arrestado sólo debe permanecer en prisión el tiempo necesario para la instrucción de su proceso», dice en el capítulo consagrado a «la prontitud de penas», que merecería ser aquí citado integralmente, y agrega: «He dicho que la prontitud de las penas es más útil, porque cuanto menor es el intervalo de tiempo que transcurre entre la pena y el malhecho, tanto más intensa y perdurable es en el ánimo humano la asociación de estas dos ideas: delito y pena, de modo que insensiblemente se considera la una como causa y la otra como efecto necesario e ineludible»6. Recordaré además un pensamiento admirable de M. Eden en sus «Principles of penal Law», p. 330: «Es suficiente pensar en el número extraordinario de hechos imprevistos que componen cada día de vida de un ser humano para darnos cuenta que todos somos presuntos culpables; tenemos pues interés, no sólo para proteger al inocente, sino además para infligir a los culpables la pena más leve, siempre que la seguridad pública no corra peligro».
En virtud de los gastos que ocasiona el viaje de los jueces y de todo su séquito, a los distintos condados, los detenidos y los acusados, antes de ser juzgados se pudren en las prisiones. En Hull, las sesiones del Ministerio Público se llevan a cabo solamente una vez cada siete años. Peacock, un asesino, fue juzgado a los tres años de cometido el delito: los principales testigos habían muerto y fue absuelto. A partir de ese momento las sesiones del Ministerio fiscal de Hull se llevaron a cabo cada tres años.
A partir de la sanción de la última ley7,  los prisioneros absueltos quedan eximidos de pagar sus gastos de encarcelamiento, sin embargo quedan sometidos a las exigencias financieras de secretarios8 y permanecen detenidos durante toda la sesión del Ministerio Público o bien hasta la partida del juez de paz, a reserva de pagar inmediatamente los gastos de justicia. La  ley prevé que los prisioneros absueltos «serán liberados en los estrados». Va de suyo, debido a esta ley, que todos los gastos referidos al arresto del prisionero que se quiera absolver quedan suprimidos.
A partir de  la primera ley, secretarios del Ministerio Público pidieron que los guardias entreguen a los jueces certificados de absolución, en los que deben constar los gastos realizados en el transcurso de cada sesión; se utilizan dos tarifas: o bien los certificados se venden a seis chelines y ocho peniques el primero y un chelín los restantes, o bien cada certificado se otorga pagando dos chelines. Algunos secretarios no exigen nada, algunos guardias se niegan a pagar, otros pagan protestando. Tengo en mis manos dos recibos de la visita de inspección al Ministerio fiscal entregados a los guardias de Exeter y de Salisbury9.
Se me indicó que en Durham, después de la sesión del Ministerio Público de 1775, el juez Gould impuso al guardia una contribución de cincuenta libras a favor del secretario, con el pretexto de que él retenía a los prisioneros absueltos; el guardia no pagó esta suma dado que la prisión pertenecía al Obispo que intervino en su favor y los prisioneros terminaron siendo liberados. El Juez ordenó al secretario que explique, a su regreso a Londres, el fundamento de una tal contribución.
Uno de los pretextos para retener a los prisioneros absueltos es que algunas veces surgen «nuevos indicios para que permanezcan detenidos durante la sesión». Digo que es un pretexto, porque escuchamos que se espera que los jueces hayan abandonado la ciudad para liberarlos, habiendo la sesión tenido lugar varios días antes, y sólo basta con que los prisioneros paguen para obtener su libertad. Otro pretexto invocado por los guardias: «Debo llevarlos a la prisión para quitarles los grilletes». Esta operación puede llevarse a cabo en el recinto del tribunal. Así, por ejemplo, en Londres, hay una serie de aparatos, con los que es posible retirar los grilletes, a los prisioneros absueltos, en menos de dos minutos. El pretexto no sería válido, si como propuse anteriormente, los acusados comparecieran ante los tribunales sin sus cadenas.
Yo no veo que aquí se reduzcan los pagos a los secretarios, que deben ser retribuidos en razón de sus distinguidos servicios. Me revelo contra el hecho de que sean los prisioneros los que soporten, directa o indirectamente, las consecuencias de estos gastos, y, en este caso, los prisioneros absueltos10.
Algunos guardias habitan a una cierta distancia de su prisión, aún en lugares que no pertenecen al mismo condado. Esta facilidad no es conciliable con la atención que requiere el cuidado de los prisioneros, con la necesidad de preservar, dentro de la prisión, el orden y la limpieza, etc. Encontramos, sobre la puerta de la vivienda de ciertos guardias, la siguiente inscripción: «Aquí se vende alcohol».
Las prisiones (particularmente las de Londres) son invadidas por las mujeres y los hijos de los prisioneros por deudas. Diez o doce personas se amontonan en pequeñas habitaciones, lo que hace que aumenten los riesgos de infección y que lleve a la corrupción de niños. Es necesario mostrarse humano en esta cuestión. El marido y la mujer no deben estar completamente separados, pero ninguna mujer, salvo que sea prisionera, debe ser admitida en la prisión por más de una noche, excepto si su marido se encuentre enfermo gravemente. Sin embargo, es raro que una mujer sea útil a su familia habitando en una prisión. Por otra parte, muchos hombres ocupan la misma habitación y las mujeres perdidas se hacen admitir bajo el nombre de esposas. Todo esto merecería ser cuidadosamente reglamentado.
Algunas prisiones son propiedad de particulares: sus guardias, protegidos por los propietarios, están menos controlados por los magistrados y tienen mayor probabilidad de liberarse de las exacciones. Hace algunos años, una de esas prisiones estaba tan arruinada que el guardia recurrió a procedimientos realmente chocantes a la vista de sus prisioneros, el propietario se negó a realizar trabajos11. Tiempo atrás un guardia de esas prisiones torturaba un prisionero aplastándole los dedos dentro de un aparato de contención. El Gran Jurado intervino ante el propietario, pero todo resultó en vano, este es el relato de uno de mis amigos que formaba parte de ese jurado12.
Cuando lleve al lector, a mi visita por cada una de las prisiones inspeccionadas, daré pruebas, ejemplos precisos de estos abusos, que hasta aquí relaté en términos generosos.

EL NÚMERO DE PRISIONEROS
Mis cifras se remontan a la primavera de 1776. [Es innegable que, desde entonces, la ley a cerca de los prisioneros insolventes redujo considerablemente el número de detenidos.]
Middlesex, sea Londres o Westminster, más tres prisiones del Southwark, King's Bench, Marshalsea y Borough contaban con:
1274 deudores;
228 prisioneros de derecho común;
194 delincuentes menores;
Es decir 1696 prisioneros.
Los otros treinta y nueve condados de Inglaterra contaban con:
752 deudores;
617 prisioneros de derecho común;
459 delincuentes menores;
Es decir 1828 prisioneros.
Los doce condados de Gales contaban con:
67 deudores;
27 delincuentes de derecho común;
Es decir 94 prisioneros.
Las prisiones de las ciudades contaban con:
344 deudores;
122 delincuentes de derecho común;
Es decir 466 prisioneros.
De lo que resulta:
2437 deudores + 994 detenidos de derecho común + 653 delincuentes menores = 4084 prisioneros.  
En las prisiones del condado de Gales, el número de delincuentes comunes se confunde con el de los prisioneros de derecho común, las prisiones del condado se utilizan también como casas de corrección.
A algunos delincuentes menores de las ciudades se los detiene en las prisiones del condado, su número se confunde con el de los 122 prisioneros de derecho común.
En las prisiones del condado, entre los 617 prisioneros de derecho común se encuentra un cierto número de delincuentes menores y de deudores.
En fin, entre los delincuentes menores, debemos contar a los prisioneros de derecho común instalados en las casas de corrección.
De mis cálculos resulta que, término medio, cada dos personas, hombres y niños13 acompañan a un hombre en prisión. Mis especulaciones se confirman con las cifras suministradas por la «Sociedad de Beneficencia de la Thatched House» [el 9 de octubre de 1776] el 27 de marzo de 1782. Desde su fundación en [1771] 1772, ha censado:   
3980 deudores absueltos,
a los que acompañaban 2193 mujeres
y 6288 niños,
Es decir 12461 personas.
Al 27 de marzo de 1782, las cifras eran las siguientes:
7196 deudores absueltos,
a los que acompañaban 4328 mujeres
y 13126 niños,
Es decir 24650 personas.
La «Sociedad Bristol» proveyó, con fecha 31 de mayo de 1775, las siguientes cifras, que confirman mis hipótesis:
73 personas absueltas,
con 45 mujeres
y 120 niños,
Es decir 238 personas.
La proporción de «dependientes» aparece todavía más importante en las cuentas  suministradas por la «Sociedad para la liberación de personas encarceladas por deudas menores» de Dublín: entre el 15 de mayo de 1775 y mayo de 1782, por 1134 prisioneros, se contaban 3611 «dependientes», es decir un total de 4745 personas.
Las cifras suministradas por esas instituciones son mucho mayores de las que hemos podido determinar de acuerdo a mis propios cálculos: de 3062 en el primer caso, de 19 en el segundo y de 1343 en el tercero. Deben, sin embargo, tender a bajar, porque el número de mujeres y niños que acompañan a los deudores, es mayor del que acompañan a los otros tipos de prisioneros.
En consecuencia, las prisiones contienen, en Inglaterra y en el País de Gales:
4084 prisioneros,
acompañados de 8168 personas
Es decir 12252 individuos en la miseria.
Los cálculos posteriores a los míos llevan a pensar que las cifras arriba indicadas son muy exageradas. Pero, cualquiera sea el número real de prisioneros y de los que comparten su desdicha, la importancia del problema es tal que la nueva Legislatura debe continuar prestando toda la atención que merece.
Pienso satisfacer la curiosidad de mis lectores proponiéndoles, al finalizar esta obra, un cuadro comparativo del número de prisioneros ingleses y galeses en 1779 y 1782.   





El Estado de las Prisiones

John Howard


Traducción: Silvia Naciff

CAPÍTULO 3

MEJORAS PROPUESTAS PARA  LA ORGANIZACIÓN
Y DIRECCIÓN DE LAS PRISIONES

El acreedor furioso que hace arrestar y encarcelar a su deudor, comete un acto sanguinario. Basta con escuchar sus razones antes que sus pasiones para convencerse que condenar a muerte a un hombre endeudado, es un acto criminal. Lo que vale para los deudores vale para los condenados de derecho común: una prisión no debe ser un lugar de exterminio sino un sitio seguro en el que los acusados esperan para ser juzgados y en el que los condenados soportan la condena establecida.
Los deudores tienen derecho a un trato humanitario; sin embargo ningún principio moral o político justifica que los acusados o los condenados, incluso los más repugnantes, no tengan derecho a un trato igualitario». «Principles of Penal Law», p. 52) Las leyes inglesas prohíben las ejecuciones privadas, ningún malviviente será ejecutado secretamente detrás de los muros de una prisión, ya sea bajo una forma directa o indirecta, razón más que evidente si se trata de los que no fueron condenados a la pena capital. Su muerte no sólo es injusta sino además contraria al orden y a la sensatez. Cuidar a los prisioneros, para mantenerlos en buen estado de salud y preservar su estado físico para el trabajo, es una medida de utilidad pública, tanto en Inglaterra como en cualquier otro país. Ahora bien, en la mayoría de las prisiones el resultado es inverso, como lo pude constatar varias veces: los prisioneros que sobreviven salen de la prisión impotentes, algunos de ellos devorados por el escorbuto, otros con los dedos del pie machucados o gangrenados1.
Cuando se indulta a un prisionero, o simplemente es absuelto en el estrado, su liberación es sólo ilusoria: a pesar de estar convencido de que algunos empleos podrían ser ocupados por esos infortunados, nadie querrá dar un empleo a un pobre ser tan endeble y tan piojoso. El desgraciado buscará trabajo de puerta en puerta, pero sin suerte. ¿No es desesperante ver tanta buena voluntad tan mal recompensada, en lugar de fomentarla? ¿No es penoso ver que hombres, abandonados por todos, sean  impulsados, por una  necesidad casi irresistible, de pasar de querer mantenerse firmes en sus propósitos, a cometer actos que los llevarían a prisión, abreviando  o en las mejores condiciones, quebrando una vida que podría ser fructífera y útil.
Para poner fin a estas atrocidades, hay que interesarse por las prisiones. Un número considerable de ellas, entre las que se encuentran algunas del condado, están en ruina, o, por diversas razones, totalmente inadaptadas para ese destino: deberían sustituirse por nuevas construcciones. Otras son incómodas: para mejorarlas habría que sacar provecho de los terrenos vírgenes y de los ocupados por los guardias. Simples reparaciones no son suficientes. Con el propósito de ayudar a los que proyectan la construcción de prisiones en el condado, me voy a permitir dar, en las próximas páginas, algunos consejos que podrán poner en práctica manos más hábiles; espero que así será emprendida la obra beneficiosa y generosa que consiste en realizar una prisión-modelo. Sólo trazaré aquí las líneas directivas. Antes diré una palabra sobre este proyecto.

SITUACIÓN
Una prisión debe construirse sobre un terreno aireado, próximo, en lo posible, a un río o a un arroyo. Las prisiones que visité, las más limpias y las más sanas, estaban siempre situadas cerca de un río. Esas prisiones generalmente no tenían (no podían tener) celdas subterráneas, gracias a esto se preservaron muchas vidas; la proximidad con el agua que corre permite escapar de otra plaga, tan peligrosa como ésta. Hablaré de las fiebres.
La prisión debe situarse cerca de un curso de agua, pero a una distancia tal que el agua no alcance los muros y los sitios de paseo. Esta precaución no fue considerada desde el principio cuando se construyó la prisión de Appleby, en Westmoreland, a tal punto que el agua puede subir los muros y alcanzar un nivel de tres pies de altura.
Si no se puede construir la prisión cerca de un río, se elegirá hacerla sobre un terreno alto; así será salvado el obstáculo de muros demasiado elevados que impiden la libre circulación de aire. Será importante que la prisión no esté rodeada de otras construcciones, como es el caso de las prisiones que se construyeron en el medio de una ciudad.

PLANO
El grabado, en el anexo 4, representa el plano de una prisión que, de acuerdo a mi modo de ver, ofrece un número importante de ventajas, tanto en lo que concierne [a la higiene y a la disciplina] a la seguridad y a la disciplina como a la higiene. Este grabado me permite ahorrar muchos comentarios redundantes y me conformaría con algunas consideraciones en general.
Las construcciones separadas de los muros y donde se encierra  a los prisioneros de derecho común pueden ser cuadradas o rectangulares; construidas sobre arcadas, serán más aireadas y más secas. Las arcadas permiten una mejor seguridad, ya que constaté que la mayoría de las evasiones se realizan a partir de túneles cavados en el piso de las celdas o calabozos2. Gracias a las arcadas, los candidatos a una evasión subterránea encontrarían obstáculos insoslayables. En cuanto a los otros, chocarían con el muro que rodea el patio, lo que representa la principal seguridad, no es necesario que los muros sean macizos como lo son actualmente, dado que impide la luz y la aireación. Las salas deberán ser abovedadas, ya que se evitaría, en caso de incendio la muerte de muchos prisioneros, como ocurrió en la prisión de Halstead, entre otros ejemplos. Las escaleras serán todas construidas en piedra.              
Lo ideal sería que existan tantas celdas como criminales. Deberían tener una altura de diez pies, y dos puertas, una con una reja de hierro, para la mejor circulación del aire. Si no es posible separar a los prisioneros durante el día, sería importante poder hacerlo durante la noche3. La soledad y el silencio favorecen a la reflexión y al arrepentimiento. El recogimiento es también necesario para los que están a punto de dejar ese bajo mundo, ¡mientras que hasta hoy se hace totalmente lo contrario! los guardias me aseguraron que gracias a las fiestas organizadas por los prisioneros, cuya condena a muerte era definitiva, habían obtenido una ganancia diaria de cinco libras; de esta forma [existen] existían quince celdas previstas para este fin en la prisión de Old Newate, que se conservan en ese estado y que se [proyecta unir] han unido a las nuevas construcciones. Este tipo de celdas individuales deberían preverse para aquellos que se encuentren a punto de ser liberados. El obispo Butler, citado en la nota, observó que es importante tomar estas disposiciones, «tanto del punto de vista religioso como laico, las personas mueren como han vivido».
La separación nocturna que preconizo permite evitar evasiones, o al menos que resulten más difíciles: las evasiones se planean y se intentan durante la noche. Esto además impediría el robo entre los prisioneros, dado que la mayoría se llevan a cabo durante la noche. Separarlos conlleva a un problema, por el que los guardias ya han tenido que pasar y además se quejan: no saben dónde alojar a los criminales que aceptaron testificar contra sus cómplices, ya que hay un sólo deseo, asesinarlos. En muchas prisiones se han visto obligados a juntar a esos prisioneros con mujeres.
Cuando las celdas están enfrentadas, las ventanas deberán obstruirse, con la condición de abrirlas durante el día. Las ventanas de la construcción para los hombres no deben disponer de vidrios, ni taparse con paja.   
Las mujeres deben estar completamente separadas de los hombres4. Los jóvenes prisioneros deben estar separados de los viejos criminales y de los delincuentes avezados. Distintas categorías de prisioneros que deben, además, disponer de calefactores o de cocinas independientes. Los paseos y los oficios religiosos se llevarán a cabo en horarios diferentes.
Cada patio debe estar cubierto con baldosas o piedras planas para simplificar su limpieza, deben poseer una bomba o uno o dos caños, que se repararán al menor desperfecto, puesto que la prisión se tornaría inmediatamente insalubre, como he podido, desgraciadamente, comprobarlo muchas veces. Un hilo de agua deberá circular permanentemente por el patio. Una sala de baño práctica5, tal como existen en los hospitales del condado, se instalará casi a la altura de la bomba o del caño de agua. Los recién llegados o los prisioneros mugrientos deberán bañarse allí  y se los incitará a realizar regularmente esta tarea6. Durante la mañana se llenarán los baños y por la noche se vaciarán en los desagües que conducen a las alcantarillas. El baño deberá tener una caldera para poder bañar a los enfermos. Deberá dotarse a la prisión de una estufa o un horno para destruir los parásitos que infectan la vestimenta y la ropa de cama7.
La enfermería estará en el lugar más aireado de la prisión, lejos de otras dependencias y construida sobre arcadas. Sus salas deberán, irremediablemente, disponer de camas con su correspondiente ropa. El piso de cada pieza tendrá, en la mitad de la misma, una abertura con una boca de doce o catorce pies cuadrados, que se cubrirá durante la noche8. Procedimiento este que se podría utilizar en todos los locales de la prisión. Ventiladores manuales podrían instalarse en todas las habitaciones, especialmente las reservadas a la enfermería. Esos ventiladores se pueden utilizar en cualquier circunstancia, ya que no son los ventiladores movidos por efecto del viento. De acuerdo con los cálculos del Dr. Hales, p. 12, un ventilador de ese tipo renueva setenta y cinco m3 de aire por minuto. De mis ulteriores observaciones se desprende que los ventiladores son de poca utilidad en las prisiones, dado que se colocan  sobre el piso, y como las prisiones disponen de patios y de salas de buenas dimensiones, dotadas de aberturas suficientes, con una limpieza regular, blanqueados a la cal dos veces por año no serían necesarios.
Las letrinas de todas las prisiones deben ubicarse, como en los colegios, en los patios y no en los pasillos o corredores, divididas en cabinas de diez pies de ancho, separados por tabiques entablados desde el piso hasta el techo. La enfermería no pone en peligro la seguridad de la casa, siempre y cuando, disponga de parapetos o de pequeños caballos de frisa sobre los muros que la rodean.
El edificio ocupado por los deudores deberá estar completamente separado del que utilizan los prisioneros de derecho común, si esto no se realiza los deudores no tendrán ni la tranquilidad, ni la limpieza, ni la salud a las que tienen derecho y además no se podrá asegurar para ellos una buena moral. La ley promulgada en el 22º y en el 23º año del reinado de Charles II, capítulo 20, exige que esta separación se lleve a cabo durante la noche, a fin de que los prisioneros por deudas no tengan que soportar las palabrotas y otros términos impíos proferidos por los criminales. La ley igualmente dispone que «serán encerrados en celdas individuales». Pero eso sólo es válido, según mi criterio, durante la noche, así mismo es una gran desdicha ver a esos prisioneros incómodos y corrompidos durante todo el día por las conversaciones reprensibles de los detenidos de derecho común. No quiero decir que los Parlamentarios deban corregir la ley, inspirados en mis opiniones, que supongo son las suyas. Se que es en vano intentar explicar una ley a partir de los vagos principios que se supone representan «el espíritu de la ley». Cualquiera que sea, lo ideal sería una completa separación, dado que, como no existe más que un solo patio, los deudores de las clases más bajas se juntan con los prisioneros de derecho común para dedicarse al juego, con la misma prodigalidad que estos últimos, así lo constaté en Worcester, Glocester, Salisbury, Aylesbury, Bedford, Ipswich, Bury, Leicester, etc. Generalmente la separación solo se lleva a cabo durante la noche, salvo en un reducido número de prisiones, tales como las de [Brecon], [Portsmouth], Devizes, St. Albans, del Borough-Compter y en el seno de las casas de corrección de Clerkenwell. Debo agregar a esta lista la casa de corrección de Tothillfields, que desde el cierre de la prisión de Westminster sólo acepta prisioneros por deudas menores. La absoluta separación es un factor de higiene que impide la propagación de enfermedades infecciosas; autoriza finalmente a que los deudores trabajen, sus herramientas no pueden llegar a las manos de los criminales ya que podrían utilizarlas para una evasión o agresión.           
El sector de los deudores debería disponer de una cocina, de un calefactor y de un taller para los que deseen trabajar. En algunas prisiones existen, por ejemplo, talleres de zapateros, de empajado de sillas, gracias a los cuales los prisioneros conservan el hábito de trabajar, contribuyen a solventar a sus familias y alivian una enorme carga que de otro modo caería sobre ellos.
Quisiera señalar aquí que cuando las ventanas tienen vidrios, se puede colocar además contra marcos de dos hojas; porque, pude constatar que muchas salas para deudores y corredores de las prisiones de ciudad o del condado son muy insalubres por falta de un número suficiente de aberturas.
A los detenidos no se los obliga a trabajar, sin embargo muchos de ellos, con el propósito de mejorar sus vidas desean hacerlo. Algunas prisiones en Exeter, Norwich, Ipswich, etc., les ofrecen esta oportunidad9.
En mi primera edición dije que las mujeres prisioneras por deudas deberían contar con un sector aparte, disponer de una bomba, de un patio, etc., prohibir todo contacto entre los dos sexos. Agregaría sin embargo que el número de deudores es tan insignificante - sólo basta para convencerse con ver mis cifras - que es trabajo de los jueces estudiar si una o dos habitaciones así como un patio, deben o no reservarse para esta categoría de prisioneras.
Sería interesante que las construcciones para los deudores se encuentren sobre arcadas y contiguas a las habitaciones de los guardias. Este lugar, situado en el medio de la prisión, daría al mismo tiempo, sobre el patio para los prisioneros de derecho común y sobre el de los deudores. Sería un buen medio para que el guardia pudiese mantener el orden entre los prisioneros y estar atento a la higiene en la prisión; debería velar para que la limpieza se realice regularmente, para preservar su propio alojamiento de la polución.
Una capilla es indispensable dentro de la prisión. El sitio elegido por mí, me parece el más apropiado, la capilla debería tener una galería reservada a los deudores y a las mujeres, quienes deberían permanecer lejos de las miradas de los otros prisioneros. Biblias y libros de plegarias, protegidos con cadenas, debido a los robos, estarían al alcance de los prisioneros, penando todo tipo de degradación.

DISCIPLINA
Las mejoras materiales, en una prisión, de nada sirven si no existe una buena gestión y una dirección clara.
El primer elemento a tener en cuenta es la elección de un guardia. Deberá ser honesto,  activo y humano. Abel Dagge, guardia de la prisión de Newate en Bristol, presentaba todas estas cualidades, sólo podemos lamentar su desaparición y respetar su memoria. Georges Smith, el guardia de la casa de corrección de Tothillfields, tiene méritos comparables.
Los guardias deben ser sobrios, si pretenden luchar contra la intemperancia y muchos otros vicios. Si quieren conservar intacta su autoridad, es menester que los guardias, los carceleros, o los conserjes no pueden regentear la cantina, vender alcohol o mantener alguna relación de interés con los prisioneros. Los guardias que regentean o arriendan la cantina sacan provecho de ello, incitan a la venta de alcohol, organizan fiestas nocturnas, cierran los ojos ante las orgías donde se mezclan los dos sexos, de manera que la mayoría de nuestras prisiones son a la vez tugurios y burdeles. La cantina es responsable de situaciones verdaderamente escandalosas. Aún los criminales condenados a muerte engullen considerables cantidades de alcohol, algunos insultan después del último suplicio, como ocurrió con Lewis, ejecutado en Leiscester en 1782. El guardia que vende alcohol tiene tendencia a mostrarse parcial frente a sus prisioneros, dejando de lado a los pobres y mimando a los deudores deshonestos que encuentran un excelente asilo dentro de la prisión. Estoy convencido de que el número de presos por deudas sería menor si se suprimiese la cantina y si no se tolerase ni el tumulto ni la embriaguez.
Deberé decir que una ley de Georges II (32º año del reinado) autoriza al prisionero por deudas a obtener, fuera de la prisión10, alcohol y otros alimentos. Esta disposición sería atinada y provechosa para los prisioneros si se aplicara correctamente. Al vino no debe considerárselo como un alimento, además debería prohibírselos con los mismos argumentos empleados para prohibir las bebidas fuertes. Pero algunos [guardias] carceleros, por ser los intermediarios de la cantina interpretan la ley de acuerdo con su interés: prohibamos a los guardias vender alcohol, así no solamente los prisioneros recuperarán sus derechos sino que además se lucharía contra la intemperancia y se suprimirían todos esos «clubes» y reuniones nocturnas que proliferan en nuestras prisiones.
Para impedir que las cantinas sigan en manos de los guardias, no basta con especular, es necesario apoyarse en los datos que obtuve de los mismos guardias. Pregunté a dos de ellos, inteligentes pero un poco ingenuos, «cual sería la reforma más urgente a realizar en las prisiones», me respondieron: «se debería impedir la venta de cerveza o de vino aunque sea privilegio de los guardias, pero además tendríamos que tener recursos que sustituyan esas ventas».
El salario de los guardias debería ser proporcional a su trabajo y a su experiencia; una profesión tal merece ser convenientemente retribuida para los que cumplen su deber de manera escrupulosa y humana; pero es necesario detenerse en límites razonables, porque nada debe distraer al guardia de su trabajo y de la inspección cotidiana de su prisión.
La Comisión de prisiones, que ya mencioné, hace referencia, en su informe sobre la prisión de Marshalsea del 14 de mayo de 1729, a numerosas irregularidades que causa la cantina cuando ésta queda en manos del guardia. La conclusión de ese informe es claro: «El guardia que maneja la cantina sólo busca acrecentar sus ingresos, lo que es sinónimo de muchos inconvenientes. Para que la venta de alcohol aumente, se incita a las borracheras, a las fiestas. Pero hay algo más grave: para aumentar aún más las ganancias que obtienen las cantinas, se impide a los prisioneros necesitados a pedir ayuda a sus amigos».
Durante mi viaje a Irlanda (enero de 1775), pude constatar, no sin sorpresa, que la venta de alcohol no estaba autorizada en ninguna prisión. Se me dijo que una ley del 3er año del presente reinado prohibía su venta11.
Los prisioneros no deben realizar las tareas que deban cumplir los carceleros. Pertenece al guardia, y solo a él, inspeccionar la prisión todos los días, para asegurar la limpieza del lugar, sin que esta tarea pueda delegársele a alguno de sus sirvientes12. El guardia debe imponer a los prisioneros la obligación de abrir o de destapar las ventanas, de sacar las camas para que se ventilen, de lavar a fondo la vajilla, debe, en una palabra, velar por la salubridad de las salas. Los magistrados de Glasgow13 ordenaron expresamente que «el guardia inspeccione personalmente, después de abrir y cerrar las puertas, por la mañana y por la noche, cada habitación y lugar de la prisión».
El guardia debe velar y estimular la limpieza. Un anciano o un débil no pueden cumplir con el trabajo de un guardia: cuando este es el caso, la prisión está siempre sucia. El guardia deberá ser compasivo con los enfermos. Si el guardia [está encargado de distribuir] distribuye las provisiones, debe llevar a cabo esta tarea cuidando tanto los intereses del condado o de la ciudad como el de los prisioneros, es decir entregar exactamente la cantidad de alimentos previstos.
Ya indiqué que el guardia debe vivir en su prisión14. No sólo basta con que tenga una habitación en la prisión, es imprescindible que resida allí permanentemente. En su ausencia, los prisioneros llevan generalmente una buena vida. Por otra  parte ningún guardia debería ser al mismo tiempo sheriff  ya que como ellos mismos lo expresaron son tareas incompatibles; además el sheriff debe frecuentemente realizar tareas fuera de la prisión.
Con satisfacción constaté que, como lo establece la ley promulgada durante 13er año del presente reinado, un capellán intervenía en la mayoría de las prisiones del condado. Cuando el puesto de capellán está vacante, los magistrados no deben reclutar al primer voluntario que se presente sin antes considerar sus informes personales. No es suficiente con declararse cristiano para ocupar dicho puesto: el capellán no sólo debe celebrar los oficios religiosos, debe además entrevistarse con los prisioneros, catequizar a los incrédulos, exhortar a los impíos, reconfortar a los enfermos y enseñar a los condenados que el Evangelio proclama la Misericordia.
El autor de la «Vida de Bernard Gilpin» página 173, nos dice al evocar las obras de ese hombre santo, que «en todos los lugares a los que él llegaba, visitaba las prisiones y otros sitios de encierro, casi todos desprovistos, en esa época, de un capellán titular»15. Gracias a sus buenas atenciones «se dice que fue él, quien llevó al arrepentimiento a muchos prisioneros abandonados por todos».
Algunas prisiones tienen un capellán titular, sin embargo el culto no se celebra el domingo, y, cuando se celebra, el capellán impone sus horarios, llega a la prisión de mañana muy temprano o a la hora del almuerzo porque durante la mañana celebró un oficio en el exterior, y, además porque tiene otro a celebrar por la tarde. En muchos casos no hay un día determinado para el oficio, y, tuve muchas veces que lamentarme porque el servicio divino era totalmente dejado de lado. Todos los domingos, un sermón acompañado de plegarias no es demasiado16, el capellán debería además regresar para rezar al menos dos veces por semana, en días preestablecidos. Y por otra parte, si un prisionero necesitase un pequeño resarcimiento, el guardia en persona17, podría leerle diariamente, antes de distribuir las provisiones, un capítulo del Evangelio, y no sería considerado como una pérdida de tiempo. El guardia, no debe bajo ningún pretexto, dispensar a un prisionero de asistir al servicio divino, especialmente el domingo, los visitantes presentes deberán retirarse. La campana sonará diez minutos antes del oficio.
A la pregunta, incansablemente reiterada: «¿por qué tan pocos prisioneros asisten a los oficios?», siempre escuché la misma respuesta: «están bebiendo con sus amigos». Muchos hombres de la iglesia, hasta los más dignos, se quejan del escaso suceso que su apostolado encuentra en la prisión; el motivo era evidente, la venta de alcohol y el remedio, debía consistir en la separación de sexos. La asistencia obligatoria del guardia al oficio sería un buen medio para incitar a los prisioneros a estar presentes. El capellán que oficia en la prisión puede también, cuando la distancia lo permite, encargarse de la casa de corrección, con la condición de que él pueda celebrar el oficio dominical en uno u otro establecimiento18.
Probablemente, algunos dirán, que exijo a esos señores mucho trabajo, la ley a la que hice referencia, concediendo a los capellanes de prisiones una suma no superior a las cincuenta libras por año, se respeta en la mayoría de los condados; sería de esperar que hombres de la Iglesia cumplan ese apostolado por motivos más nobles, y en nombre del interés superior que es el de sus hermanos.
La reciente ley sobre «la preservación de la salud de los prisioneros» exige que un cirujano o un farmacéutico experimentado, un hombre prestigioso, sea destinado a cada prisión. Su primer tarea es detectar a los enfermos que deben enviarse a la enfermería  y vigilar a los que ya están acostados y cuidados. A los enfermos se les quitará los grilletes, se les entregará  medicamentos, además deberán seguir un régimen alimenticio adecuado a su estado. El cirujano debe visitar a los enfermos todos los días, interesarse personalmente por su salud, nunca confiará esta tarea a los jóvenes o a los aprendices. El cirujano debe estar atento a la limpieza y aireación de la prisión, vigilará que las celdas no estén superpobladas y prodigará consejos cada vez que no pueda dar órdenes. En fin, es necesario precisar que, tal como lo exige la ley, el cirujano deberá remitir a los jueces, durante la sesión trimestral, un informe sobre el estado sanitario de las prisiones que tenga a cargo. En algunas prisiones extranjeras, un funcionario, de alto rango, está obligado a realizar visitas periódicas a las mismas, acompañado por un cirujano. Este oficial tendrá una lista de los prisioneros: deberá verlos uno por uno antes de presentar su informe.
En Newate, los prisioneros son, generalmente, unos doscientos: el peligro de epidemia es considerable, tanto para ellos como para los habitantes de la ciudad. Los magistrados harían bien, de acuerdo con mi humilde parecer, en nombrar a un médico, a un cirujano y a un farmacéutico. El cirujano o el farmacéutico deberán visitar todos los días cada una de las celdas. Los mismos practicantes podrían también encargarse de dos «Condados» vecinos. Se podría prevenir cualquier epidemia en la prisión, y los guardias de las prisiones del condado no invocarían la misma sempiterna excusa, desde el instante en que su prisión se vea afectada por el mal: «Son los prisioneros transferidos de Newgate, por habeas corpus, los que trajeron la enfermedad».
Ningún guardia debería estar autorizado para exigir gastos de cárcel. El guardia y los carceleros deberían gozar de un salario, establecido y a salvo de toda prenda. Pertenecería a los magistrados, no sólo determinar el importe de los salarios de los carceleros, sino además establecer el número para cada prisión. Así, los carceleros, no serían reclutados en función de los intereses financieros del guardia. Y si los gastos de encarcelamiento no pueden ser enteramente suspendidos, al menos podrían ser reducidos. De igual modo, la tarifa de las celdas especiales, reservadas a los deudores distinguidos, debería ser menor, dichas celdas, habida cuenta de sus escasas dimensiones, no deberán tener más de dos camas. La tarifa de la ropa de cama estará obligatoriamente establecida.
Los deudores de derecho común deberían disponer de celdas gratuitas, no debería  pedírseles dinero, como ocurre actualmente en muchas prisiones. Su cuidado tendría que estar asegurado por los acreedores, o en su defecto por el condado, en condiciones al menos comparables a las de los deudores de derecho común (en lo que concierne a la comida, el alojamiento y los cuidados). 
En prisión, la limpieza tiene una importancia decisiva. El menor incumplimiento en esa materia afecta al conjunto económico de la prisión. Cada pieza, cada celda se barrerá y será lavada con agua efervescente19, al menos dos veces por año, inmediatamente después de la sesión del Ministerio fiscal desde la primavera al verano. Cada pieza, cada celda debe ser cepillada y lavada todos los días, sus ocupantes utilizarán de tanto en tanto vinagre caliente. Los guardias holgazanes, que ignoran ese cuidado, dan como excusa que el lavado diario de las celdas favorece la humedad y compromete la salud de los prisioneros. Es sólo un pretexto, estoy persuadido de que la realidad es precisamente la inversa. No existe en Inglaterra una prisión más sana, teniendo en cuenta el número de prisioneros [de las clases más bajas], que la casa de corrección de Tothillfields, donde las celdas se lavan todos los días con abundante agua. Cada prisionero cumple con esta tarea y la buena salud de ellos es la más clara evidencia de que es una medida sumamente útil20. En Newate, el prisionero que barre su celda tiene una doble ración de pan. A cada prisionero debería obligársele a que se lave las manos y la cara antes de recibir su ración diaria y a estar presentable cuando las circunstancias lo permiten. No acepto ninguno de los numerosos pretextos invocados para dejar de lado estas precauciones. Los ignorantes deben aprender que el aire fresco y la higiene son indispensables para la buena salud. El Dr. Mead escribe al respecto, en su «Discourse concerning Pestilential Contagion», páginas 41 ss., 3ª ed. de 1720: «La principal causa de contagio reside, sin lugar a dudas, en la presencia de aire corrompido, cargado de humedad y corrompido por los miasmas que emanan de los cuerpos animales. Las prisiones comunes constituyen un buen campo de observación de este fenómeno; pocos prisioneros escapan a lo que se ha convenido en llamar fiebre de prisiones, cuyo grado de peligrosidad depende del nivel de confinamiento y del mal olor del lugar. Y sería muy inteligente el gobierno que, mostrando preocupación tanto por la salud de los habitantes de la ciudad como por la de los pobres prisioneros, decidiera que todos los lugares de encierro se deben mantener tan aireados y limpios como su destino lo permitiese». Y el Doctor agrega: «La suciedad es a la infección lo que la higiene es a la salud, un factor preponderante».
En su último discurso, en el aniversario de la Société Royale, Sir John Pringle, menciona todos los cuidados que tuvo el capitán Cook con su tripulación, cuya vida fue preservada, durante su Viaje alrededor del Mundo, y que le valió una medalla al mérito. Agrega, en la página 26: «La importancia de la higiene para la buena salud es ampliamente conocida; pero no se insiste demasiado sobre las consecuencias que tiene la higiene sobre el buen orden, ignorándose  algunos  otros de sus méritos». Este celoso oficial estaba persuadido de que sus hombres, a los que imponía una limpieza, para ellos resultaba extraña, estarían así más sobrios, más ordenados y más atentos a sus deberes. Esta nota se confirma con una observación del «Spectator», en su número 631: «El hábito a la limpieza termina con los vicios, que destruyen tanto el pensamiento como el cuerpo». Ya señalé la importancia del agua en una prisión, no volveré más sobre el interés que se tiene para que los prisioneros puedan tener un permanente, libre y gratuito acceso a los lugares con agua.
Todo recién llegado deberá, si está sucio, tomar un baño caliente o frío, sus ropas se colocarán en una bolsa y se ubicarán sobre dos morillos de metal en un horno. Durante esta operación, se les entregará vestimentas de baño gruesas que la prisión deberá poseer. Como observé en un importante número de prisiones extranjeras, lo ideal sería que los prisioneros posean, durante toda su detención, un uniforme. Una de las ventajas secundarias de esta medida es que los evadidos son fácilmente ubicados. Pero, por otro lado, los prisioneros deben vestir sus propias ropas, durante el proceso, para que los testigos puedan reconocerlos fácilmente. [Una vez] Dos veces por semana se les entregará una camisa limpia. Cada sala tendrá una toalla, dispuesta sobre un cilindro, que deberá lavarse todos los días. Los cubos, las escobas, los cepillos, el jabón, el vinagre y el combustible [para el horno] los entregará el condado o la ciudad, si esto falta, los prisioneros permanecerán poco tiempo limpios y sanos21.
Los patios de paseo no deben tener ni establo, ni porqueriza, ni caballeriza22; no se tolerará, como ocurre actualmente, ningún gallinero en los patios y menos aún en las salas. Los guardias no pueden tener más de un perro, está prohibido también a los prisioneros tener esos animales. Los desperdicios, las cenizas, etc., deberán sacarse [una vez] dos veces por semana.
Si el lugar para dormir consiste en paja, se deberá envolverla en una tela gruesa, o en su defecto, cambiarla todas las semanas. [Cada cama tendrá una o dos mantas de tela gruesa.] Cada cama tendrá una manta y un cubrecama gruesos; la ropa de cama no estará a ras del piso sino sobre una cama de madera transportable para facilitar la limpieza de la habitación. Así se prevendrán las infecciones cutáneas, tan frecuentes en las prisiones. Sir John Springle dice en la página 51: «A falta de paja los hombres de San Augusto tenían brezales; los que habían acumulado una buena cantidad y cambiaban con frecuencia su colchón de paja eran los que menos se enfermaban». Una de las principales causas de la mala salud de nuestros prisioneros ¿no es la falta de un material de cama apropiado que los obliga a dormir completamente vestidos? ¡Es imposible imaginar hasta qué punto los prisioneros de Trieste tenían un mejor semblante que los de Prusia o Viena! Lo mismo se constató en las mujeres de la mayoría de los "spinhuis" de Holanda. Esto me recuerda la reflexión de un viejo general: «Mis hombres eran presa de enfermedades y epidemias cuando, en los campos, dormían vestidos a falta de ropa de cama; esto no tiene nada que ver con la humedad, los oficiales estaban protegidos porque disponían de buena ropa de cama». El hecho reside allí, y poco importa la causa principal que explica la diferencia: la posibilidad de sudar en una cama, de levantar los vendajes o la ventilación de las vestimentas.
Durante el día, los prisioneros abandonarán las piezas o celdas donde duermen para ir al patio, al calefactorio o a la cocina. Hay que darles los medios para entrar en calor. Deben levantarse temprano, recibir inmediatamente su pan y rezar. El exceso de sueño es perjudicial para la salud. Las puertas de los dormitorios o de las celdas estarán abiertas en verano a las seis y en invierno a las siete. Los deudores serán  conducidos a sus habitaciones a las diez de la noche, horario que se aplica en Francia y en otros países extranjeros.
Los prisioneros que sólo beben agua y ninguna otra bebida nutritiva deben tener por lo menos una libra y media de buen pan casero por día. El pan deberá ser de la ciudad y tener buen peso. Una vez por semana (el domingo, por ejemplo), se les deberá proporcionar una comida especial, [una media libra de carne vacuna (de la mejor parte del animal)] una media libra de carne vacuna sin hueso, un cuarto de caldo y [solamente] una libra de pan, me parece que es una disposición susceptible para incitar a los prisioneros a una conducta pacífica y ordenada. Ese tipo de menú pondría fin a un mal hábito, muy común en las prisiones: con el pretexto de aportar comodidad, el día domingo, los visitantes se precipitan en la prisión, llevan comida y bebidas, y como consecuencia, los prisioneros se alejan de la iglesia.    
Las raciones de pan deben calcularse en peso y no en dinero. Además de pan, cada prisionero tendrá derecho a un penique por día para poder comprar queso, manteca, papas, legumbres o nabos; o tendrá un crédito de al menos un penique para comprar uno de esos artículos.
Nuevamente insisto (como ya lo expresé al referirme a la bebida) acerca de la prohibición absoluta de que los guardias, porteros de casas de corrección, carceleros, etc. vendan, a los prisioneros,  de manera directa o indirecta, cualquier objeto o provisión, para sacar algún beneficio con la entrega de pan u otra comida. Los individuos encargados de la distribución de provisiones deben permanecer lejos de cualquier tentación de fraude y debe sometérselos a un control estricto. Cada prisión deberá tener una balanza para que los prisioneros puedan verificar que no han sido perjudicados. En Irlanda es el cura de la parroquia, donde se encuentra ubicada la prisión, el encargado y el responsable de entregar el pan.  Responsabilidad de principio, la Ley (3er año del reinado de Georges III, Capítulo XXVIII) sólo establece diez libras de multa por año en caso de infracción. Las provisiones nunca deberían entregarse a cambio de dinero.
El lector habrá constatado que no reclamo para los prisioneros vituallas extravagantes o superfluas. Sólo pido para ellos el mínimo necesario para mantenerlos saludables y aptos para el trabajo. La ley concede al deudor indigente dos chelines y cuatro peniques por día23, desearía que esta ley se aplique permanentemente; además estipula para los indigentes, condenados a deportación, dos chelines y seis peniques, suma que el sheriff percibe al finalizar su mandato. Estimo, basándome en el precio medio del pan  y de las papas, que las provisiones deseables para los prisioneros no deben exceder ese monto. Admitirán como yo, que es bastante incongruente acordar menos provisiones a los detenidos (entre los cuales habrá algún inocente) que a los condenados.
Las grescas, disputas, injurias no se deben permitir en las prisiones, como tampoco los juegos, en el transcurso de los cuales se producen la mayor cantidad de incidentes. Cuando se insulta a  un prisionero, éste debe quejarse al portero, quien convocará a las partes, dará su sentencia y enviará al culpable al calabozo. Las faltas graves serán dirimidas por los magistrados, o mejor, por un inspector nombrado al efecto.
Los magistrados deberán repartir, de manera imparcial, las donaciones, los legados, los envíos de dinero. Una parte de ese dinero servirá para la compra de herramientas, etc, con  las que los deudores voluntarios podrán trabajar.
La lista de legados deberá pintarse sobre un panel expuesto de manera visible para que todos los prisioneros puedan conocerla. Pocos guardias muestran esas listas, por lo cual muchos legados se pierden definitivamente y la voluntad de los testadores no se respeta. Sin embargo la ley de Georges II (32º año del reino) establece al respecto: «se decidió que pertenece a cada Gran Jurado, regularmente constituido y juramentado proceder a toda información útil en esa materia».
Al igual que los legados, una tarifa de gastos de encarcelamiento (espero que sean todos suprimidos), debería estar a la vista, tal como lo establece la ley anteriormente mencionada. Dicha ley es completamente ignorada en muchas prisiones, tanto y tan bien que los prisioneros están expuestos a la voracidad de los guardias.
La ley de Georges II (24º año del reinado), que prohíbe el consumo de alcohol en las prisiones y casas de trabajo, establece que los tres artículos donde se enumeran los productos prohibidos serán impresos o recopiados legiblemente, para exponerlos, permanentemente, en los lugares más concurridos de la prisión o de la casa de trabajo, tarea reservada a los guardias, conserjes, etc. bajo pena de cuarenta chelines de multa24.
No vi ese anuncio en ninguna casa de trabajo. Nombraré, más adelante, las prisiones que hacen caso omiso de esta obligación: hubiera podido mencionar aquellas que venden alcohol, ignorando la ley; hubiera podido indicar a los guardias que cierran los ojos ante la venta de alcohol, o peor todavía los que lo venden a los prisioneros. Existen prisiones en las que el anuncio estuvo colocado durante un tiempo, tanto tiempo como el que emplea el guardia para obtener la licencia que le permita vender alcohol. Pasado ese tiempo, el anuncio fue sacado. Constaté los estragos que produce el alcohol, también me parece que su prohibición total se impone, la salud y la moral de la comunidad se verían ampliamente mejoradas. El Dr. Farlan, en la página 30 de  sus «Inquires concerning the Poor», establece: «Ningún vicio contribuyó tanto a arruinar a tantos trabajadores y llevar a tantas familias a la miseria como el hábito de beber alcohol».
Se debería también anunciar la lista de alimentos y suministros (ropa de cama, paja) a los  que tienen derecho los prisioneros, esto evitaría prevaricaciones considerables, ya que el alimento de los prisioneros es casi insuficiente en todos lados.
La ley sobre la preservación de la salud de los prisioneros debe pintarse sobre un panel (dado que el papel se degrada rápidamente y puede ser roto)25. Observé que las prisiones más limpias eran aquellas en las que la ley se encontraba anunciada en sitios apropiados. Igualmente deberían anunciarse las reglas de limpieza y el reglamento disciplinario prohibiendo los tráficos, los juegos, la ebriedad, las disputas, los insultos y las obscenidades, precisando las sanciones previstas, para cada una, por los magistrados o por la ley. Ese reglamento indicaría las horas de apertura y cierre  de los distintos locales y oficios religiosos. El empleo del tiempo sería medido por una campana, como se lleva a la práctica en los arsenales, dado que prisioneros me indicaron que no habían asistido al oficio divino, por no conocer la hora en que se llevaba a cabo.
La ley de Georges II (32º año del reinado) ordena, en todas las prisiones, colocar Reglamentos y Ordenanzas oficiales, especialmente la tarifa de los gastos de encierro, en un lugar que no permita que los prisioneros los ignoren26. Sin embargo, cuando la tarifa de gastos de encierro está a la vista, los Reglamentos no se encuentran en casi ninguna de ellas. Los reglamentos sobre la limpieza y la disciplina son necesarios tanto para los deudores como para los prisioneros de derecho común, y muchos guardias se lamentan de las carencias en esta materia.
Con el fin de alertar a la población en caso de insurrección o de evasión general, cada prisión debería disponer de una alarma.  Una precaución de este tipo tendría carácter disuasivo.
Diría, para concluir  sobre este punto, que la dirección de una prisión es algo demasiado importante para que quede, enteramente supeditada, en las manos de un guardia. Este sería un asalariado, expuesto a muchas tentaciones para cumplir con su deber, víctima de sus propias pasiones o tentado por el lucro. Un inspector, designado entre sus colegas, magistrados o parlamentarios, debería permanecer en cada prisión27. Los sheriffs y los magistrados tienen ya poder de inspección y las prisiones están bajo su responsabilidad inmediata. Pero algunos sheriffs se excusan de ejercer esta parte de su trabajo, con los pretextos más diversos: su trabajo es de corta duración, el gasto es demasiado importante, tienen misiones más importantes para cumplir, etc. Además nadie dudaba, hasta una fecha reciente, que los sheriffs y jueces estaban espantados con la idea de poner los pies en las prisiones pestilentas. Si se descarta este último peligro, se puede esperar que los sheriffs se interesarán por las prisiones y que se encontrará entre los jueces y los magistrados municipales hombres lo bastante generosos para cumplir con esta importante tarea. Si el trabajo es demasiado pesado para un sólo hombre, el inspector podría reemplazarlo una vez por mes, trimestre o año. La inspección debe realizarse una vez por semana, o al menos una vez cada quince días, en días determinados. El inspector tendrá un libro con todos los reglamentos aplicables en la prisión, vigilará los que deban aplicarse, inspeccionará cada rincón (como se hace en ciertos hospitales) asegurándose la limpieza, etc. Entrevistará a todos los prisioneros, escuchará atentamente sus quejas, corregirá inmediatamente los abusos más temidos. En caso de duda sobre algún punto de la inspección, (para él la opinión de sus colegas podría ser  útil), remitirá la decisión a sus superiores. Un buen guardia, sólo tendría que alegrarse al cabo de una inspección: ya que encontrará allí mismo estímulos. Si el guardia no cumple convenientemente con sus deberes, la inspección es absolutamente necesaria, y si el guardia es malo, el inspector exigirá su despido. El trabajo de inspector debe ser gratuito, porque es ampliamente recompensado, ya que realiza un trabajo con los más nobles motivos: ser justo con los prisioneros y prestar un servicio a su país. El ilustre Dr. Young escribe: «Si solamente la mitad de la miseria, que es el destino de algunos, fuese conocido por los otros, éstos últimos estarían completamente horrorizados». Y  el autor de «Telemachus» acota delicadamente: «La gente que prospera cierra los ojos a los miserables, no por falta de sensibilidad, sino porque es un espectáculo que interrumpe su felicidad». Si tales motivaciones animan a los que estiman que no tienen ninguna obligación con los pobres prisioneros, nadie duda que los magistrados procurarán obligar legalmente a esa gente a hacer acto de legítima solidaridad.
Pregunté muchas veces a los guardias si los sheriffs, jueces y magistrados municipales inspeccionaban las prisiones. Los más veteranos casi siempre me respondieron: «Se cuidan mucho de pisar allí». Otros me dijeron: «Ellos piensan que entrar en una prisión es poner los pies en la tumba». Finalmente, algunos me explicaron: «Los jueces piensan que la prisión es demasiado pequeña para ellos; prefieren verla de lejos». De la conducta de los magistrados depende hoy el triunfo de la mayor reforma que se va a realizar dentro de las prisiones: su negligencia puede poner en peligro los progresos ya establecidos, su abandono tendría como consecuencia el retorno de las cosas al estado anterior, en el preciso momento en que las prisiones ofrecían el espectáculo de la más absoluta desolación.


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CASAS DE CORRECCIÓN
Si nuestras casas de corrección siguen estando tan descuidadas, se continuará enviando a las prisiones del condado a los condenados a trabajo forzado, lo que terminará con los esfuerzos de los guardias dispuestos a aplicar la ley sobre la preservación de la salud de los prisioneros, y para liberarlos, más que para multarlos, desparramando la enfermedad a toda la sociedad.
Es chocante constatar que una prisión representa una amenaza para la moral, la salud y a menudo para la vida misma de los condenados, que sólo han sido condenados a trabajo forzado y a corrección. Un bastardo, un ebrio o una ladrona menor que no tuvieron  nunca la oportunidad  de recibir lecciones de moral, enviados a una casa de corrección por uno o dos años, tendrán que enfrentarse a la holgazanería, al hambre, a la mugre, y vivir en compañía de personas despreciables. Si la casa de corrección no es segura, se los enviará a una prisión del condado, con una compañía peor, los criminales irrecuperables. ¿Buscaríamos destruirlas? Muchos pueden dar la fecha precisa en la que esos condenados abandonaron totalmente todo principio de virtud o de honor: es la fecha de su encierro en las escuelas de la maldad.
Cada condado, cada ciudad debería, primeramente, asegurarse que su casa de corrección está adaptada para ese destino. En muchos lugares, la prisión del condado será al mismo tiempo una casa de corrección. Las casas de corrección deberían estar completamente separadas de las prisiones, rodeadas de muros propios y con un patio de paseo distinto al de la prisión. Los locales deberán estar adaptados para la cantidad de prisioneros que reciben. Las salas de alojamiento deben situarse a nivel del suelo, o mejor aún en un primer piso. Cada taller debe permitir la circulación del aire: dos ventanas, una grande y otra pequeña deben construirse a seis pies de alto28. No es indispensable que las ventanas tengan vidrios, es preferible que tengan persianas como tienen en las destilerías29 o postigos que permanecerán abiertos algunas horas por día. Las habitaciones cuyas ventanas no tengan vidrios deberán tener chimeneas. Las ventanas no deben dar, en ningún caso, a la calle, porque por allí se posibilitaría la entrada de alcohol, limas, etc. Una bomba u otro elemento de alimentación de agua, se instalará en el patio de paseo (espacio indispensable en todas las prisiones)30. Se autorizará a los prisioneros a realizar el paseo una vez terminado el trabajo.
Es absolutamente indispensable que los prisioneros sean inducidos a trabajar. Ningún prisionero, salvo que se encuentre enfermo, deberá permanecer inactivo31. En los grandes establecimientos, se organizarán talleres en cantidad suficiente para que los prisioneros nunca encuentren demasiadas personas en la misma sala, porque los que trabajan a disgusto encuentran fácilmente el medio para no hacer nada. El conserje debe ser hábil en su profesión32, debe mostrarse activo, prudente y sobrio33. Los prisioneros deben trabajar bajo sus órdenes diez horas por día, incluidas las horas de la comida.     
Las mujeres con hijos o las embarazadas, deben tener habitaciones con chimenea para poder encender fuego durante los meses de invierno. Vi en la prisión niños muertos de frío34. Algunas prisiones (donde la calefacción está autorizada) no tienen chimenea, el humo sale por las puertas y ventanas. En algunas casas de corrección, se debe prever una pequeña habitación para encerrar a los novatos culpables, como es el caso en Tothillfields o en Clerkenwell y en San George's Fields, etc.35. Todas las casas de corrección deben contar con dos enfermerías aireadas y con personal médico competente. Para poder impedir el desenfreno y el vicio, enfermedades particularmente instaladas en todos los lugares de encierro, los sexos, al igual que en las prisiones, deben estar separados. A semejanza de las salas de albergue, los talleres para hombres y mujeres deben estar separados36. Igual que en las prisiones, las casas de corrección deben poseer baños y hornos. Algunas casas de corrección tienen una población de [veinte a treinta]  diez a veinte prisioneros, Tothillfields y Clerkenwell, contienen un número mucho mayor. En esos establecimientos se deben tomar precauciones especiales para impedir epidemias, tanto desde el punto de vista de la limpieza como de la aireación, y de la disciplina, ya que el objetivo es corregir a los prisioneros y devolverlos útiles para la sociedad. La disciplina debe ser suave, salvo cuando se la aplica a los incorregibles. La principal punición consistirá en encerrarlos en una celda a pan y agua, por un tiempo que se determinará de acuerdo con la gravedad de la falta37. Nos esforzaremos para convencer al culpable de que la pena a cumplir es sólo por su bien. El conserje debe vivir en el establecimiento. No debe ni negociar ni alquilar alguna parte de los suministros, no debe vender por su cuenta, especialmente alcohol. Constaté muchas veces que las casas de corrección eran más limpias y tranquilas, la razón es que los guardias no tienen licencia para vender alcohol. El guardia no debe percibir gastos por encierro38, pero debe tener un buen salario que le permita vivir sin tener que buscar otro trabajo. Un inspector cumplirá con las mismas funciones dentro de la prisión. Una sala de la casa de corrección estará reservada a los magistrados, como ocurre en las casas de corrección del exterior o en los hospitales (la sala de reunión de los administradores) o incluso en las casas de trabajo de Suffolk y de Norfolk. En el pasado, los tribunales escoceses mantenían las audiencias dentro de la prisión, este uso conservado en algunas ciudades, sólo presenta ventajas. El Sr. Henry Fielding nos hizo ver que: «Consideramos menores los sufrimientos de los pobres que las fechorías que cometen, no por falta de compasión sino por ignorancia; lo que explica, a la vista de esos desdichados, nuestra repulsión más que nuestra piedad».
Ya dije, que no quiero transformar las prisiones en hoteles de lujo; no deseo, por ejemplo, generalizar los regímenes especiales, con excepción de los domingos. Sin embargo, soy un ferviente partidario de asignar en las prisiones una libra y media de buen pan casero y un cuarto de cerveza diaria, así como un cuarto de sopa caliente compuesta de arvejas, arroz, leche o cebada, dos veces por día. Se podría variar a veces el menú, introduciendo nabos, zanahorias o papas. Algunos me harán observar que con un régimen de esta clase, los prisioneros que trabajan peligran de morir de hambre: lo constatado en el exterior, en las galeras, en las casas de corrección y entre los más robustos trabajadores, me hizo pensar todo lo contrario. Sin embargo, no soy insensible al argumento según el cual los prisioneros deben estar más alimentados que los hombres libres.
No entiendo por qué una casa de corrección no pueda estar dirigida eficazmente por un individuo, jefe de una familia numerosa. Algunas casas de corrección extranjeras están dirigidas por padres de familia. Los prisioneros sobrios y trabajadores obtienen mejor comida y un mejor alojamiento, liberados anticipadamente, con buenos certificados, son todas medidas que los incitan a mantener una buena conducta. La alimentación común debe ser al menos tan buena como la que se distribuye a los criminales en las prisiones del condado. La campana sonará en los horarios determinados por los magistrados. La presencia de un capellán es imprescindible. El principio fundamental, en una casa de corrección, debe ser enmendar a los prisioneros, mejorarlos desde el punto de vista moral, los frutos del trabajo serán sólo un elemento secundario. Los prisioneros son seres racionales y criaturas de Dios, querer multarlos es un deber, la gravedad de las faltas no constituye una excusa a nuestra eventual negligencia en ese aspecto. El último autor citado dice: «La influencia de la religión es, estoy convencido, importante para mejorar la moral del hombre; estoy persuadido que la religión es el único poder real para llevar a cabo esta obra tan considerable y tan deseada».
Algunos creyeron que las ganancias del trabajo de los prisioneros permitirían cubrir los gastos de la casa. Desgraciadamente, la realidad desmiente esta seductora teoría. La diferencia entre el trabajo elegido voluntariamente y el impuesto es grande. Las mejores administraciones de casas de corrección holandesas, reciben subsidios provenientes de los impuestos39. Pero, además, una casa de corrección no podría autofinanciarse, aunque estuviese bien administrada, el trabajo de los prisioneros sólo contribuiría a su propio funcionamiento. Una casa de corrección bien dirigida satisface en gran medida sus gastos de funcionamiento. Una cuenta exacta debe llevarse de los beneficios del trabajo que entrarán en la caja común, sin que el conserje pueda disponer de ella. Está muy lejos de ser la situación  actual de las casas de corrección donde trabajan los prisioneros: el conserje retiene, para su provecho, la sexta parte, la mitad y hasta la totalidad del producido con el trabajo de los prisioneros, que sólo reciben la porción de alimentos previstas en las prisiones del condado, a veces hasta algo menos. Las ganancias que entran en la caja común provienen de las tareas realizadas durante las horas de trabajo establecidas, sin embargo el prisionero que trabaja fuera de ese horario guardará para sí todo lo que obtenga de dicho trabajo. Para incentivar a los prisioneros sería, tal vez, importante acordarles la paga de una parte de las ganancias del trabajo realizado durante las horas reglamentarias. Los prisioneros podrían además pegar el cáñamo, hilar y tejer la tela necesaria para su propio uso, que podría renovárseles semanalmente. Gracias a todas estas reglas, los prisioneros estarían mejor alimentados y más aptos para el trabajo, y las casas de corrección costarían menos a los condados. Aún faltaría que las reglas mencionadas se puedan aplicar en el ámbito de construcciones decentes.
Algunos se quejarán de que esas construcciones cuestan mucho. Pero un gasto tal es mínimo, si se tienen en cuenta los beneficios que el público puede obtener. Además, esos gastos no hubiesen tenido lugar, si las viejas prisiones hubiesen sido cuidadas permanentemente. ¿Por qué se aceptó sin reacción alguna dejarlas caer en ruinas? La mayoría de los locales se convirtieron en lugares inutilizables, lo que obliga a amontonar a los prisioneros en piezas donde sus paredes permanecen intactas. ¿Por qué no se repararon los patios para permitir a los prisioneros realizar los paseos? No decimos nada acerca de la construcción de los ayuntamientos o de los hoteles del condado a menudo suntuosos. ¿Por qué convertirnos en mezquinos cuando se trata de la vida y la moral de la pobre gente?, ¿por qué se hacen economías de chicha y nabo que impiden que la voluntad de los legisladores pueda aplicarse?, voluntad que consiste en multar a los delincuentes menores y prevenir el aumento de crímenes y la propagación de enfermedades. Con las casas de corrección que mantenemos ahora, los resultados son exactamente inversos40. La negligencia culpable es imperdonable, cuando perjudica una obra que reposa sobre los principios de equidad, humanidad y utilidad.
La pena capital sólo debería aplicarse a los asesinos, a los incendiarios y a los ladrones entregados a las vías de hecho. El ladrón de caminos, el bandido, el ladrón habitual y todos los delincuentes deberían terminar sus días en una casa penitenciaria y no en la horca. «Es terrible asistir, una vez cada seis semanas, al espantoso espectáculo de ver esos despojos humanos, conducidos a una carnicería; es más terrible aún pensar que, con precauciones apropiadas y buenas leyes, la mayoría de esos miserables hubieran podido llevar no solamente una vida agradable, sino también podrían haber sido útiles a una sociedad que hoy deshonran a los ojos de la Cristiandad»41.
La organización de las casas de corrección requiere tanto cuidado que, desde que la ley de deportación no se aplica masivamente, los malhechores condenados deben alojarse allí por un tiempo que puede ser de [tres a diez] dos a tres años.    
Tuve muchos problemas para poder acercarme a los convictos, objetos de tantas crueldades y exacciones, y donde el estado mantiene a menudo aspectos contrarios a las reglas de una buena policía y de simple humanidad. Me causa satisfacción haber descubierto los medios para remediar, en gran parte, esos excesos, también encontré la solución para que los condados no deban realizar semejante gasto y me aprestaba a hacer conocer públicamente mi proyecto, cuando una ley sobre ese tema se votó en el Parlamento42. La ley autoriza, en forma provisoria, a los condenados a la pena de deportación en las colonias y plantaciones de S. M. a cumplir sus sentencias con trabajos forzados. Visité, en octubre último, el «Justitia», cerca de Woolwich, para encontrarme con los convictos allí alojados. Hubiera preferido verlos en mejor estado de salud, mejor alimentados y me hubiera gustado encontrarme con ellos en el oficio divino. Pero es una experiencia reciente, sólo provisoria, no hay lugar para quejas. Mr. Eden nos dice que «podría estimarse en un millar, las personas a las que debería beneficiarse con otra pena distinta a la pena de deportación». Cf. «Prefacio» a su libro «Draught of a Bill», 1778. Si se tuviera la posibilidad de volver a la vieja moda bárbara de deportación, no sería aumentar los sufrimientos de los prisioneros, sólo sería mantenerlos mucho más tiempo en prisión, antes de que partan.
Luego de votada la ley, suprimí el pasaje de mi libro en el que hacía recomendaciones a este propósito43. Doy en el anexo las cifras de deportados transferidos después de tres años a Newgate. Esas cifras son alarmantes, esos condenados corren peligro de amontonarse, en los años siguientes, dentro de las prisiones ya sobrecargadas de gente.
No puedo concluir este capítulo sin intentar replicar algunas objeciones, que seguramente se presentarán, en lo concerniente a las mejoras propuestas. Las prisiones como usted las desea, me dirán, desprovistas de vicios y de miserias que las muestran terribles, no serán más temidas por las clases bajas que, contrariamente, las encontrarán más confortables que sus propias casas. Responderé que deseo prisiones que no provoquen sufrimientos y muertes, no las deseo más lindas y confortables. Contrariamente critiqué ciertos proyectos de prisiones suntuosas, y sólo me llamó la atención, en algunas prisiones extranjeras, la simpleza y la modestia de su arquitectura. Pido para los prisioneros un tratamiento humano, exijo que estén bien alimentados, bien alojados, etc., pero, al mismo tiempo, deberán aplicarse reglas de disciplina estrictas. Entonces el encierro cumplirá su fin: sin perjudicar la salud y la moral de los prisioneros, será suficientemente penoso y desagradable para desterrar al ocioso y al pródigo.
Las «casas penitenciarias», tal como las ha previsto la reciente ley, pueden convertirse, siempre y cuando sean bien administradas, en instituciones muy útiles. Pero lo esencial está en la elaboración de reglas de disciplina adaptadas para ese fin. No pretendo ser un especialista en esta materia; sin embargo, de acuerdo con las dificultades de semejante empresa, creí conveniente, para ser útil a las personas con una capacidad superior y que tendrán que llevar a cabo las investigaciones en este campo, agregar, al finalizar este libro, un cuadro con principios generales y particulares sobre los cuales el reglamento deberá fundarse.  ---------------------
EL ESTADO DE LAS PRISIONES
JOHN HOWARD

Trad. Silvia S. naciff

CAPÍTULO 4

DESCRIPCIÓN DE LAS PRISIONES EXTRANJERAS

Cuando regresaba, en la primavera de 1775, de un viaje por Escocia e Irlanda, decidí publicar mi descripción sobre las prisiones británicas. Suponiendo que no sería inútil encontrar puntos de coincidencia con el extranjero, puse provisoriamente mi manuscrito bajo el celemín y partí para explorar Francia, Holanda y Alemania. Al regresar, me di cuenta de que esta primera expedición había sido fructífera: durante todo el verano de 1776 retomé mi alma de viajero y visité nuevamente las prisiones de esos países y las de  Suiza.
[No detallaré aquí la descripción de cada una de las prisiones extranjeras inspeccionadas, aunque presenten algunas particularidades: la exposición sería tan fastidiosa como inútil. No denunciaría todos los abusos que pude constatar, o sospechar a pesar de las respuestas evasivas de los conserjes, mi objetivo no es criticar los abusos cometidos en las prisiones extrajeras, menos aún corregirlos.]
Prometí, al terminar la primera edición de esta obra, que si las reformas legislativas estaban seriamente comprometidas en favor de las prisiones, retomaría mi alma de peregrino para realizar un tercer periplo penitenciario por las posesiones prusianas, austriacas y por las ciudades libres de Alemania. Fue lo que hice en el año 1778, llegando hasta Italia y aprovechando para visitar una vez más las prisiones de los países ya reco­rridos. Tuve en cuenta, en la segunda edición de 1780, observaciones que había recogido, pero decidí continuar todavía mis exploraciones en vista a la presente edición. En 1781, visité nuevamente Holanda y algunas ciudades alemanas, realizando ese mismo año algunas incursiones en las capitales de Dinamarca, Suecia, Rusia y Polonia. En 1783, fui hacia Portugal y España, recorriendo otra vez Francia, Flandes y Holanda. En la presente edición, reuní los elementos informativos suplementarios recogidos con mis anteriores observaciones. Quedaré satisfecho al precisar, plenamente consciente, lo que puede tener de superficial un simple diario de viaje, traté de paliar este inconveniente cristalizando permanentemente mi atención sobre el único objetivo de mis peregrinajes, el mundo de las prisiones.
[En las páginas que siguen, seguiré el orden cronológico llevado a cabo en mis visitas. Mi primera etapa fue]

FRANCIA
Las principales prisiones de París (o de sus alrededores) son la Conserjería, el Grand y el Petit Châtelet, [el Fort l’Évêque] Fort-l'Évêque y Bicêtre. Durante mi visita realizada en el año 1783, las dos prisiones más vetustas y horribles a causa de las celdas, el Petit Châtelet y For-l’Évêque, fueron demolidas. Los deudores son enviados actualmente a una prisión nueva, el Hôtel de la Force, los criminales fueron encarcelados en la Conserjería y en el Grand Châtelet. La declaración real del 30 de agosto de 1780, que previó esos cierres, contiene las disposiciones más humanas y más claras que puedan existir en materia de organización  de las prisiones. Prevé la construcción de enfermerías grandes y aireadas, celdas individuales, así como la separación de prisioneros según el sexo y en diferentes clases, un patio reservado a cada una de las clases; además ordena la desaparición total de celdas subterráneas, basándose en el principio de que los hombres presumidos inocentes no deben sufrir un castigo riguroso.
[A la pregunta que hice, casi permanentemente: ¿el guardia o el conserje viven en el lugar?, siempre me respondieron afirmativamente.] 
Para poder acceder a la mayoría de las prisiones de la capital francesa, es necesario pasar tres o cuatro puertas o rejas que miden de cuatro a cuatro y medios pies de alto, separadas entre sí por un pequeño patio. La última reja está, algunas veces, equipada con un molinete. El número de rejas, los pasajes angostos y los molinetes que tuve que atravesar, después de haber demostrado que tenía carta blanca, son los mejores medios para evitar evasiones.
[Cada prisión] La mayoría de las prisiones disponen de un plantel de cinco o seis carceleros: dos o tres controlan el pasaje por las puertas y rejas, uno permanece de servicio en el patio de hombres, teniendo por misión evitar las conversaciones, con el fin de impedir complots o preparativos de evasiones (a lo que los carceleros franceses se muestran muy atentos), otro carcelero tiene a su cargo la vigilancia del patio de las mujeres; el último está ausente o con permiso. Todos los carceleros tienen permiso de salir, uno a la vez y bajo esta condición organizan su trabajo como mejor les place. Está estrictamente prohibido, bajo pena de puniciones severas, recibir, bajo ningún pretexto, alguna gracia de parte de los prisioneros. El guardia asegura su mantenimiento y les entrega, [bajo el control directo del adjunto del fiscal general, un salario que ronda en las veinticinco libras por trimestre] por los menos cien libras por año.
[Fue para mí una gran sorpresa, no encontrar prisioneros con grilletes] Ninguno de los prisioneros se encontraba en el patio con grilletes. El guardia debe, para poder hacerlo, y de acuerdo con lo que me dijeron, obtener la autorización de un juez. Sin embargo, algunas prisiones ocultan más criminales que cualquier prisión londinense. Durante mi primer viaje, la cantidad de prisioneros había crecido después de los motines por hambre. El lector coincidirá conmigo en que el encierro se acepta mejor (y las cadenas no son tan necesarias) cuando las prisiones están dirigidas de manera más simple. La simple apariencia de los prisioneros testimonia las atenciones de las que son objeto en la mayoría de las prisiones francesas.
Los patios de recreo están casi en su mayoría adoquinados y se los lava tres o cuatro veces por día. Es difícil concebir hasta qué punto esta simple operación contribuye a refrescar la atmósfera de las piezas superiores, hecho que noté más de una vez al visitar las habitaciones, y un inglés, que tenía la desgracia de estar encerrado, me dijo que compartía esta misma sensación. Sólo muy pocas veces respiré en una prisión francesa ese olor insoportable que se extiende en la atmósfera de casi todas las prisiones inglesas. A veces me sorprendí al ver que los patios eran los lugares más limpios de la capital francesa. Esto se explica por la gran cantidad de carceleros empleados y la proximidad con el río en que se encontraban la mayoría de los establecimientos.
La separación entre las distintas categorías de prisioneros no está siempre asegurada, a veces, se alojan unos con otros. El guardia del Petit Châtelet debió abrir una celda separada para recibirlos.
Los prisioneros, especialmente los de derecho común, asisten diariamente a misa, en compañía del guardia y de [carceleros] un carcelero; a algunos se los dispensa de asistir, especialmente a los protestantes. Durante todo el oficio está prohibido el acceso a la prisión.
Para evitar que los criminales condenados, de los cuales la mayoría perdió todo pudor, se conviertan en preceptores del crimen jactándose de sus fechorías ante los prisioneros más jóvenes o menos sumergidos en el vicio, a los condenados a las galeras se los envía a una prisión reservada para ellos, a la prisión de la Tournelle, cerca del Puerto de San Bernardo, allí se los encierra hasta el momento en que sean bastante numerosos como para formar una cadena. Durante ese tiempo, se los marca con un hierro candente. Algunos de ellos permanecen allí muchos meses, pero la pena comienza a contarse a partir de los dos días posteriores a su condena. Tomé conocimiento de que unos doscientos presidiarios habían sido enviados a Marsella y a Toulon ,una o dos semanas antes de mi llegada en 1776. Durante mi visita en el año 1778, sólo había quince presidiarios, atados de a dos. En 1783, conté noventa y tres. Reciben todos los días una libra y media de pan blanco, una media libra de carne y sopa. Los días viernes, a la sopa, se le agregan legumbres. Durante su viaje y, hasta llegar a la prisión, la ración cotidiana es de dos libras de pan, media libra de carne, una pinta de vino, más un cuarto de libra de queso, o dos huevos. Todos los 25 de mayo y los 10 de septiembre, parten junto con los presidiarios provenientes de distintas provincias desde París hacia los presidios de Marsella, Toulon, Brest, etc. De acuerdo con los datos recogidos, en mayo de 1778, ciento sesenta y tres presidiarios dejaron la prisión parisina.
Con el propósito de evitar un acto desesperado, el criminal condenado a muerte por una jurisdicción inferior no pierde todas las esperanzas: su apelación es sistemáticamente recibida por el Parlamento, que puede confirmar o impugnar la primera sentencia; en el primer caso al prisionero no se le informa sino hasta la mañana misma de la ejecución, casi al mismo tiempo en que se imprime y se vende en las calles la decisión judicial. Las ejecuciones se llevan a cabo durante la tarde, la última a la que asistí tuvo lugar bajo la luz de antorchas, pero el criminal fue llevado hasta el cadalso cuando estaba moribundo a causa de las torturas recibidas.
Las celdas y los dormitorios permanecen abiertos del primero de noviembre hasta Pascuas, desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, a partir de la noche de Pascuas y hasta el primero de noviembre desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. Las puertas de los deudores permanecen abiertas una hora más, con el fin de que esos prisioneros puedan permanecer en los patios sin mezclarse con los prisioneros de derecho común. Estos últimos son retirados de sus dormitorios a hora muy temprana, porque la experiencia ha probado que una permanencia prolongada en la cama favorece el escorbuto y otras enfermedades. Las mujeres están completamente separadas de los hombres.
[Fui testigo de que, cuando en la prisión sólo hay un patio, tal el caso de la Conserjería, las mujeres salen desde el medio día hasta las dos de la tarde, los hombres permanecen encerrados en sus celdas durante todo ese tiempo. El patio de la Conserjería mide cincuenta y cinco por treinta y ocho yardas, compuesto por tres pequeños espacios y por una superficie mayor. Antes del incendio ocurrido en 1776, esta prisión era la más grande de París; el Grand Châtelet, con unos trescientos setenta y un prisioneros, es hoy la mayor prisión de la ciudad. Las enfermerías de la Conserjería y del Petit Châtelet están en un piso superior, lo que es muy ventajoso, un carcelero me explicaba, «el aire aquí es más puro y los riesgos de epidemias menores». Las enfermerías tienen un patio para los hombres y otro para las mujeres.]
La bienvenida está totalmente prohibida. El prisionero que exija un regalo de un recién llegado, bajo cualquier pretexto, que esconda la ropa del mismo o le haga pasar un mal momento, será penado con quince días de encierro en una celda solitaria y oscura. Los insultos, los golpes, etc., se reprimen de igual forma.
Los prisioneros de derecho común reciben por día una libra y media de buen pan y  sopa. La cocción de la sopa o de cualquier otro plato se hace fuera de la prisión. Una sociedad que se creó hacia el año 1753, debido a una epidemia de escorbuto, entrega, todas las semanas, ropa limpia para los prisioneros. La enfermedad se propagó de las prisiones al Hôtel-Dieu[6] donde fueron llevados los enfermos. La causa de la enfermedad se atribuye, generalmente, a la falta de limpieza, los prisioneros usaban la misma ropa durante meses, los que llegaban con buena salud eran alojados con los otros prisioneros. El hospital de St. Louis, recibió hasta ochocientos enfermos de escorbuto, que habían sido transportados del Hôtel-Dieu. El abad Bretón se consagró, en ese momento y llegó a reunir fondos destinados al cambio semanal de los prisioneros del Grand Châtelet. En la prisión, la epidemia fue instantáneamente controlada. Un grupo importante de personas reorganizó la sociedad creada por el abad Bretón: el Rey y la Reina contribuyeron, para que la ropa fuese entregada a unos setecientos prisioneros reagrupados en cuatro prisiones, a partir de un stock de cinco mil camisas. Los prisioneros más viejos se encargan de cuidar la ropería y reciben una paga de parte de la sociedad[7]. Existen muy pocas prisiones que cuentan con el beneficio de una «Tesorera» o «Dama de caridad», persona de un cierto rango que asiste a los enfermos procurándoles calor y ropa; esta mujer visita también las celdas y presta múltiples servicios al conjunto de los prisioneros, solicitando que reciban, dos veces por semana, un plato más de sopa y carne una vez cada quince días.   
Una vez por año, en cada prisión se organiza, algo así como nuestros «Sermones de Caridad»: la celebración del culto está abierta al público, seguido de una colecta. Las damas de caridad asisten a la ceremonia; yo estuve presente en la Navidad de 1778, todos los prisioneros, en esta ocasión, estrenaron ropa.
Los que duermen sobre paja no pagan ningún gasto de encierro, ni cuando entran ni cuando salen, pero pagan cinco céntimos diarios para cambiar la paja todos los meses - o cada quince días en las celdas, dado que los prisioneros salen pocas veces de ellas y nunca se benefician con un paseo. 
[La tarifa de las celdas de pago está reglamentada. Un prisionero, si quiere obtener una cama, paga diez céntimos al entrar y salir de la prisión. Es necesario pagar cinco céntimos por día para dormir solo, tres céntimos para dormir con otro prisionero. En verano el carcelero cambia la ropa cada tres semanas, en invierno todos los meses. Los prisioneros que pagan al carcelero, pensión completa sin disponer de un cuarto particular, desembolsan hasta tres libras por día, pero no pagan nada ni cuando entran ni cuando salen de la prisión. Los que tienen una habitación particular, calefaccionada, pagan veinte céntimos más por semana (quince céntimos si la habitación no tiene calefacción), pero, en verano, tienen derecho a ropa limpia cada quince días y en invierno cada tres semanas. Los sirvientes del carcelero están a su servicio. Existe una tarifa para los que tienen media pensión, y finalmente, algunos prisioneros tienen un cuarto particular pero no pagan pensión[8].]
El primer domingo de cada mes, en la capilla, el capellán lee todos los reglamentos concernientes a los prisioneros. Se exponen en lugar visible. El prisionero que es sorprendido rompiendo o deteriorando esos documentos es pasible de un castigo corporal. Un administrador o un guardia que cometiere un hecho de esa magnitud será castigado con una multa de veinte libras,  un carcelero sería despedido.
La disciplina está muy bien controlada, luego del incendio de la Conserjería, los prisioneros fueron evacuados ordenadamente y ninguno escapó. El buen orden se mantiene gracias a los buenos reglamentos: están prohibidos los propósitos impíos; los guardias y los carceleros no pueden castigar a los prisioneros[9]; guardias y carceleros no pueden vender vino o alcohol a los prisioneros, todo exceso, particularmente la embriaguez, están prohibidos. Los guardias que infrinjan esas disposiciones reciben un castigo de los magistrados, la primera vez se los multa, en caso de reincidencia, el castigo es más severo.
Los conserjes están autorizados a vender a los prisioneros, alimentos y otros objetos útiles, pero de acuerdo a una tarifa establecida por las ordenanzas de la policía (calidad, cantidad, precio).
Los guardias y los carceleros deben visitar, al menos una vez por día, las celdas. La humanidad, que preside todas las reglas y prácticas que acabo de detallar, parece haber desertado de las celdas, sólo me cabe deplorar este hecho. Las celdas permanecen subterráneas y totalmente oscuras, esos lugares de espanto y horror desafían a la imaginación. Son pobres seres confinados a permanecer allí noche y día durante semanas, hasta meses. Los conserjes deben visitar esos lugares, ya lo he dicho, todos los días, para que el médico y el cirujano puedan ver a un prisionero enfermo y exigir, en caso de extrema necesidad, que se lo retire de allí.
Un prisionero de cierto rango, hombre por otra parte muy sensible, junto a quien entrevisté a los guardias, me llevó a reflexionar, en 1778: «Ellos no pagan impuestos y las ganancias no son para nada despreciables; la ganancia del guardia de la Conserjería es de unas 15.000 libras; en el Grand Hôtel y en For-l'Évequê, los guardias ganan 20.000 libras por año, el de la Abadía recibe 10.000 libras. Realmente, agrega mi interlocutor, los prisioneros no tienen mucho de que quejarse con respecto a estos hombres»
Los magistrados nombran a los guardias. Las candidaturas las propone el procurador general, que realiza una encuesta de moralidad profunda. Si el candidato es un hombre honesto, se lo nombra oficialmente, y presta juramento. Los conserjes no intentan oprimir a los prisioneros para cobrar los gastos producidos por ellos para obtener el empleo; al contrario, no solo el acceso al empleo es gratuito, sino que a los guardias se los exime de pagar impuestos.  
Los prisioneros por deudas son pocos. Entre los doscientos dos prisioneros que estaban en la Conserjería en 1778, solamente había seis deudores. Otras prisiones reciben algunos más, pero nunca son numerosos. Esto se explica por las leyes inteligentes que tienen. El sargento u oficial de justicia que arresta a estos prisioneros debe entregar al guardia un mes de pensión, por adelantado, diez libras, diez céntimos (el precio de la pensión, generalmente, es algo más elevado en Londres). Además, si la pensión no se paga dentro de los quince días subsiguientes, el prisionero es dejado inmediatamente en libertad. El deudor no está obligado a pagar. Todos los gastos judiciales, por ejemplo, caen sobre el acreedor, inclusive los que se producen por enfermedad o muerte del prisionero por deudas.
No sólo se aplican buenas leyes, sino que se preocupan para que se apliquen correctamente. Los adjuntos del abogado general [visitan] deben visitar las prisiones una vez por semana, el propósito es asegurarse la exacta aplicación de las leyes, escuchar las quejas, vigilar que los enfermos sean convenientemente cuidados, etc. Cinco veces por año, el Parlamento de París envía a todas las prisiones a dos o tres de sus consejeros, acompañados de un adjunto general y dos secretarios. Esas visitas se efectúan en Navidad, Pascuas, Pentecostés, el 14 de agosto, para San Simón y San Judas. En cada prisión (es exactamente igual en las prisiones extranjeras), una cámara del consejo está prevista para recibir a los altos funcionarios, este cuarto es ocupado el resto del tiempo por el guardia en jefe.
Los prisioneros jóvenes, autorizados a desplazarse en la prisión, son los que anuncian, en todos los cuartos, celdas y patios, la llegada de la delegación. Los altos funcionarios visitan todos los rincones del establecimiento, sin la presencia del guardia o de los carceleros.
1. Preguntan a todos los prisioneros las quejas que tienen para formular contra el guardia o sus ayudantes. Los prisioneros por orden del Rey están excluidos de esta consulta.
2. Reciben quejas de los prisioneros que permanecen mucho tiempo detenidos preventivamente.
3. Se informan sobre los prisioneros encarcelados por deudas inferiores a dos mil libras, y la capacidad de pago para devolver un tercio de la deuda, y, si es el caso, reciben la suma correspondiente, por cuenta del acreedor (volveré sobre lo que sucede con los tercios restantes de la deuda). Los altos funcionarios realizan un pormenorizado detalle de la inspección, y hacen su exposición ante la asamblea general del Parlamento que se reúne dentro de los dos días subsiguientes.
En lo que respecta a los imputados encarcelados durante mucho tiempo, el Parlamento solicita al Ministerio Público el informe, sobre este tipo de retrasos, a los jueces de jurisdicciones inferiores, y, eventualmente, les ordena acelerar el procedimiento. Un prisionero absuelto debe ser dejado en libertad dentro de las veinticuatro horas.
La ley francesa no autoriza al deudor a dar caución sin mediar acuerdo de su acreedor, salvo, en el caso que indiqué anteriormente, cuando se trata de deudas inferiores a las dos mil libras, por las cuales el Parlamento puede intimar al acreedor a aceptar la caución. Se trata de un procedimiento puramente formal, personas insolventes pueden dar caución a personas tan insolventes como ellos. Se dice que esta práctica reposa sobre una costumbre inmemorial que ninguna ley corroboró, el Parlamento toma un fallo para cada caso en particular. En Francia, la insolvencia no está reglamentada por ninguna ley.
Los altos funcionarios no escuchan las quejas de los guardias contra los prisioneros. Cuando un guardia tiene que quejarse de un prisionero deben dirigirse al jefe de la jurisdicción de la que depende el prisionero, o al Lugarteniente General de policía (si se trata de un prisionero por orden del Rey), o al Lugarteniente Criminal, etc.
Un consejero del Parlamento que está acreditado en cada prisión, recibe el nombre de Comisario de la Prisión; el Parlamento designa a un funcionario rico y amable. Las funciones de ese Comisario, que son perpetuas, pueden compararse a las que realiza la delegación de altos funcionarios de la que hablé anteriormente. Los prisioneros que interrogué me dijeron que esos comisarios son muy sensibles ante sus desdichas. Disponen de igual poder que el que tienen los delegados del Parlamento con respecto a los prisioneros encerrados por deudas inferiores a las dos mil libras, pero que sólo hacen uso con extrema prudencia.

LA CONSERJERÍA 
La prisión dispone de un patio aireado de cincuenta y cinco por treinta y ocho yardas, provisto de un agradable cobertizo. Las celdas son oscuras e insalubres. Recientemente se construyó una nueva enfermería, que ofrece a los enfermos camas individuales. En mis primeras visitas había, en honor a las autoridades, una cantina, que posteriormente fue suprimida. Cada vez que visité esta prisión en 1783, encontré prisioneros tranquilos, diría bonachones[10]

EL GRAND CHÂTELET

Existen, como en la Conserjería, diferentes tarifas para las celdas de pago. Los que duermen en cama de paja pagan un céntimo por noche. La prisión cuenta con ocho celdas que se abren sobre un corredor muy oscuro. En cuatro de ellos, que miden diez pies ocho pulgadas por seis pies ocho pulgadas, encontré dieciséis prisioneros, de los cuales dos estaban con grilletes, todos acostados sobre paja[11].

LA ABADÍA
Esta prisión está reservada a los militares, guardias y deudores de un rango social alto. Observé, en el primer cuartel de los deudores, que había sido recubierta una pared de ladrillos con tablas delgadas revestidas con yeso: así se trata de prevenir las evasiones, porque la menor perforación realizada en el revestimiento provoca la caída de trozos de yeso en el patio del guardia. La prisión cuenta con seis celdas donde se apilan, según los dichos del guardia, hasta cuarenta prisioneros.

L' HÔTEL DE LA FORCE
La prisión recibe deudores, vagabundos, desertores y delincuentes menores, comenzó a funcionar a partir del mes de enero de 1782. Es una construcción amplia y aireada, dispone de varios patios separados para los hombres, las mujeres y las distintas categorías de prisioneros. Los patios están limpios y con provisión de agua. Los deudores eran setenta y ocho hombres y once mujeres. El precio del alquiler (entre cinco y treinta céntimos la noche) se encontraba publicado en la puerta de las habitaciones, pero hay celdas para los insolventes: los que reciben una libra y media de pan y sopa todos los días[12].
La prisión tiene dos capillas y dos enfermerías muy aireadas, como también una tienda de boticario bien surtida que provee de medicamentos a todas las prisiones parisinas. El personal está compuesto por catorce llaveros: doce están de servicio en distintos lugares, pero pueden prestar auxilio en caso de amotinamiento o de dificultad; en el patio de los hombres, se desplazan en parejas. El 17 de mayo de 1783, había doscientos setenta y un prisioneros, todas las categorías mezcladas, entre los que se encontraba un número im­portante de desertores.
La ordenanza del parlamento del 19 de febrero de 1782, que enumera los veintinueve artículos del reglamento en vigencia en ese establecimiento, se lee, en las capillas, a todos los prisioneros el primer domingo del mes; se coloca sobre las puertas de las capillas  así como en un lugar bien visible dentro de la prisión[13].

SAINT-MARTIN
La prisión de Saint-Martin es exclusiva para mujeres de mala vida, las que no permanecen allí más de quince días. Tiene seis celdas de pago que se alquilan a seis libras por mes y cuatro salas con camas de paja. Tres celdas llamadas «secretas» se reservan para los indisciplinados. El patio es pequeñísimo. Sin embargo, conté, en mi primera visita, más de ciento quince prisioneros apilados en las celdas. Las celdas subterráneas y húmedas ya no se utilizan.

SAINT-ÉLOI
Esta prisión de mujeres se encuentra en un lugar densamente poblado. Encontré treinta y ocho prisioneras, algunas de las cuales hacía más de tres o cuatro años que estaban encerradas. Todas tenían enfermedades cutáneas, algunas cruelmente infectadas. La prisión no tiene patio. Cada prisionera recibe una libra y media de pan y, gracias a la caridad de ciertas personas, sopa cuatro veces por semana.

HÔTEL DE VILLE
En dos celdas se encontraban dos hombres y una mujer.

BICÊTRE
Bicêtre está situada en un terreno alto a unas dos millas de París. Sería una prisión inmensa si el establecimiento sólo se utilizase como prisión. Pero Bicêtre es para los hombres lo que [el Hospital General] la Salpêtrière es para las mujeres. Entre los cuatro mil prisioneros que se encuentran en Bicêtre, menos de la mitad son prisioneros de derecho común. La mayoría de la población está compuesta por pobres, que llevan un traje rústico, color marrón, y están en un estado tan lastimoso como el que muestran nuestros pobres dentro de las casas de trabajo; Bicêtre recibe también locos y enfermos venéreos. Están separados unos de otros, y el establecimiento cuenta con locales y patios distintos para cada uno. [Los] Algunos prisioneros de derecho común están encerrados en pequeñas habitaciones de unos ocho pies y medio, con ventanas de tres y medio por dos pies provistas con rejas, la mayoría sin vidrios. [Pude contar, teniendo en cuenta el número de ventanas existentes sobre una fachada, que debía haber unas quinientas habitaciones]. Hay doscientas noventa y seis habitaciones, cada una con un solo prisionero [que paga una pensión de doscientas libras anuales]. Los restantes prisioneros se encuentran amontonados en dos grandes habitaciones llamadas la Fuerza, que se encuentran del otro lado del patio de paseo llamado Patio Real. En 1778, eran más de doscientos. El amontonamiento y la ociosidad llevan a una gran corrupción de costumbres. Muchos de esos hombres explicaron, en sus lechos de muerte, su decrepitud debida a los ejemplos perniciosos que habían visto y a las instrucciones detestables recibidas.
Arriba de esas dos habitaciones, se encuentra una enfermería general, y, en el piso superior, existe una enfermería reservada a los enfermos de escorbuto, enfermedad tan frecuente como mortal entre los prisioneros. Los prisioneros contraen el escorbuto durante el primer o segundo año posterior a su llegada, el origen se debe al confinamiento donde se los tiene: a ningún prisionero le está permitido salir de la sala donde se encuentra detenido. La mayoría pierde el uso de sus miembros. Los admite  al salir de allí,  el hospital St. Louis, donde encontré a muchas de las miserables criaturas.
Ocho espantosas celdas de dieciséis pies de profundidad fueron cavadas en el medio del Patio Real. Cada una, de trece pies de largo por nueve de ancho, cerrada por dos pesadas puertas: tres cadenas sujetas a la pared y un conducto de piedra taladrado en un rincón, permite la aireación. Tuve realmente tantas dificultades para que me abran esa puerta que imagino, sin temor a equivocarme, que debo ser el primer extranjero al que se le permitió la entrada: el lector deberá perdonarme por haber proporcionado tantos detalles sobre ese punto.
Los prisioneros fabrican cajas de paja, mondadientes, etc. que venden a los visitantes. Observé a esos hombres con mucha atención y encontré en sus miradas una inmensa melancolía; algunos parecían muy enfermos. Esta prisión parece peor administrada que las de la ciudad: muy sucia, ninguna habitación tiene chimenea; muchos prisioneros murieron en el transcurso del riguroso invierno de 1775.
Disponer de agua en cantidades suficientes es una necesidad primordial, después de cavar un pozo de piedra se convirtió en una curiosidad. Fue realizado en 1735, mide quince pies de diámetro y unos setenta de profundidad. Dos cubetas con una capacidad de un moyo cada una [son] eran, durante mis primeras visitas, levantadas por dos caballos y vaciadas en un recipiente de sesenta y cuatro pies cuadrados de superficie por nueve pies de profundidad. Cada cinco minutos se levantaba un balde, durante dieciséis horas diarias, domingos incluidos, doce caballos se sucedían, de a tres, que levantaban alrededor de quinientos moyos.
Los franceses están hoy convencidos de que es una mala política encerrar a la gente y mantenerla ociosa. Han decidido, últimamente, poner a trabajar a los prisioneros de Bicêtre. En 1783, se reunieron ciento ochenta prisioneros, en tres talleres en los que pulían vidrios, mientras que setenta y dos, repartidos en tres equipos, sacaban agua del pozo, cada hora se cambiaban los equipos que trabajaban cinco horas diarias. Sacan dieciséis baldes en una hora, cerca de doscientos cuarenta baldes por día, y se pagan diez céntimos y medio cada balde[14]. Los prisioneros me parecieron más saludables que los encontrados en mis visitas anteriores.

[EL HOSPITAL GENERAL]  LA SALPETRIÈRE
[El Hospital General]  El gran hospital de la Salpetrière, cercano a la capital, recibe  más de cinco mil mujeres y jóvenes, éstas últimas se dedican al bordado fino. Allí hay muchos pobres, que están bajo las órdenes de una comunidad religiosa. El visitante sólo puede encontrar prisioneras de derecho común, que se encuentran separadas de las otras pensionistas y que, la mayoría está desocupada. Durante mi última visita, había ochocientas veinte prisioneras, la mayoría retenidas, esperando la llegada de sus padres o de parientes cercanos. Muchas estaban alojadas en piezas de seis pies diez pulgadas por cinco pies siete pulgadas. La casa tiene tres enfermerías, de las cuales, dos cuentan con camas individuales; pero, la tercera, reservada a delincuentes, estaba superpoblada y había tres jóvenes por cama. [Aunque la organización es igual, esta casa es más limpia y me pareció mejor administrada que la de Bicêtre.] Gracias a la estrecha vigilancia de las monjas, la casa se mantiene en un excelente estado de limpieza y tranquilidad.

LA BASTILLA 
Algunos de mis lectores, desearían, supongo, disponer de informaciones confiables sobre la célebre fortaleza. Estoy contento de poder satisfacer hoy sus deseos, gracias a un panfleto escrito, en 1774, por una persona que sufrió, una larga detención en la Bastilla y que representa, según la opinión de todos, el mejor testimonio jamás escrito sobre esta prisión: testimonio difícil de conseguir, porque la venta de la obra está prohibida en Francia, bajo pena de quedar expuesto a los castigos más severos. Extraje los detalles materiales que permiten describir precisamente la Bastilla, el plano que suministré fue sacado de la obra en cuestión.
«Ese castillo es una Prisión del Estado; compuesta por ocho torres muy resistentes, rodeada de un foso de ciento veinte pies de ancho. Tiene su entrada sobre el extremo de la calle S. Antoine; contiene un puente levadizo y enormes rejas que llegan hasta el patio de la casa de gobierno. Detrás se encuentra un puente levadizo, terminado por un gran cuerpo de guardia separado del patio por una gran barrera construida con gruesas vigas recubiertas de hierro. Este patio tiene ciento veinte pies de largo por cuatrocientos veinte de ancho. Encierra una fuente, seis torres de la prisión la rodean, unidas entre ellas por una pared de piedras de diez pies de espesor. En el fondo de ese patio hay otro cuerpo del edificio pero moderno, que lo separa del patio de pozos, el que tiene una longitud de cincuenta pies por un ancho de menos de la mitad; los otros dos patios son contiguos.
En la cima de esas torres hay una plataforma rodeada de terrazas, sobre las que algunas veces se permite que los prisioneros paseen, acompañados por los guardias. Sobre esta plataforma hay trece cañones que se escuchan los días festivos. En el cuerpo del edificio está la cámara del consejo, las cocinas, las oficinas, etc. Encima se encuentran las habitaciones para los prisioneros distinguidos; el lugarteniente del rey tiene su habitación encima de la cámara del consejo. En la torre de los pozos, hay un gran pozo que le dio el nombre, y se usa para la cocina.
Las celdas de la torre de la libertad se extienden debajo de la cocina y de las oficinas. Cerca de esta torre, en la planta baja, se encuentra una pequeña capilla. Sobre la misma pared que la sostiene, hay cinco nichos o pequeñas cabinas, en las que los prisioneros entran uno después del otro para escuchar misa, y donde no pueden ver ni ser vistos.
Las celdas que se encuentran bajo las torres exhalan un olor insoportable y dañino; son asilo de ratas, de sapos y de otros animales repugnantes. En el ángulo de esas celdas, hay un catre de campaña, hecho con planchas colocadas sobre barras de hierro adosadas a la pared. Estas últimas son oscuras; no hay ni ventanas ni aberturas para que entre aire y luz; tienen doble puerta, cuyo interior está rodeado de hierro y cargadas con pica­portes y pesados pistillos.
De las cinco clases de habitaciones que tiene esta prisión, las más horribles, después de las celdas, son las que tienen las jaulas de hierro. Hay tres. Esas jaulas están hechas con vigas recubiertas de gruesas placas de hierro, y tienen ocho pies de largo por seis de ancho.
Los casquetes o habitaciones, que se encuentran en lo más alto de las torres, son un poco más tolerables. Tienen ocho arcadas realizadas en piedras labradas; allí, un ser humano sólo se puede mover agachándose y sólo puede caminar en el medio de la celda. Entre una arcada y otra, hay un pequeño espacio donde sólo cabe una cama. Las ventanas están hechas en una pared gruesa de diez pies y cerradas exterior e interiormente con rejas de hierro, que sólo dejan entrar una débil luz. Durante el verano, el calor es excesivo; y el frío, durante el invierno, no es menos excesivo. Pero tienen estufas.
Casi todas las otras habitaciones de las torres son octógonos de alrededor de veinte pies de diámetro, y con una altura de catorce o quince pies. Son frías y húmedas; cada una tiene una cama de sarga verde, y todas están numeradas. A los prisioneros se los llama por el nombre de la torre en la cual se encuentran, y por el número de su habita­ción.
Un cirujano y tres capellanes residen en ese castillo. Si entre los prisioneros especiales, hay algunos muy enfermos, se los deja salir de allí, para que mueran fuera de la prisión. Los que mueren en su encierro, son enterrados en el cementerio de la parroquia de S. Paul, con el nombre de sirvientes.
Un extranjero encerrado allí, fundó una biblioteca; murió a comienzos de siglo. Algunos prisioneros pueden usar los libros que él había reunido.
Uno de los centinelas que cuida la parte interna del castillo, durante todo el día y durante toda la noche, a cada hora, hace sonar una campana, para recordar que están vigilando; y las rondas, que se realizan en el exterior, hacen sonar otra cada cuarto de hora.»
Creí oportuno citar extensamente este testimonio con el fin de que el lector pueda sentir cuán importantes son y de qué manera deben respetarse los principios de una constitución libre como la nuestra, gracias a los cuales un despotismo igual es absolutamente imposible, despotismo que dio un nombre tan importante a la Bastilla[15].
[Algunos de mis lectores estarán ávidos de tener informes serios sobre este esta­blecimiento.] Quise entrar personalmente en la fortaleza. Todo lo que puedo decir, luego de haber llamado fuertemente a la primer puerta, es que me dirigí rápidamente sobre el puente levadizo, en  medio de la guardia, antes de llegar a la entrada del Castillo. [Contemplé durante algunos instantes ese edificio circular, rodeado de un foso profundo: las ventanas no dan al exterior, pero sí sobre pequeños patios. No sé si los prisioneros del Estado están autorizados a tomar aire; si esto es así deben hacerlo en las terrazas, rodeadas de parapetos altos.] Mientras contemplaba este oscuro edificio, un oficial que salía se sorprendió al verme y me obligó a desandar el camino. Pasé nuevamente delante del cuerpo de guardia y reencontré la libertad, estado al que aspiran, sin mucha esperanza, muchos de los prisioneros encerrados en esos muros.
Muchos de mis lectores podrán suponer, conociendo la severidad de las prisiones francesas, que las demás prisiones son tan inaccesibles como lo es para el visitante extranjero la Bastilla. Efectivamente, mi primer tentativa para entrar al Grand-Châtelet, no tuvo éxito. La suerte me hizo descubrir el artículo 10 de la ordenanza de 1717[16], que invoqué ante el Comisario de la Prisión al que me enviaron; de esta manera pude entrar no solamente en esta prisión sino además en el Petit-Châtelet y en [Fort l'Évêque] For-l'Évêque, donde tuve la suerte de reencontrar a casi todos los individuos, allí encerrados.

HOSPITALES
Nunca visité hospitales peores que los hospitales de St. Louis y el hôtel-Dieu. Estaban tan superpoblados, que los enfermos se apiñaban cinco o seis por cama, algunos  agonizaban.
L'hôtel-Dieu está ubicado en la parte más densamente poblada de la ciudad[17]. Los edificios recientemente construidos están ubicados más abajo. En 1783, los locales estaban más limpios que durante mis visitas anteriores, pero los enfermos del barrio St. Charles, al igual que las mujeres, dormían dos o tres por cama[18].
            El hospital St. Louis se encuentra fuera de la ciudad. Se accede a construcciones sobre un solo nivel luego de haber subido una gran pendiente. Los locales son sucios y ruidosos, hay tres enfermos por cada cama. Pude conocer el estado de los enfermos durante mis visitas en el año 1783:


HOSPITALES

Hôtel-Dieu
St. Louis
6 de mayo
1709
662
16 de mayo
1707
694
20 de mayo
1657
660
21 de mayo
1708
661
Cantidad en 1782
21484
3898
Fallecidos
3899[19]
899

Felizmente, al lado de esos dos lugares horribles que la desfiguran, París posee muchas otras instituciones caritativas honoríficas,a cuyo ejemplo debería servir para todos.
Para los hombres, el Hôpital de la Charité, es uno de los mejores de la capital. Tiene doscientas tres camas, una construcción nueva, de veintiséis pies y medio de ancho, se encuentra casi terminada. Los enfermos duermen solos, se les da camas de color verde, y visten uniforme verde. Acaba de acondicionarse un lugar de paseo sumamente agradable. Cada cama que debe comprarse, se transmite por herencia. Una cama cuesta, me dijo un cura, 12 000 libras. Todas las camas están permanentemente ocupadas. Salvo tres o cuatro que están siempre reservadas, es posible comprar a su propietario una cama. El hospital honra a la orden de St. Jean de Dieu: los hermanos duermen en el primer piso, lo que es considerado por mí un error, dado que se mantienen las ventanas casi siempre cerradas.
Los hermanos de St. Jean de Dieu tienen además a su cargo el Hôpital des Convalescents. Comprende un vestíbulo con piso de ladrillos con veintiuna camas y un comedor adyacente donde los enfermos, que permanecen allí ocho días, reciben cuatro comidas diarias, a las seis, a las nueve, a las doce y media y a las diecinueve horas. Se sirve carne y vino todos los días, salvo el viernes santo. Espero que los médicos franceses acepten rápidamente la idea de que las salas deben ser lavadas y no sólo rociadas con agua.
El Hôpital des Petites-Maisons se encuentra en el centro de un parque, consta de pequeños pabellones que reciben a los viejos y enfermos de ambos sexos; habitaciones especiales se reservan para los locos. Los enfermos duermen en seis grandes salas con trece camas; una séptima sala con cuarenta camas no ha sido todavía inaugurada. Los cuidados los prodigan las religiosas con la amabilidad que las caracteriza. Todo está prolijo y limpio y esto me incitó a multiplicar mis visitas en ese admirable lugar.
Los ricos compran una habitación o una cama de enfermo que destinan a sus sirvientes de edad o a sus amigos necesitados.
El hospital de la Señora Necker es un claro ejemplo de lo que se puede hacer con la caridad privada. Acoge setenta hombres y sesenta mujeres, que reciben los cuidados de catorce religiosas. Hay un servicio médico y otro quirúrgico. Sugerí que las salas del sector hombres merecería estar lavadas, pero no me escucharon.
Se encontraban, en el Hôpital des Incurables, alrededor de cuatrocientas personas la mayoría de edad avanzada y enfermas, todas vestidas con un uniforme impecable, gris para los hombres y negro para las mujeres. Cada pensionista dispone de una cama, de dos sillas, de una mesa y de un armario. Los tejidos de los muebles se cambian dos veces al año, son de lana verde durante el invierno y de lino blanco durante el verano; en esas ocasiones se lava la casa íntegramente; las salas de la planta baja dan sobre un gran jardín. La comida es buena, la sirven las catorce religiosas encargadas del establecimiento. El lugar costaba hasta hace poco una 10.500 libras, precio que acaba de aumentar a 12.000 libras.
            El hôpital des Quinze-vingts fue fundado en 1260 para recibir a trescientos ciegos. Hasta hace poco tiempo esas personas tenían autorización para mendigar en las iglesias, pero últimamente, gracias al amparo del Cardenal de Rohan y al aumento sustancial de las rentas, los ingresos alcanzan para cubrir los gastos y una ordenanza del 14 de marzo de 1783 ratificó una situación presupuestaria equilibrada. Los pensionistas están divididos en tres categorías: los solteros, que reciben veinte céntimos por día, los casados, que cuentan con veintiséis céntimos diarios, y los viudos con veintidós o veintitrés años de matrimonio perciben treinta y seis céntimos; las pensiones se entregan mensualmente. A cada pensionado se le entregan tres libras de sal por año, repartidas en tres veces. Se da a los necesitados con qué calefaccionarse. Los padres reciben dos céntimos diarios por cada hijo, además de un subsidio por enviarlos al colegio. Los pensionados tienen entera libertad para salir, recibir amigos, etc.  Los que tienen familia a su cargo llegan a fin de mes manteniendo pequeños negocios. Durante mi visita del año 1783, la tercer categoría contaba con unos cincuenta y dos individuos. El reglamento está expuesto en distintos lugares de la casa. Dos celdas están previstas para alojar a los indisciplinados.
            En la casa existe una enfermería en la que oculistas atienden consultas y enseñan su arte dos veces a la semana, a las personas capaces de poner en práctica sus consejos. Cada año se premia a la mejor disertación consagrada a las enfermedades oculares. Este hospital es un lugar de privilegio, dotado de una capilla en la cual se celebran permanentemente oficios religiosos.
            El hospital des Enfants-Trouvés se encuentra cerca del Hôpital-Dieu. Los niños disponen de cunas impecables y de ropa inmaculada. El 21 de mayo de 1783, solamente cincuenta individuos se encontraban en el lugar ya que a los niños se los envía al campo poco tiempo después de que han sido abandonados. Permanecen allí cuatro o cinco años antes de regresar al hospital: a la mayoría de las niñas se las envía a la Salpêtrière, las que quedan reciben a los varones en el suburbio St. Antoine. Durante mi última visita eran unos 450 los que permanecían en esa situación. Cada mes se lleva un detalle del estado de situación de la población de esos niños: el 1 de mayo de 1783 su número era de 3787.

PROVINCIAS
            En relación con las prisiones capitalinas, las prisiones de provincia no presentan nada especial, ni para bien ni para mal. Se encuentran allí mujeres caritativas que se preocupan por controlar si las prisioneras reciben alimentos y donaciones suplementarias. Sin embargo, esas prisiones no parecen tan bien vigiladas como lo están las de París, mientras que las disposiciones del Parlamento, establecidas el mismo año, 1787[20], se aplican, con algunos matices, en iguales términos. Ambos textos fueron redactados con buen sentido y se basan en un conocimiento profundo de un objeto tan complejo. Muchos de esos artículos se encuentran en legislaciones extranjeras, pero sería incapaz de decir si las ordenanzas francesas sirvieron de inspiración o fue a la inversa.
            El artículo 32 de la ordenanza para las provincias establece que las prisiones se ubicarán siempre «en la planta baja»[21], a nivel del piso. Sin embargo, tanto en Challons como en otras prisiones, vi un gran número de prisioneros pudrirse en celdas más grandes, es cierto, pero para nada mejores.

LYON
            En junio de 1776, encontré en la prisión de Joseph de Lyon (un viejo convento) veintinueve prisioneros pudriéndose en celdas horribles, con un calor tan agobiante que algunos sólo portaban sus camisas; ninguno parecía en buen estado de salud, algunos daban la sensación de estar muy enfermos. Ciento veintiocho prisioneros, de entre los cuales encontramos veintidós mujeres, permanecían detenidos en las restantes nueve habitaciones de la casa.
            Para acceder a Pierrecize, prisión del Estado de Lyon, es necesario subir no menos de ochocientos escalones. Me senté en medio de los pocos prisioneros que se encontraban y pude hablar con uno de ellos que me relató que estaba en su decimoquinto año de encierro.
            Tal vez me reprocharán detenerme demasiado en Francia. No puedo, sin embargo, dejar ese país sin detenerme un tiempo en Lyon, para poder hacer una breve descripción del hospital de esta gran ciudad, el mejor que me ha tocado ver en Francia.

HÔTEL-DIEU
            El hôtel-Dieu se encuentra a orillas del Ródano. La construcción principal tiene forma de cruz, cada lateral tiene trescientos pies de largo. Las dependencias tienen treinta y dos pies de ancho y veinticinco pies de alto, las aberturas con vidrios en sus dos terceras partes, están realizadas en las vigas del techo superior; muchas salas cuentan con dos ventanas. Tres hileras de camas de hierro se alinean en cada sala. Un altar octogonal, dispuesto sobre la cúpula central,  puede verse desde todas las salas. De igual modo, todos los ocupantes pueden escuchar los rezos realizados dos veces al día. El edificio principal recibe a los enfermos con fiebre. Otras salas reciben a las mujeres que van a dar a luz, a los heridos, a los niños encontrados, a los locos, cada categoría se encuentra separada una de otra y una sala está reservada para las operaciones quirúrgicas. Los edificios dispuestos en cruz están tan aireados que se encuentran preservados de contagio; en pocas palabras, el hospital ofrece «Habitaciones de convalecencia», separadas de los otros edificios, que son más grandes y más altos y que son todavía más aireados y más agradables que las otras habitaciones. A las personas curadas se las saca de allí para recuperar mejor sus fuerzas. Todos los individuos que encontré me dijeron que ellos allí se sentían muy bien; disponen de un comedor, o vestíbulo, donde bajan para tomar los alimentos. Este lugar es muy útil y parece ser una excelente precaución contra las fiebres héticas o lentas, de las que se quejan tan a menudo los médicos de nuestros hospitales. De allí mi insistencia sobre este punto particular[22]. Todo en el hospital está limpio y tranquilo. Están dedicados a la casa: ocho capellanes, nueve médicos y cirujanos y doce religiosas; éstas pertenecen a una orden religiosa, llevan un uniforme inmaculado y están encargadas de preparar y administrar los medicamentos prescriptos - disponen de una farmacia que ocupa cinco o seis habitaciones, tan perfectas y  delicadas como es imposible imaginar. La fachada es tan linda que encontré oportuno adjuntar un grabado para ilustrar mi descripción.

BORDEAUX
            La prisión del hotel de la ciudad tiene tres celdas con veintisiete escalones. Allí se encontraban, el 27 de abril de 1783, quince prisioneros encadenados, que me comunicaron que nunca veían el exterior. Cuatro escalones más abajo, diez hombres se encontraban en dos celdas mientras que una mujer estaba sola en otra. La planta baja estaba reservada para los delincuentes menores. En la prisión del Palacio, los hombres se encontraban en el patio que visité. Constaté que las ventanas de las dos salas reservadas a las mujeres daban (desgraciadamente) a la calle.
            La prisión está instalada en un antiguo convento. Las habitaciones se encuentran muy limpias. Cuando entré en la sala, las veinticuatro mujeres que allí se encontraban, ocupadas en trabajos de costura, cubrieron sus rostros con un velo.
            El gran Hospital está ubicado en un populoso barrio de la ciudad. La edificación forma un cuadrilátero, el cuarto de los hombres se encuentra en el primer piso. Las mujeres están alojadas en la planta baja, en tres alas de la construcción: una para las enfermas, una para las heridas (el ala de cirugía) y la última para las que padecen enfermedades graves. Las camas generalmente las ocupan dos enfermos. El hospital es muy limpio, los cuidados los realizan religiosas que también se encargan del hospital de los Enfants-Trouvés, una construcción amplia que se levanta a orillas del río.

ST. OMER
            En la nueva prisión real, los prisioneros reciben, por día, una libra y media de pan y sopa. La ropa de cama se cambia todas las semanas.

DUNQUERQUE
            La prisión de esta cuidad ofrece dos o tres salas reservadas a los prisioneros nativos.
            Se encontraban allí, en enero de 1779, muchos de mis compatriotas, detenidos como prisioneros de guerra. Eran ciento treinta y tres, amontonados en cinco salas, capitanes, oficiales, pasajeros y simples marinos todos juntos, acostados sobre paja, un mismo cobertor servía para tres personas. En otras tres piezas, trece personas recibían mejores atenciones, dado que se trataba de prisioneros, que como contrapartida pagaban treinta céntimos diarios a cambio de una buena cama[23]. El patio de la prisión no mide más de cuarenta y dos pies por veintiséis y el agua sólo llega en forma escasa. El pan, la cerveza y la sopa son de calidad, la carne roja es aceptable. Durante una guerra anterior, la suma destinada a cada prisionero era de cien céntimos, ahora no es más que de quince céntimos. Dos haces de leña se distribuyen para dar calor en cada sala. Los enfermos (eran tres en ese caso) son enviados al hospital militar. El reglamento estaba colgado en un buen lugar, los artículos estaban escritos en inglés y en francés[24].




Días
Cerveza
Pan
Carne
Manteca
Queso
Guisante·
Sal


Cuartos
Libras
Libras
Onzas
Onzas
Pintas
Onzas

Domingo
     1
1 1/2
  3/4
    ---
    ---
   ½
  1/3
Lunes
     1
1 1/2
  3/4
    ---
    ---
    ---
  1/3
Martes
     1
1 1/2
  3/4
    ---
    ---
   ½
  1/3
Miércoles
     1  
1 1/2
  3/4
    ---
    ---
   ---
  1/3
Jueves
     1
1 1/2
  3/4
    ---
    ---
    ½
   1/3
Viernes
     1
1 1/2
  3/4
     ---
    ---
    ---   
   1/3
Sábado
     1
1 1/2
  ---
      4
   ó 6
     ½
    1/3
Total
     7
10 1/2
  4 1/2
      4
       6
      2
  2 1/3

· O una libra de buen repollo

BERGUES
            Cincuenta y siete prisioneros ingleses se encontraban en la prisión de Bergues. Al igual que en Dunquerque, los menús estaban colgados a la vista de todos, pero la comida no era buena. Doce condenados bajo palabra se encontraban en la ciudad, nueve estaban en Bourbourg; otros dos condenados bajo palabra y detenidos en Ardres, me dijeron que habían tenido que comprometer a dos guardias del cuerpo para asegurar su seguridad.

CALAIS
            La prisión común es más pequeña que la de Dunkerque, lo que explica que allí los prisioneros estén más amontonados. Había en esa prisión no menos de ciento veintisiete prisioneros ingleses. Setenta marinos estaban acostados sobre paja, sin ningún tipo de mantas, en una sola habitación[25], algunos ni siquiera tenían paja para acostarse. Me quejé ante el Comisario, quien me dijo que iba a hacer lo necesario para obtener, de las autoridades de St. Omer, mantas; asimismo le precisé que los capitanes, pasajeros y oficiales que yo había encontrado en las prisiones francesas, en Inglaterra, hubiesen sido liberados bajo su «palabra de honor»; él me contestó, insistiendo que tome nota de sus propósitos, «que una palabra no es suficiente, que debe exigirse una caución de cien guineas de un capitán, de setenta y cinco por un oficial, de sesenta por un marinero y de veinticinco guineas por los grumetes», la tarifa aplicada a los pasajeros es la misma que la aplicada a los grumetes. Al segundo día de mi estadía en el lugar, el reglamento (igual al de Dunkerque) fue expuesto tanto en el interior como en el exterior de la prisión.
            La mayoría de los prisioneros, tanto en Calais como afuera, no disponían de ropa limpia, algunos, que eran parte de la tripulación de embarcaciones que habían naufragado en una gran tormenta el 31 de diciembre de 1778, estaban prácticamente desnudos.
            En una sala del hospital militar, veintiséis de mis compatriotas recibían los mejores cuidados: cada uno poseía una cama con su ropa y recibían comida abundante. Pero, como sus facultades mentales estaban en perfectas condiciones, ellos eran concientes de que eran privilegiados y sufrían por los tratos a sus camaradas que no tenían chance alguna.

Las FLANDES FRANCESAS
            En estas provincias rige «la ordenanza del parlamento» que se aplica en las otras provincias francesas.

LILLE
            La Torre de San Pedro es una vieja construcción. El 24 de mayo de 1783, tenía doce prisioneros (tres deudores, cinco contrabandistas y cuatro vagabundos), de los cuales cinco enfermos se encontraban acostados en la misma cama, en una habitación insalubre. Recibían una libra y media de pan por día. Me puse contento al comprobar que pequeñas celdas oscuras, situadas a quince escalones debajo de la tierra se encontraban desocupadas.
            Debo decir que no sé cómo pude salvarme de la fiebre maligna que contraje durante mi última visita a esa prisión; sin duda debo agradecer desde lo más profundo de mi corazón y con toda mi alma al hada que me cuidó en esta circunstancia.
            La prisión de la ciudad tenía catorce prisioneros, alimentados con pan, manteca y cerveza. Las celdas estaban vacías.
            Las caras tristes de los prisioneros de la Ciudadela dan testimonio de los efectos perniciosos causados por la obligación que tenían los soldados de dormir en las casernas, que consistían en piezas húmedas ubicadas debajo de las fortalezas. El 26 de mayo de 1783, la población de la prisión era de trescientos cuarenta hombres, la mayoría desertores. Las enfermerías, en un estado de suciedad y de confinamiento espantosos, abrigaban ochenta y tres prisioneros, entre los cuales se encontraban algunos moribundos que tenían los grilletes puestos. El escorbuto hizo últimamente estragos. Repetiré hasta el cansancio que la aireación y la limpieza deben ser las palabras maestras en el interior de una prisión, aún más cuando los prisioneros permanecen ociosos. La humanidad lo requiere, tanto con respecto a los prisioneros como para con los guardias y los visitantes. Viene a mi memoria la reflexión de un magistrado de Hanovre, un hombre de una gran sensibilidad: «Observamos, me confió, que los presidiarios o los galeotes condenados a perpetuidad pervierten a los que tienen una pena de un año o dos; también, una ley recientemente intervenida, aplicable a todo el electorado, impone la separación de esas dos categorías de detenidos». Esta ley debería ser imitada en este país.
            Los pobres de ambos sexos se encuentran en el hospital general. En mayo de 1783, eran unos dos mil en esas circunstancias. Los ancianos conservan la tercera parte del producto de su trabajo. Encontré en el piso, más de trescientas jóvenes haciendo puntillas, a las que se les pagaba una pequeña suma por cada pieza entregada. La mayoría de los hombres jóvenes, si se encuentran alojados y comen en el hospital, aprenden un oficio en la ciudad. Al cumplir veinte años hombres y mujeres deben dejar la casa. Las jóvenes, me pareció, se encontraban en buen estado de salud, sus dormitorios, sus talleres y sus enfermerías estaban muy limpias. El reglamento contiene más de veinte páginas in-quarto, no creí oportuno agregarlo aquí.
            Los dos hospitales Condesa y San Salvador son construcciones majestuosas, reservadas para los hombres, las mujeres son recibidas en el hospital general. Los enfermos están distribuidos en: heridos, enfermos graves y convalecientes en los tres pabellones del establecimiento. Los enfermos tienen cada uno una cama. El enfermo que recién llega es conducido inmediatamente a su cama, luego una hermana lleva un recipiente con agua caliente; ella lava y seca los pies del enfermo, los besa antes de irse; otra hermana llega con ropa y una toalla limpias. Una enfermera de sala hace la cama, la calienta, luego sólo el enfermo puede acostarse. Las hermanas prodigan los mejores cuidados a los enfermos, pero la vida que llevan, retiradas del mundo, no deja de ser un inconveniente: no les importa la limpieza, no abren nunca las ventanas, las salas son insalubres y mal olientes, particularmente durante la noche.

ARRAS      
            Entre los ciento treinta y nueve prisioneros que estaban en el patio, encontré dos que estaban con grilletes «Trataron de escaparse», me dijo, uno de los hombres, ante el cual manifesté mi asombro. El hecho no es común, los prisioneros franceses muy raramente llevan grilletes.

AMIENS        
            La ciudad cuenta con dos prisiones, una para «Los Burgueses y El Libertinaje» y la otra llamada «La Conserjería». La gente se precipitaba hacia el hotel de la ciudad, donde se juzgaba a una mujer que había secuestrado a su hijo. Este, de treinta y dos años, había permanecido encerrado durante dieciséis años y había sido sometido a un tratamiento tan estricto que poseía serios trastornos  mentales. Las investigaciones fueron llevadas a cabo por amigos del padre, que intervinieron varias veces para que el joven recuperara su libertad.
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El Estado de la Prisiones. John Howard

Trad. Silvia Naciff

LAS PRISIONES SUIZAS

            Antes de visitar las prisiones de los cantones, me detendrá un momento en un lugar que no pertenece verdaderamente a Suiza, la pequeña República de

GENÈVE
            La prisión está ubicada en el antiguo palacio del Arzobispado. Durante mi primera visita, sólo encontré cinco prisioneros de derecho común, ninguno llevaba grilletes. Se asigna a cada uno, unos seis pinces diarios, a cambio de esto reciben una libra de buen pan, sopa y una media pinta de vino. Todos parecen estar en buen estado de salud. Los hombres y las mujeres están separados, como ocurre en todos los cantones suizos. En los últimos dos años nadie fue condenado a la pena de muerte. Si un criminal se aparta de la justicia, se da a conocer su nombre y se lo busca durante días, luego es juzgado y ejecutado en efigie.
            No encontré prisioneros por deudas, y es raro que existan allí. El acreedor debe asignar a su deudor alimentos comparables a los que reciben los prisioneros de derecho común. Al mínimo incumplimiento de su parte, el carcelero toma parte y libera al prisionero. Pero además de esto, existen en este Estado leyes suntuosas. A pesar de ser un gobierno moderado, los que están en bancarrota, los quebrados y los insolventes reciben penas severas: se los priva de su derecho ciudadano, así como a sus hijos, salvo que estos últimos respondan por una parte de las deudas de sus padres[26].
            Durante mi primera visita había dos deudores y cinco otros prisioneros. Se los cuidaba mucho: tenían pisos en salas bajas cuya humedad podría haber puesto en peligro la salud de ellos[27].

CANTONES SUIZOS
            El viajero que llega a Suiza, procedente de Ginebra, se asombrará al ver la cantidad de prisiones que hay en su camino: debe saber que cada señorío o bailía posee su propia cárcel, así como los poderes de base y el Tribunal Supremo. Yo visité una de esas pequeñas prisiones. Pertenecía al barón de Prangins y poseía cuatro celdas arregladas en lo alto de la torre de su castillo[28]. La prisión estaba vacía.
            En todos los cantones que visité, los prisioneros de derecho común disponían de una celda individual, « me dijeron los guardias, con el propósito, de impedir que uno fuese el preceptor del otro». Los prisioneros no tienen grilletes, están encerrados en celdas más o menos seguras e iluminadas de acuerdo al crimen que le es imputado. En general, las prisiones son muy seguras, cada celda tiene su número y una llave numerada que sólo abre una celda. Una estufa alemana se encuentra en la mayoría de las celdas. Se asignan, generalmente, seis peniques por día a cada prisionero. En algunos cantones, no encontré ningún prisionero, porque, y es la principal razón, se pone esmero en enseñar moral y religión a todos los niños, incluidos los más pobres, y por otra parte, allí se hace rápidamente justicia. El condenado a muerte es ejecutado en un breve plazo, se le comunica la fecha de su ejecución, sin embargo no conocerá el suplicio, puede comer y beber vino a su gusto. Las mujeres no son colgadas pero si decapitadas. Al designar un verdugo se le hace entrega de una espada nueva. Pude ver en el Arsenal de Berna viejas espadas de verdugos que estaban allí almacenadas. Las casas de corrección reciben mujeres que comienzan inmediatamente a trabajar.
            Los prisioneros más numerosos son los galeotes: término impropio ya que Suiza no posee galeras. Sólo algunos condenados son enviados a Marsella.

LAUSANA 
            En Lausana visité una prisión sin prisioneros. Encontré celdas, pero el conserje me hizo notar que no estaban muy enterradas, debajo de esas celdas había sótanos. El Dr. Tissot, con quien me entrevisté, me manifestó su sorpresa cuando hablé sobre la fiebre de las prisiones. Me dijo: «Eso no existe en Suiza, sólo oí hablar del tema con respecto de Inglaterra». Le comenté acerca de la última ley sobre preservación de la salud de los prisioneros, el Doctor Tissot se mostró contento con ese texto, especialmente con las cláusulas que imponen «blanquear las habitaciones y mantenerlas limpias». Tal como me dijo el doctor no encontré fiebre de prisiones en Suiza, no más que en otros países visitados[29] .

FRIBOURG
            En ninguna de las torres encontré prisioneros, una de ellas llamada «La Torre maligna», a causa, supongo, de las estrechas celdas (ocho pies por seis y seis pies de alto) y de los atroces mecanismos de tortura que posee. En la casa de corrección conté trece hombres y siete mujeres. Los hombres limpian las calles, etc., las mujeres hacen hilados. Los prisioneros toman sopa dos veces por día, carne tres veces por año (Navidad, Pascuas y Pentecostés).

BERNE
            Volví a visitar todas las prisiones de la ciudad, en ninguna encontré prisioneros. Solamente las dos casas de corrección estaban ocupadas, la primera por habitantes de la ciudad que hacían trabajos de hilados por no haber encontrado otra ocupación.
            En Berna, capital del principal cantón de la ciudad, en la prisión llamada Schallenhaus había alijados en 1776, 186 galeotes (en 1778, 141). Los prisioneros no disponen de celdas individuales, pero están reagrupados tanto en las salas como en el trabajo, de acuerdo a la gravedad del delito cometido[30]. A la mayoría de ellos se los emplea para la limpieza de las calles y paseos públicos, para el transporte de escombros, para la limpieza de la nieve y la escarcha durante el invierno. La ciudad es una de las más limpias que visité. Cuatro o cinco prisioneros están sujetos con cadenas a una especie de carro que deben tirar mientras que otros con mayor libertad de movimientos, barren y juntan los desperdicios, los cargan en los carros, etc. La forma de trabajar de los presidiarios es similar a la de Milán. Publiqué en el anexo la reproducción de un gravado de un pintor de la ciudad. Sobre otro dibujo hay mujeres: detesto la costumbre de exponer diariamente a esos desdichados a la ignominia y a la severidad, salvo en los casos en que están completamente abandonados y perdieron todo sentimiento maternal. Se conoce a esos prisioneros por el collar de hierro que llevan colgado a un ganchillo que les rodea el cuello. Vi como esos ganchillos que pesan cinco libras, fueron remachados en más o menos dos minutos. Los prisioneros trabajan de siete a once durante la mañana y de una a seis de la tarde en verano; de ocho a once y de una a cuatro durante el invierno. Les hice esta pregunta: «¿Prefieren trabajar en esas condiciones o permanecer encerrados todo el día?», todos respondieron: «Preferimos trabajar así». Los menos peligrosos están en habitaciones separadas. Trabajan dentro de la prisión,  dentro de una sala grande, en la hilandería, etc., y no tienen collar de hierro[31]. Vi, con tristeza, la desolación de quince prisioneros sin trabajo[32].La prisión no es ni práctica ni limpia. El [hospital de la ciudad ] gran hospital asegura la provisión  a cada prisionero de pan (dos libras diarias) y de sopa (una pinta y media de sopa de cebada y de habas dos veces por día). Durante las horas de descanso, los prisioneros fabrican pequeños objetos que luego venden, reparan calzado, etc. Está prohibido el juego cualquiera fuera su forma. Esta prohibición se extiende a todo el pueblo, los personajes de un cierto rango, pueden jugar sumas importantes.
            El conserje y el carcelero cuidan que los prisioneros cumplan, durante la mañana y la tarde, con sus deberes religiosos. Los capellanes rezan junto a los prisioneros y los instruyen los domingos y jueves. Otros ministros del culto intervienen una vez al mes. Los domingos no se permiten visitas. Aquí, el principal objeto es que los hombres sean los mejores. Se cuida mucho a los enfermos. No está permitido beber, el conserje tiene prohibido vender vino, licores y cualquier otra provisión, para no beneficiar a nadie. Existe una detallada lista de la ropa de cama y de la vestimenta existente, consignando la calidad y el precio. Tengo en mi poder una copia del reglamento de la prisión que comprende veintisiete artículos, con fecha 14 de marzo de 1741, pero me limité sólo a mencionar algunos artículos. [La prisión acoge también a algunas mujeres las que se encuentran completamente separadas de los hombres].
            La prisión común tiene salas enteramente revestidas en madera. Ocho de las cuales son muy pequeñas y muy seguras. Las puertas son de roble, tienen dos pulgadas y medio de espesor y están reforzadas con hierro, se mueven sobre tres goznes y se cierran por medio de una cerradura y dos cadenas. Un gabinete sirve para conservar las ropas de los muertos con el fin de mostrarlas a los detenidos; también se guardan objetos robados los que serán restituidos a las víctimas. Un prisionero solvente puede gastar hasta siete batz y dos kreutzers (un chelín) por día para obtener dos porciones de sopa y buen pan. El gobierno otorga la mitad de esa suma para los prisioneros necesitados. Durante los ocho días anteriores a la ejecución, los condenados a muerte tienen derecho a un chelín diario. Estas disposiciones se publican en la prisión al igual que las recomendaciones sobre la solemnidad de los juramentos y los modelos de las distintas formas que pueden tener.  Traté de obtener copia de varios juramentos: «Mi declaración, que fue leída en este acto, la confirmo ante Dios Todopoderoso, por contener la verdad, así como pido a Dios me ayude en el fin de mis días. Sin dolo ni fraude» Me comentaron que los perjurios son escasos[33].
            Pude entrevistarme en esta ciudad con el célebre Doctor Haller. La fiebre de las prisiones se debe, según su opinión, a la superpoblación de las prisiones inglesas.

SOLEURE
            La prisión de Soleure, abierta en 1756, como lo indica la fecha grabada sobre su frontón, fue construida con una especie de mármol extraído de una cantera cercana a la ciudad. Muchas piedras tienen seis pies de largo por dos o tres de ancho y más de un pie de espesor. El guardia me dijo: «Cuando un delincuente llega a la cárcel, le quito las cadenas que lleva en los pies y en las manos». Posee quince salas de unos nueve pies cuadrados y de ocho pies de alto, dotadas de un falso techo y casi todas tienen una estufa alemana. Las paredes divisorias están construidas en mármol, una ventana de dos pies por seis pulgadas se encuentra en la parte superior de una de ellas. Los autores de delitos menos graves están ubicados en habitaciones menos seguras y más iluminadas. La ración diaria es de una libra de pan y dos platos de sopa.
            Los magistrados consideraron indispensable que los prisioneros tengan agua a voluntad: a pesar de contar con una fuente a diez yardas en la prisión, en 1769 hicieron construir otra en el patio de paseo.

BALE
            A los delincuentes se los encierra en una de las torres de la ciudad. No encontré allí prisioneros. En las salas hay paja limpia y mantas para recibirlos. Me dijeron que las celdas son individuales, de donde nunca salen, salvo cuando deben declarar ante los jueces. Una de las celdas más seguras, de unos seis pies de alto, está ubicada cerca del reloj grande: se entra por medio de una puerta a nivel del suelo, el prisionero desciende por una escalera que se quita rápidamente de la celda; los alimentos se entregan a través de un postigo abierto sobre uno de los lados. Yo descendí a una de las celdas y me quejé ante el guardia sobre la disposición, éste me contó que esa situación no impidió, recientemente, a un prisionero escapar. Me explicaron que había aguzado una cuchara de sopa con el fin de cortar la madera de la construcción, y que, para no ser escuchado, trabajaba en la puerta mientras el reloj sonaba: en quince días consiguió hacer saltar los cerrojos. Cuando intentó descender, la cuerda que lo sostenía no se sabe gracias a qué milagro se rompió, y el prisionero se quebró tantos huesos, los cirujanos pensaron que no se salvaba. Era fuerte, se compuso gracias a los cuidados dispensados y luego los magistrados le concedieron su gracia.

ZURICH    
            La ciudad tiene una prisión destinada a los criminales condenados a pena de muerte, está ubicada en el medio del río[34], y posee una sala de corrección instalada en un antiguo convento. En este establecimiento, amplio y bien puesto, había alrededor de sesenta prisioneros. Diecinueve trabajaban fuera de la casa, para ciudadanos del lugar que les pagaban un salario inferior al de los trabajadores libres; los demás trabajaban dentro de la casa, la mayoría en hilados. Vi a una mujer que estaba por colorear, con buen gusto, una lámina de botánica. Los prisioneros tienen una capilla donde asisten a los oficios y van al catecismo todos los viernes. Una vez al día, los que no salen del establecimiento van, por consejo de un médico de la ciudad, a caminar bajo las arcadas que rodean un gran patio cuadrado: durante ese tiempo se abren las puertas y las ventanas de las salas para ventilarlas. La ropa es confortable[35]; la comida es abundante, consiste en pan blanco, sopa diaria pero sin carne.
            Desde su llegada, los prisioneros visten el uniforme de la casa, las vestimentas personales se cuelgan y etiquetan con sus nombres, se las entregan nuevamente cuando salen, a cambio de un comprobante. Un magistrado, a quien le pregunté si era usual rechazar a los delincuentes, pareció sorprendido con mi pregunta: «¿No observó?, me preguntó, la cantidad de manufacturas instaladas en la montaña».

SCHAFFHAUSEN     
            Sólo encontré tres prisioneros encerrados en esta casa de corrección.
            Debo insistir en la buena dirección de esas casas, al igual que lo observado en Holanda, Brême, Hamburgo, etc. La razón se encuentra en que los regentes o inspectores no están atraídos con salarios altos[36]. Esto confirma aún más la opinión ya expresada de que no debería nunca confiar estas funciones a personas con intereses mercenarios. Soy conciente de que será difícil, tanto en Inglaterra como en otros países, encontrar hombres que, motivados sólo por el deber y el amor a la humanidad, ejerzan esas funciones leal y diligentemente, con la única preocupación, por el reconocimiento de sus conciudadanos y la satisfacción de su propia conciencia. Pero creo que aún existen personas respetables que podrían de corazón hacerse cargo de la dirección del hospital y de casas de trabajo basándose en esos principios.




EL ESTADO DE LAS PRISONES

John Howard

Traducción: Silvia Naciff
Capítulo 4 (Tercera Parte)

ALEMANIA

            Los alemanes, conocedores de la necesidad de mantener limpias sus prisiones, decidieron, con mucha inteligencia, construirlas en lugares apropiados a tal fin, es decir a orillas de ríos. Tal es el caso de las prisiones de Hanovre, Zell, Hamburgo, Berlín, Brême, Colonia, Mayence y otras.
            Durante mi primer viaje, en la mayoría de las prisiones que visité, encontré pocos prisioneros, salvo los mal llamados galeotes. Esto tiene su explicación en la rapidez con que se juzga a los prisioneros.
            Los galeotes tienen, en cada ciudad, una prisión propia. Trabajan en los caminos, fortalezas, canteras de creta y otros trabajos públicos, durante cuatro, siete, diez, quince, veinte años, de acuerdo con el delito cometido. El gobierno se encarga de la comida y de la ropa.

WESSEL
            Noventa y ocho galeotes estaban encerrados en la prisión de Wessel, propiedad del Rey de Prusia: reciben dos libras de pan diarias y se les paga cuando trabajan en fortalezas u otros trabajos públicos, un penique y medio por día.
            En las prisiones construidas recientemente, casi nunca encontré celdas subterráneas, esto es válido para casi todas las prisiones extranjeras (salvo para la de Liège). En Lunebourg, las celadas colectivas están abandonadas y las individuales suplementarias fueron construidas en lo alto. En la mayoría de las prisiones, cada prisionero cuenta con una celda individual, más o menos segura, luminosa y aireada, de acuerdo con el crimen por el que han sido acusados.
            A menudo, se ven inscripciones sobre las puertas de algunas celdas: Etiopía, India, Italia, Francia, Inglaterra, etc. Esas celdas encierran niños corruptos cuyos padres hicieron encerrar con la autorización de los magistrados. Cuando se pregunta a esos padres por sus hijos, responden que se encuentran en Italia, Inglaterra, etc.
            No recuerdo haber visitado una prisión alemana (debería decir una prisión extranjera) en la que los prisioneros sólo reciban pan y agua: gracias a las autoridades o a la caridad privada todos perciben diariamente un suplemento alimenticio. En algunas ciudades, las personas benefactoras van a los mercados y llevan un canasto para los prisioneros; vi a algunos con los cestos repletos de legumbres. Algunos delincuentes menores permanecen durante una semana, en celdas individuales, a pan y agua como forma de castigo. Una dieta así, parece inteligente con respecto a los condenados a muerte que tienen sólo uno o dos días de vida; todo lo contrario se produce, con los alemanes que hacen gala de mansedumbre al respecto durante las cuarenta y ocho horas que separan el pronunciamiento de la sentencia y la ejecución: el prisionero elige los alimentos, se hace llevar vino, recibe a sus amigos en una celda amplia y un eclesiástico lo asiste durante las horas que le quedan de vida.
            Llegué a Alemania en junio de 1778, pasé antes por Osnabrug y Hanovre. Hablaría mucho de la prisión de Osnabrug sino conservaría la esperanza de que el Príncipe, que es también el Obispo de la ciudad, al leer mis observaciones, alivie los sufrimientos de los miserables prisioneros. La prisión y la casa de corrección se encuentran en el mismo inmueble: una construcción amplia situada en las afueras de la ciudad, bien aireada, cercana a un río. De acuerdo con la inscripción latina que se encuentra en la puerta de entrada, la casa fue construida «con fondos públicos, en 1756, con el fin de encerrar y penar a los malvivientes por la justicia y el bien de todos». Conté diecisiete celdas para condenados a muerte que sólo reciben luz a través de una pequeña abertura en la parte superior de la puerta. Sólo encontré un prisionero. Estaba encerrado desde hacía tres años y había sobrevivido a la atrocidad de las torturas[37]. Descubrí, en otro lugar de la casa, situaciones miserables y dolorosas, hombres, mujeres y niños, casi todos con los pies y piernas desnudas. Trabajan en hilados, en habitaciones cuya suciedad desafía cualquier posibilidad de descripción. Esas salas dan sobre corredores extremadamente malsanos: un juez municipal de la ciudad, que me acompañaba, no se arriesgó a entrar. Un guardia me puso al tanto del régimen de la prisión, alimentación, etc. Pero el aspecto de los prisioneros fue suficiente para formar mi opinión y no tuve en cuenta el discurso recitado.

ESTRASBURGO               
            En una de las cinco torres de la ciudad, sólo encontré tres prisioneros por deudas, quienes me dijeron que sus acreedores aseguraban su subsistencia: todos los días recibían dos libras de buen pan y una excelente sopa. Quedé sorprendido con el espíritu liberal que reina en la ciudad: el hospital, por ejemplo, tiene dos salas reservadas para los luteranos donde pueden asistir hasta los pastores.

MAYENCE


            La prisión de «La puerta de hierro», que recibe prisioneros de derecho común, tiene cinco pisos. Cada piso tiene dos celdas separadas por un amplio corredor: las ventanas están ubicadas a los lados para, de este modo, facilitar la circulación de aire. Las celdas tienen un doble piso de roble de dos pulgadas de espesor y una doble puerta de sólo tres pies y nueve pulgadas de altura. Todas estas precauciones hacen que la prisión sea realmente segura. Un pequeño postigo de hierro se abre sobre unos de los costados de la puerta para que pase la comida: dos libras de pan, sopa y un poco de carne, salvo en el período de cuaresma. Hay por cada celda un solo preso que dispone de dos cobertores y duerme sobre paja que se renueva cada quince días. La prisión, construida a orillas del Rhin es realmente sana.
            La casa de corrección es muy limpia, el regente vive allí. Cuando pregunté al conserje el por qué de tanta limpieza me respondió: «No podría ser de otro modo si contamos con muchas mujeres entre los prisioneros. Ellas son las encargadas de la limpieza.» Casi la totalidad de la harina que se utiliza en la ciudad proviene de un molino que situado en la prisión. Los prisioneros trabajan en el molino dos horas durante la mañana y dos horas durante la tarde. Sobre el frontón de la puerta se encuentra grabado un carro tirado por dos ciervos, dos leones y dos jabalís con la inscripción siguiente: «Si se ha podido someter a los animales feroces, no debemos desesperar y podremos llevar por la buena senda al hombre perdido» El mismo bajo relieve lo vi sobre el portal de uno o dos casas de corrección.
            La prisión de la «Puerta de Pescado», cercana a al quinto mercado se  reserva a los deudores. En el momento de mi visita no había ningún prisionero. Cuando hay alguno, reciben por cuenta del acreedor, dos libras de pan y alimentos por un valor de alrededor de cuatro peniques.
            En Mayence, todas las celdas tienen una estufa alemana que se enciende en invierno dos o tres veces por día. Los prisioneros tienen ropa de cama limpia todas las semanas. Le comenté al brigadier de policía que me acompañaba que eso prisioneros me parecían en buen estado de salud, a lo que respondió: «No siempre fue así: la Regente fue quien los sacó de las celdas subterráneas; por lo tanto recuperaron la salud, y, a partir de ese momento todos están bien». Las celdas se convirtieron en elementos inútiles.
            La vigilancia de las prisiones realizada por inspectores particulares aquí parece superflua. Los conserjes deben presentar un informe diario al «Lugarteniente de Policía»; el «Consejero del Regente», el «Secretario» y el «Consejero de Finanzas» visitan todas las prisiones cada quince días, interrogan a los prisioneros y supervisan que no les falte nada. Ningún conserje puede vender alcohol pero los prisioneros pueden comprar en el exterior un cuarto de cerveza por día. Los alcoholes fuertes están estrictamente prohibidos.
            [Me extendí sobre las prisiones de Mayence, la mayoría de las prisiones alemanas se organizan siguiendo el mismo esquema a pesar de que no todas están controladas con el misma dedicación].

HANAU

            En esta ciudad, cercana a Hesse Cassel, los que llamamos galeotes están divididos en «honestos» y «deshonestos». Los primeros están condenados a tres, cuatro, siete y catorce años de galera sin embargo la duración de su pena puede reducirse debido a la buena conducta. Los galeotes «honestos» llevan un traje de color marrón y una pequeña cadena que une su cintura con una de sus piernas. Los «deshonestos», los que cometieron los más graves crímenes, llevan un traje blanco con una de las mangas en color negro y una doble cadena que une la cintura con cada una de sus piernas: éstos nunca trabajan fuera de la ciudad y cumplen los trabajos más penosos. Todos los galeotes trabajan desde las cinco hasta las once de la mañana y desde la una a las seis de la tarde en el verano, los horarios de invierno dependen de las condiciones climáticas. Desde el primero de abril hasta San Miguel, reciben dos libras y media de pan por día y solamente dos libras el resto del año, en todas las estaciones tienen un suplemento alimentario por valor de un penique. Gracias a las limosnas, perciben, además, un medio florín (alrededor de veinte peniques y medio) por mes. Un diputado de la Regencia los visita permanentemente; cada mañana realiza su informe al coronel quien se lo comunica al joven príncipe cuando este se encuentra en la ciudad. Los prisioneros parecen muy sensibles a esas atenciones y sólo hablan con emoción de la difunta princesa cuya memoria será venerada por mucho tiempo en ese país.
            Pregunté a varios galeotes «honestos» que trabajan en la ruta «si preferían estar ocupados o preferían permanecer sin hacer nada en sus celdas». Todos respondieron: «Es mucho mejor trabajar fuera de la prisión». El día sábado, a la tarde, limpian los puentes, las entradas a la ciudad, etc. Cualquiera sea el número de galeotes, cuatro soldados con bayoneta a fusil, un suboficial y un guardia, los custodian, cuando los vi eran unos diez o doce.
            En el verano, a las seis de la tarde, vuelven a la prisión, arreglan las herramientas en una pieza y van hacia sus salas - los «deshonestos» duermen en la planta baja, los «honestos» en los pisos superiores. Los galeotes no tienen celdas individuales como cuando eran solo acusados. Cada uno posee, además de la vestimenta mencionada, dos pares de zapatos, dos pares de medias y dos camisas. El servicio religioso del domingo es obligatorio. En todas las visitas que realicé todos me parecieron en buen estado de salud.
            Los «deshonestos» no están sumidos en la desesperación, si tienen una buena conducta pueden ser considerados entre los «honestos». Uno de ellos me comentó lo feliz que estaba al haberse visto beneficiado con este favor y por lo tanto, poder trabajar en la ruta.
            La otra prisión de Hanau se llama «la Torre de Margueretta», lleva el nombre de la primer prisionera que estuvo encerrada en ese lugar. Tiene dos pisos con cuatro piezas cada uno. Cuando la visité la prisión estaba vacía.

CASSEL

            Existe en esta ciudad una prisión para los galeotes. Está organizada de acuerdo con las reglas que rigen la prisión de Mayence, pero su administración deja mucho que desear. Sin embargo me llamó la atención un detalle: una capilla, construida a nuevo tiene dos tramos separados, uno para los galeote «honestos» y otro para los «deshonestos». Cuando la visité, sólo había en esa prisión diecisiete personas.
            En la ciudad hay también una casa de corrección dotada de un taller de ciento diez pies por veinticinco y doce pies de altura. Fue construida por Charles, el abuelo del Landgrave actual. No daré más detalles sobre el funcionamiento de este establecimiento los reservo para las casas mejor administradas.           

FRANCFORT

            Existen sobre el Main, cinco prisiones. En la prisión para deudores sólo encontré tres prisioneros. Sus acreedores pagan doce kreutzers diarios (alrededor de cuatro peniques) por su alimentación.
            La prisión llamada La Torre de Santa Catherine estaba vacía. Allí hay una habitación agradable en la que los condenados a muerte permanecen encerrados hasta el momento de su ejecución. Los hombres son colgados y las mujeres decapitadas, pero no hay muchas ejecuciones.
            La casa de corrección está cerca de la casa de trabajo. Estaban encerrados dos mujeres y un hombre. El hombre se encontraba en el patio: estaba en compañía de dos o tres individuos, molía una piedra porosa que inmediatamente colocaba en el agua para hacer un cemento muy duro o un enduido de yeso. Las dos mujeres trabajaban en la casa de trabajo.

MANHEIM

            El Señor Babo, Consejero de la Regencia, con mucha amabilidad había ordenado que yo podía visitar todos los rincones de la «prisión». A los prisioneros que llegan a este establecimiento se los somete a la ceremonia llamada del «Bienvenido». La misma consiste en colocarle un collar de hierro en su cuello, las manos y los pies con la ayuda de una máquina que se utiliza para esa ocasión; luego se desviste a los prisioneros y se les administra, siguiendo las indicaciones de los magistrados, la «Gran Bienvenida» (es decir de veinte a treinta bastonazos), la «Semi Bienvenida» (de dieciocho a veinte bastonazos) o la «Pequeña Bienvenida» (de doce a quince bastonazos), luego de la ceremonia bajan el umbral de la puerta antes de entrar a la casa. Algunos siguen un tratamiento parecido en el momento de la liberación. Igual ceremonia se observa en otras prisiones alemanas.
            Durante mi visita la prisión estaba limpia. Su población era de cincuenta y dos hombres y cuarenta y nueve mujeres, repartidos en las distintas salas y, todos trabajaban: algunos seguían ejerciendo su profesión (zapateros, talladores, tejedores, joyeros, etc.), otros estaban empleados en los talleres de la casa, en el cardado y fabricación de telas gruesas. No había desocupados, al contrario, los prisioneros no tenían casi tiempo para trabajar para ellos, y teniendo en cuenta lo que me dijeron, el trabajo forzado realizado por cuenta de la casa apenas le permite su subsistencia.
            Los reglamentos y ordenanzas son claros. Realicé una copia exhaustiva. Así, los dos últimos que se adoptaron estipulan, en el artículo 11: «La propiedad es de vital importancia en ese tipo de instituciones, todos los prisioneros deben ser vigilados cuidadosamente, denunciar al inspector, en el menor plazo posible por la mínima infracción, bajo pena, como mínimo, de quedar sometidos a la celda a pan seco y agua» y el artículo 12: «Nadie puede desconocer los reglamentos, cada prisionero dispone de una copia que se le remite, otra se cuelga en la celda. Los reglamentos se leen los días domingos a la mañana luego del oficio. Los que desobedecen serán penados, los que cumplen sus deberes celosamente recibirán recompensas».
            Las puertas de las celdas y las llaves que las abren están numeradas. La mayoría de los hombres reciben dos libras de pan, sopa y un cuarto de cerveza por día, además de una media libra de carne por semana salvo en la Cuaresma. Las mujeres tienen el mismo menú pero ellas reciben sólo una libra y media de pan. Los enfermos reciben una ración especial de pan blanco, carne de vaca, etc. La ropa de todos los prisioneros se cambia todas las semanas, las mujeres lavan la ropa sucia. El conserje informa, cada mañana, al Señor Balbo, sobre el estado de la prisión.
            Cada mañana, un capuchino da la misa en la capilla dividida en tres galerías, una para los hombres, otra protegida de las miradas, para las mujeres, la tercera para los huérfanos que suman alrededor de cincuenta y cuatro, se los recibe en un hospital que se encuentra en el extremo de la prisión. Los protestantes y los judíos pueden cumplir con los deberes de su culto, los judíos están dispensados de trabajar durante el tiempo del sabbat (fiesta religiosa judía).

HANOVRE

            La prisión fue construida hace unos treinta años, a orillas del Leyna. Dispone de [once habitaciones grandes de diez pies cuadrados y una altura de diez pies y medio] veinte celdas. Las celdas bajas tienen doble puerta, montadas en grandes aberturas con doble marco, enfrentadas a las ventanas, lo que permite la circulación del poco aire con el que cuentan los prisioneros. [Cada habitación tiene una cama de piedra de once pulgadas de alto en los pies y veinte pulgadas en la cabecera]. Las camas de piedra están elevadas con respecto al piso, ya que la cabecera está más alta que el pie; están provistas de paja y de dos cobertores. Los deudores cuentan, en el piso superior, con las salas más amplias. En invierno, las habitaciones están calefaccionadas con estufas, pero dado que las celdas están por debajo del nivel del río y demasiado cercanas al mismo la prisión es insalubre, dan testimonio de ello la cara triste que tienen los prisioneros. Los prisioneros de derecho común llevan una pequeña cadena, duermen sobre paja, cada uno dispone de dos cobertores. En el año 1776, cuando realicé mi visita, había siete prisioneros de derecho común y un deudor, en el año 1778, dos deudores y tres criminales, y, en octubre de 1781 veintinueve prisioneros, la mayoría encerrados entre seis meses a un año esperando ser juzgados, de los cuales siete u ocho mujeres eran mujeres, algunas habían seguido a sus maridos en prisión, pero las mujeres estaban alojadas en un sitio separado. Los prisioneros están alimentados en virtud de dos denarios y medio por día. Las siete habitaciones básicas se reservan para los autores de crímenes atroces, todas estaban ocupadas cuando realicé mi última visita. Los prisioneros tenían los pies encadenados, la traba, fija a una pared, a pesar de llevar hierros en los puños, atados entre ellos por una barra de dos pies de largo. El conserje es un asalariado al que se le prohíbe vender alcohol. Es un viejo enfermo y la prisión, a través del paso de los años está más sucia. La prisión está vigilada noche y día por un pelotón compuesto por seis soldados y un oficial; son los releva a las ocho de la mañana, cada soldado cumple un servicio de dos horas seguido de un reposo de cuatro horas es decir ocho horas de trabajo por día. [La prisión está compuesta de una Sala de Consejo, en la que se encuentran expuestos todos los reglamentos y una Sala de Torturas con dos imponentes máquinas que hacía cuatro años que no se utilizaban]. Aquí se lleva a cabo la práctica abominable de torturar a los prisioneros, la máquina infernal está encerrada en una celda que como en otros países se utiliza a las dos de la mañana. De esta manera, hace unos dos años, un prisionero sufrió dos veces seguidas el «suplicio de Osnabrug»; luego, en el tercer interrogatorio, cuando el verdugo ya le había afeitado la cabeza y el torso, confesó y fue ejecutado. Asisten al suplicio un juez y un secretario, un médico y un cirujano, el verdugo y algunas veces el guardia. Si el criminal se desvanece, se le hace respirar sales y no vinagre como ocurre en la mayoría de los otros sitios.
            La casa de corrección es un edificio nievo, bien aireado que recibe vagabundos, niños y delincuentes menores. Conté noventa y cuatro prisioneros de los cuales cincuenta y ocho eran niños, vestidos con un uniforme azul y blanco de lino y lana fabricados en la misma casa. Las jóvenes hilan el algodón y el lino. Los jóvenes disponen de varios talleres en los que se ocupan de cardar, hilar lana y lino o a fabricar calzado y alfombras. Los seis más pequeños -el mayor de doce años- se encuentran en una habitación separada en la que realizan tareas de tejido que les sirven para fabricar arneses y vestimentas. Las mujeres ocupan otras dos salas, los dos últimos talleres están reservados para tareas más duras, la raspadura de palo de campeche y de cuerno de ciervo. Todo el material de cama y la vestimenta se fabrica en la casa. Los prisioneros confeccionan también arneses, pantuflas y alfombras que se venden en el exterior; yo conseguí una muestra de todo lo que se vende. El reglamento de la casa se encuentra expuesto en la sala de clase. Todos los prisioneros, jóvenes y viejos, están muy limpios y en la casa se respira orden.
            El establecimiento, que sólo tiene dos años, hace honor a su fundador y director, el burgomaestre Alemann. El personal fue reclutado con sumo cuidado, imperativo esencial en ese tipo de instituciones[38]





EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES
 Y DE LAS CÁRCELES EN EUROPA EN EL SIGLO XVIII
JOHN HOWARD
(parte cuarta)

Trad. Silvia Susana Naciff


[LUNEBOURH] LUNENBURG
            Los prisioneros de derecho común realizaban tareas que no vi en ningún otro lugar: algunos extraían la piedra calcárea de una colina llamada Kalck-Berg, que los otros prisioneros trituran, pican, clasifican, etc., en los almacenes destinados a hacer cal. La cal, antes de ser empleada tanto en Hambourg como fuera de esta ciudad, se acondiciona en toneles que pesan trescientas libras y se elabora un cemento de muy buena calidad. Los treinta y un criminales se distinguen de los obreros, que también realizan el mismo trabajo, porque llevan una cadena de alrededor de cuatro libras. Reciben una libra y media de pan por día y tres y media pintas en dinero, pero los alimentos son mucho más caros que en Inglaterra.

HAMBOURG

            En el año 1776, visité, con mucho placer y gracias a la ayuda que me brindó mi amigo el senador Vogth, las prisiones de esta gran y rica ciudad. Los prisioneros de derecho común de «Bütteley» se encargan de los hierros. Se decapita a los condenados a muerte. El guardia, que también es el verdugo, me mostró la espada que utilizó, me dijo, unas ocho veces. La prisión no tiene patio; un calefactor, ubicado en la planta baja, recibe a los prisioneros durante el día. En el primer piso se encuentran unas seis u ochos habitaciones amplias de diez pies cuadrados. Cada prisionero recibe cuatro marcos (un marco = a un chelín y tres peniques) de comida por semana. El oficio tiene lugar los días  domingo y jueves. En 1781, la prisión sólo contaba con dos criminales y un deudor que en el momento de mi visita se encontraban en la capilla y parecían muy emocionados y atentos. La prisión estaba muy limpia, pero observé, en la cara del guardia y por su mala predisposición que había leído mi libro. Entre los diferentes elementos que sirven para torturar o para el interrogatorio, que pude ver tanto en Francia como en otros sitios, no encontré cosas tan abominables como las que se conservan y utilizan en una celda oscura de esta prisión. Deberían desaparecer para siempre de la vista de los hombres[39]. Se comenta que el inventor de esos elementos fue el primero en sufrirlos. La última fue una mujer quien fue torturada hace [unos dos años] algunos años.
            Existe en Hambourg, así como en otras ciudades, una prisión reservada a los delincuentes menores. Se los encierra allí a pan y agua por períodos cortos (entre una semana y un mes). Se les quita el dinero (que se les restituye cuando quedan en libertad) para impedir que compren víveres.
            El lector estará impaciente por escucharme decir algunas palabras de las casas de corrección que se encuentran en esta gran y opulenta ciudad. Permanecí en Hambourg alrededor de una semana, puede inspeccionar, gracias al pedido de mi amigo el Senador Vogth, todas las prisiones en forma minuciosa. La gran casa de corrección es una especie de «casa de trabajo» ubicada cerca de Alster y no importa horror de sus pensionistas que son pobres, mendigos y delincuentes menores. Las salas tienen quince pies de ancho y poseen ventanas enfrentadas. Allí están organizadas varias tareas: se teje, se hila, se teje el lino, el crin y la lana, se raspa la madera de palo campeche y la madera de ciervo: un hombre fuerte debe raspar cuarenta y cinco libras de madera por día. Los hombres trabajan con caballos en un molino para hollar telas. Un herrero tiene empleo de tiempo completo. Cuando realicé mi visita, conté trescientas mujeres y niñas reunidas en la sala más grande. En el año 1781, el efectivo de la casa era de seiscientos. Los productos del trabajo se consignan en un registro, me dijeron que los prisioneros reciben un cuarto del producido [hayan trabajado poco o mucho]. Cuando realicé mi última visita me sorprendí gratamente al ver el mejor estado de salud de los prisioneros, ligado al estado de limpieza de la casa. El establecimiento estaba administrado por ocho directores o regentes, todos hombres casados. [Dos de ellos lo visitan  miércoles y sábados, pero el sábado en compañía de las damas que son las encargadas de distribuir el trabajo a los prisioneros y que tienen una habitación reservada]. Los regentes se reúnen todos los sábados en su sala, sus mujeres se reencuentran en una habitación separada en la que proceden a distribuir el trabajo de los prisioneros. Sólo se puede alabar el cuidado y dedicación de esos administradores. [Centenares de individuos se encuentran encerrados en la prisión. Vi, en cada una de mis visitas, hasta trescientas mujeres y niñas reunidas en una gran sala todas ocupadas, trabajando. Aunque este establecimiento esté ubicado a orillas del Alster y visitado por las mujeres benefactoras, el buen orden y la limpieza no son dignos de elogios.]
            La capilla tiene dos pisos; asisten todas las mañanas al oficio que dura una hora, los hombres en el piso de abajo y las mujeres en el piso superior.
            Muchas celdas oscuras de unos trece pies por cuatro pies y nueve pulgadas, tienen los nombres de Etiopía, Indias, Londres, etc. Y están preparadas para recibir a los jóvenes rebeldes. Hay también una cocina-panadería, amplia y práctica. Pero las enfermerías tanto las de las mujeres como las de los hombres son muy pequeñas.
            En la sala del Consejo se encuentran expuestos los listados con los nombres de los regentes y sus armas así como el reglamento que, uno de los regentes, el Señor Van Hassell, muy amablemente, me entregó una copia, además me dio un libro con la historia del establecimiento, aparecido en el año 1622 y reimpreso en el año 1766.
            Este libro encierra las instrucciones destinadas a los gobernadores, las que deben seguir los funcionarios (ecónomo, maestro de escuela, contramaestres, secretario, guardia y carceleros), así como las reglas de disciplina que deben observar los pobres y los delincuentes menores.
El ecónomo hace sonar la campana a las cinco de la mañana (menos los días domingo), los oficiales y los pobres se levantan y se preparan para las plegarias. Inmediatamente confía las llaves al guardia antes de distribuir la comida junto a su esposa. Ambos controlan si los deberes religiosos y morales fueron cumplidos, asegurándose que la armonía y el buen orden reinen entre los oficiales. El ecónomo debe velar para que los pobres así como las mujeres, niños y los sirvientes no conversen o no comercien con los delincuentes encerrados en la casa.
El maestro de la escuela da a los niños instrucción religiosa y les hace leer y repetir, algunas horas a la semana, pasajes de las Sagradas Escrituras. Les enseña también a leer, a escribir y a contar, está atento para que se comporten decentemente con quienes visitan la casa. Debe velar también para que los niños asistan en orden a los oficios. Su esposa, así como las esposas de los demás oficiales, son las encargadas de inspeccionar las salas, de impedir degradaciones y malas acciones y detectar riesgos de incendio.
El día lunes, por la mañana, el encargado distribuye la tarea que debe cumplimentar cada uno durante toda la semana. El sábado verifica si la misma ha sido cumplida. Deberá tener en cuenta el empleo anterior de cada uno de los prisioneros, de las disposiciones y de su gusto. El encargado y su esposa no pueden subcontratar ninguna obra o hacer trabajar a los prisioneros por su cuenta. La esposa controla el aprovisionamiento y la distribución de las materias primas.
El secretario contador lleva las cuentas exactas de ingresos y egresos, guarda el dinero y lleva el registro de todo lo que se refiere al trabajo, mobiliario y alimentación.
El encargado del taller de raspado y el guardia se encargan del cuarto de los criminales. Acompañan a los prisioneros al trabajo, preparan la madera y las herramientas, distribuyen los alimentos. El jefe controla, todos los sábados, la limpieza del cuarto, no puede dejar el establecimiento sin la autorización del ecónomo a quien deberá entregarle las llaves. Su conversación con los prisioneros no debe tener ningún signo de familiaridad. Dos o tres veces a la semana, el encargado y el jefe del taller inspeccionan, escrupulosamente, los dormitorios. Se aseguran de que la paja y la ropa de cama se renueven y, cada sábado, controlan de que todas las salas estén barridas y lavadas con abundante agua.
El carcelero impide que los pobres salgan salvo autorización del ecónomo, que les entrega una marca de plomo. El carcelero debe permanecer en la puerta de los dormitorios mientras los criminales se encuentran en los talleres o cuando ellos regresan.
Los pobres no pueden ausentarse durante la noche ni recibir a sus amigos dentro de la casa. A título de recompensa excepcional, sobre un humilde requerimiento de su parte, son liberados luego de haber aprendido un oficio y cuando parecen haber pagado su multa y estén dispuestos a trabajar.
Los recién llegados son examinados, lavados y si fuese necesario, vestidos. El sábado por la tarde se interrumpe el trabajo para que los prisioneros se laven y limpien las salas y el patio; luego reciben la ropa limpia. La ropa de cama se renueva cada cuatro o seis semanas.
Se pena con una multa o confiscación: la falta de plegarias, las injurias y blasfemias, las mentiras y engaños, las querellas y peleas, o hasta la negativa a denunciar a los autores ante el ecónomo o el maestro. A los autores de violencias, de tentativas de evasión se los castiga así como a sus cómplices con una prórroga de la pena, a los que se niegan a trabajar se los deja a pan seco o bien deben llevar una insignia infamante; en caso de rechazo reiterado, el rebelde es expuesto a la picota. El que se evade y es apresado una primera vez se lo reintegra y se lo pena; si se evade una segunda vez se lo echa de la ciudad y del país.                                        
De acuerdo con las listas que pude consultar, los prisioneros comen carne los días festivos. Para el desayuno tienen pan de centeno que acompañan con manteca. En el momento de cenar, reciben un caldo de cebada, avena o maíz y leche (la leche es de una excelente calidad en toda la ciudad). Los raspadores de madera y los batidores de cáñamo reciben doble ración de pan y manteca. La alimentación de los enfermos mejoró: pan blanco, cerveza, sopa o carne de acuerdo con un régimen ordenado por el médico.
En la «spinhuis», en el año 1776, había setenta y tres «infames» y cincuenta y dos en el año 1781, pero los hombres no están obligados a raspar la madera de palo de campeche: se los ocupa para que tejan en salas más claras que las que se encuentran en la casa de corrección.
La cuidad dispone también, a semejanza de otras, de una prisión para los delincuentes menores (Roken-Kiste).  Allí se los mantiene a pan y agua durante períodos que van de tres a cuatro días o de dos a tres semanas. Cuando entran y para impedir que mejoren su alimentación se les confisca el dinero; este dinero es guardado en sobre cerrado y se entrega en el momento de la salida.
            El hospital (un viejo edificio para los apestados) se encuentra en los barrios aledaños: salas repletas de camas, techos bajos, ventanas siempre cerradas aún en los días más calurosos, merecería que se lo llame por su antiguo nombre, el de hospital de los apestados.
            En esta gran ciudad, en la cual, creemos, viven noventa mil almas, permanecían en prisión en el año 1776, tres deudores mientras que en el año 1781 uno solo[40]; en la ciudad vecina de Altena, perteneciente al rey de Dinamarca, sólo había dos en el año 1776,  y uno solo en el año 1781.

BREME

            La prisión para deudores, ubicada en una torre, ofrece cuatro salas que, de acuerdo con el magistrado que me acompañaba en 1776, el Dr. [Hornwinckel] Hanewinkel desde hacía unos treinta años no había sido ocupada. Sólo durante mi visita un acreedor decidió encarcelar a un deudor durante algunas semanas. En el año 1781, la prisión estaba nuevamente vacía. Sobre la puerta se leen estas palabras: «Hic fraudum terminus esto» (Los pecados no pasan por esta puerta).
            El escaso número de prisioneros, sino la ausencia de prisioneros por deudas en las ciudades como Mayence, Coblence, Manheim, etc. tiene su explicación por la simpleza de su comercio. Por el contrario, en las ciudades tan activas como Hambourg o Brême, las explicaciones son otras: la prisión asusta tanto al acreedor, que debe desembolsar dinero, como al deudor, que teme por la  tristeza y el deshonor que le provoca el lugar tanto para él como para su familia, de la que se encuentra separado.
            En todas las prisiones alemanas que visité, se prohíbe al prisionero por deudas estar acompañado de su esposa y de sus hijos.
            En el año 1781, debí solicitar autorización de los magistrados para poder visitar las prisiones dado que un guardia había sido, recientemente, condenado a una pena de quince días de prisión a pan y agua por haber permitido que un ciudadano mantenga conversaciones con un prisionero.
            La celda está ubicada en una torre de una de las puertas de la ciudad. Ofrece, en su parte inferior, cuatro habitaciones importantes (o celdas) de unos trece pies y cuatro pulgadas por seis pies y de seis pies de alto. Las puertas tienen cuatro pies y seis pulgadas de alto y cinco pulgadas de espesor, están construidas con planchas de madera reforzadas con barrotes de hierro. Las ventanas son unas minúsculas aberturas de catorce pulgadas por nueve. Allí encontré al único prisionero que estaba cinco años antes, ocupando la misma celda: había huido pero fue capturado nuevamente. Desde hacía veintiséis años no se llevaba a cabo ninguna pena capital.
            Existe otra prisión a la que se accede por una escalera de diez peldaños. Tiene seis celdas oscuras, reservadas a los condenados a muerte. Una de las celdas mide seis pies nueve pulgadas por cuatro pies y medio y siete pies de alto, otra mide diez pies por cinco y medio y seis pies de alto. El alquiler diario es de diez pesos pero no encontré prisioneros. En ese sitio lúgubre, un prisionero se había suicidado arrojándose de cabeza contra el muro - cuando visité la prisión, la pared permanecía cubierta de sangre-.
            Los delincuentes menores están prisioneros a pan y agua en la Torre del Reloj; se los alimenta con tres pesos diarios. Pero sólo permanecen encerrados durante períodos cortos: seis, ocho o catorce días. 
            La casa de corrección está ubicada en el sur de Weser. Se asemeja más a una casa industrial, en la que reina una enorme tranquilidad. Cuando la visité en el año 1776, once hombres y veintiocho mujeres trabajaban, sólo una, que se había quebrado una pierna, permanecía sin hacer nada. Los hombres más corpulentos y los menos dóciles raspan la madera de palo de campeche, los otros tejían, por ejemplo, alfombras de crines. El conserje paga a un tejedor profesional para que enseñe la tarea a los recién llegados, lo que se hace en un tiempo relativamente breve. El edificio reservado a las mujeres está realmente limpio. Los prisioneros hilan pelo de vaca o de cabra o bien tejen. La calidad de los alimentos es igual tanto para las mujeres como para los hombres, sólo difiere la cantidad; el mismo plato se distribuye a dos hombres o a tres mujeres. Comen carne sólo los domingos o días de fiesta. El conserje recibe un sueldo, nada pueden vender a los prisioneros. Llegan a la iglesia descendiendo por una puerta a ras del suelo para acceder a la tribuna de balaustradas en madera. Los hombres y las mujeres están separados.
            La capilla pertenece a la casa de los pobres («Stat armes’haus»). Este establecimiento tiene salas apropiadas que pueden contener hasta cuatro camas y están ubicadas sobre los patios de siete pies de ancho. Ciento ochenta pobres se encontraban en ese lugar, ochenta de ellos estaban reunidos en un amplio taller, allí hilaban o cosían. El reglamento de la casa está colgado en el comedor. Los pobres pasan aquí sus días de manera agradable, su buen rostro es una satisfacción para los que lo visitan. En el piso se encuentran una farmacia y una habitación reservada a los administradores y está ubicada mirando a la capilla: encontré allí la lista de los inspectores de la casa desde el año 1712 y la de los diáconos que les sucedieron desde 1698.
            Hasta no hace mucho tiempo, esta ciudad se caracterizaba por el impresionante número de niños que mendigaban en las calles; se estableció para ellos una casa de trabajo; tiene dos salas en las que conté ciento setenta niños de entre seis y nueve años, hilaban sobre pequeñas ruedas bajo la conducción de maestros competentes. No reciben menos de doce céntimos por semana; todos estaban muy limpios y parecían contentos pero es cierto que ellos no están alojados ni comen en la casa. Esta medida tuvo efectos tan beneficiosos que varias ciudades copiaron el modelo.
            El reglamento, que se encuentra colgado a la vista de todos, está compuesto de diecinueve artículos que resumo así:
            Artículo I. Los niños que entren a la casa deberán estar bien peinados y la cara y las manos limpias. Serán reprendidos al cometer la primera infracción, y penados a la segunda.
            II. Los padres deberán vigilar la pulcritud de los niños.
            III. Los niños deberán obedecer a los gobernadores.
            IV. Deberán esforzarse para aprender rápido y bien.
            V. El trabajo comienza entre las seis y las ocho de la mañana, de acuerdo con el trabajo, a la tarde comienza a la una.
            VI. Una hora antes de comenzar el trabajo, los niños escucharán rezos y entonarán cánticos.
            VII al XIII. Listado de las penas por faltas menores y los cuidados distribuidos en caso de enfermedad.
XIV. Penas por camorras, insultos y trabajos mal realizados.
XV. Concierne a la conducta de los padres que impiden a los niños frecuentar regularmente la casa o ir a la escuela.
XVI. Los magistrados se ocuparán de los casos de padres indignos cuyos hijos no temen a Dios ni a las reglas de disciplina.
XVII a XIX. Listado de recompensas.
Los gastos de estas instituciones dependen de contribuciones voluntarias. Semanalmente, los limosneros pasan casa por casa. No se recibe menos de un groschen por semana, el máximo es de treinta y seis groschens.
Una noche conversé con el Dr. Duntze, de Brême, quien me dijo que durante los años 1753 a 1754, se encontraba en Londres. En esa época visitó la prisión de Newgate junto a uno de mis amigos alemanes, tan curioso como él para observar los efectos del ventilador. Habían quedado horrorizados por el olor espantoso que dominaba una de las salas y al día siguiente se encontraban descompuestos. El compadre del doctor presentaba, los días posteriores, síntomas de fiebre amarilla; se lo aisló, y cuando, algunos días más tarde, lo visitó el doctor, se encontraba extremadamente grave; el amigo del doctor murió algún tiempo después, portador de todos los síntomas de la fiebre de las prisiones.

ZELL
            En esta ciudad del electorado de Hanovre, existe una importante casa de corrección. [Un establecimiento de igual tipo se encuentra en Cassel, dispone de una taller de ciento diez pies de largo por veinticinco de ancho, una altura de doce pies. La casa fue construida por Charles, el abuelo del landgrave actual. No daré detalles de la administración de esas dos casas, comparables a muchas otras casas alemanas. Están mejor ordenadas, especialmente en Holanda y en Flandres. Me detendré en detalle en estas últimas.]         

BRUNSWICK
            Hay preparadas, en el Hôtel de Ville, dos celdas pero no encontré allí ningún prisionero.
            La Torre, reservada a los condenados a muerte, se encuentra debajo de una de las puertas. Tiene tres celdas, que desde hacía más de diez años no estaban ocupadas, la última ejecución capital se había llevado a cabo hacía catorce años.
            La prisión de los galeotes tiene camas. Los prisioneros tienen pesadas cadenas, cuando los visité por primera vez, estaban en un estado lamentable. Pero en el momento de mi inspección, en octubre de 1781, los descubrí limpios y en buen estado de salud, llevaban zapatos y medias, así como vestimenta limpia. Llevan hierros en la cintura y espalda, pero sus piernas están libres. Los visité un domingo: todas las herramientas que utilizan para su trabajo estaban perfectamente acomodadas fuera del establecimiento, de las cadenas colgaban manijas, estaban preparadas para los trabajos del día siguiente.
            La casa de trabajo, o casa de corrección, se encuentra a la orilla del río que atraviesa la ciudad. En octubre de 1781 había unos setenta prisioneros. Los hombres y las mujeres duermen solos en sus celdas que dan a los patios del primer y segundo piso. Al visitar la casa un domingo, me sorprendí mucho al encontrar a todos los prisioneros, excepto algunos locos encadenados, trabajando en los talleres, ocupados en cardar o hilar. Me explicó el guardia que debido a mi presencia nadie había sido autorizado a asistir a misa. Pude volver después de la misa, pero me di cuenta de que la arena desparramada en los bancos de la iglesia había sido poca o no había sido quitada: había muy poca gente escuchando misa. Mi guía insistió para que recorra las salas con una pequeña estufa sartén con carbón de madera para fumigar, pero no es fumigando que se terminan los efectos altamente nocivos, que se deben al estado de suciedad asquerosa que reina en esta casa. Leí en un cartel colgado a los costados de una puerta, el siguiente aviso, fechado el 12 de diciembre de 1748: «Los ciudadanos respetables pueden visitar la casa, no podrán ser más de cuatro al mismo tiempo; la entrada cuesta un florín (dos chelines con seis peniques), que deberá dejarse en una urna provista al efecto; el dinero se utilizará en los gastos de ruta de los prisioneros liberados con el objeto de impedir que no mendiguen o roben. Está totalmente prohibido dar otro tipo de gracia a los guardias o a sus prisioneros».

HARBURG
            Treinta galeotes trabajaban en la fortificación, con hierros en una pierna y cadenas en la cintura. Reciben un penique y medio de pan de munición y algo más hasta completar los alimentos. Los soldados que los cuidaban tienen la orden de tirar ante la mínima tentativa de evasión. A pesar de ello, cinco prisioneros lograron escapar y llegar a Hamburgo atravesando el Elbe cubierto de hielo durante el invierno de 1780.































EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES
 Y DE LAS CÁRCELES EN EUROPA EL SIGLO XVIII
JOHN HOWARD
Capítulo IV
(Parte quinta)

Trad. Silvia Susana Naciff

 

 

BERLÍN

            La prisión de la ciudad se llama Calands Hoff. Está compuesta por siete habitaciones en la planta baja y ocho celdas subterráneas a las que se desciende a través de una escalera, de unos diez escalones. Cada habitación está numerada, allí se encuentran camas portátiles y estufas que calientan dos celdas. Los calabozos se reservan para los últimos criminales; muchos, como he podido constatar, tenían grilletes y estaban encadenados a la pared. En 1778, conté dieciocho hombres y trece mujeres, y, en 1781, cincuenta y ocho prisioneros de ambos sexos, de los cuales dos eran deudores que recibían de los acreedores, el equivalente a dos groschens (trece peniques y medio) por día, para la comida. Los criminales sólo recibían de comida, el equivalente a un groschen y medio. Los que ya estaban condenados, podían estar en el patio: los hombres realizan tres paseos de una hora cada uno, a las ocho, a la una y a las cuatro (tres horas en el verano), las mujeres sólo podían realizar un paseo de  dos horas, a las tres de la tarde. El prisionero liberado debía pagar al carcelero una pensión de un groschen diario durante todo el tiempo en el que estaba detenido, a menos que los jueces dispusieran lo contrario. La sentencia debe dictarse dentro de los tres meses, si esto no sucede el secretario debe justificar el retraso. Pasado el plazo, la pensión abonada al carcelero se reduce a la mitad. Un guardia jefe dispone de alojamiento en el interior de la prisión, es asistido por un guardia cuyos apartamentos dan sobre las ventanas del establecimiento. El personal está integrado también por un cirujano que recibe cincuenta coronas (escudos) anuales, sin contar el precio de los medicamentos que él mismo provee a los prisioneros. El guardia en jefe recibe un salario anual de cincuenta coronas y doce groschens y medio. Posee un registro de encarcelamiento dividido en diez columnas: fecha del encarcelamiento, nombre del magistrado que haya firmado la orden de encarcelamiento, nombre, edad, lugar de nacimiento, profesión, motivo del encarcelamiento, fecha de liberación, cantidad de prisioneros. Un juez visita la prisión cada semana.
            Sólo encontré tres prisioneros, todos procesados y por lo tanto con interdicción de realizar paseos, según me ha dicho mi guía para que no puedan comunicarse entre ellos. Durante el día la prisión está vigilada por un solo soldado, que se encuentra en la puerta, por la noche otro soldado se encuentra en los muros y un tercero permanece como centinela en la parte trasera del establecimiento. Los soldados son relevados cada dos horas.
            Ninguna prisión prusiana dispone de salas de tortura, el actual soberano abolió esta práctica en todo el territorio de Prusia. Pude ver, en una de las habitaciones de la prisión, un registro en el que estaban los nombres, las señas personales y la pena de todos los detenidos que hayan frecuentado el lugar; de esta forma pueden infringirse penas cada más severas a los reincidentes.
            La prisión del Palacio de Justicia (Haus-Voightey) está compuesta de siete celdas para los criminales y de ocho salas para los deudores y los contrabandistas, todas dan a un patio en el cual los prisioneros pueden permanecer durante dos horas diarias. Todas las piezas tienen camas portátiles y estufas – ocurre lo mismo en la prisión de la ciudad[41]. La prisión tiene además dos o tres celdas confortables, vecinas al departamento del guardia y, muchas otras habitaciones dan sobre un patio trasero. Los acreedores abonan una pensión de cuatro groschens diarios, dos para la comida de los deudores, uno para la calefacción y otro para el guardia. La prisión alojaba, en 1781, veintisiete deudores y nueve criminales, éstos recibían un groschen diario de comida. Pude ver en la prisión dos chalecos de fuerza, los famosos abrigos españoles de los que hablo más adelante (Cf. en el pasaje concerniente a las prisiones de Copenhague), uno pesaba unas cincuenta libras y el otro pesaba setenta y cinco libras: algunas veces, se pueden ver a ciertos prisioneros ataviados con esta vestimenta y ubicados en la puerta de la prisión durante una, dos o tres horas, los contrabandistas sufren este suplicio en el vestíbulo de la prisión.
            La casa de trabajo fue acondicionada en 1758, un lindo inmueble en las afueras de la ciudad. La fachada mide doscientos veinte pies de largo, los laterales tienen ciento sesenta pies y cuneta con un patio en el centro del edificio. En 1778, la población estaba compuesta de alrededor de cuatrocientos cincuenta personas, de los cuales catorce eran niños, y en 1781 se encontraban quinientos cuarenta y seis individuos, mendigos, holgazanes y delincuentes menores. Los que gozan de buena salud trabajan a cambio de comida y vestimenta; se tiene mucho cuidado con los enfermos y los viejos. Cada vez que entré en ese establecimiento, estuve maravillado por la buena cara de todos los prisioneros. Viejos y jóvenes, hombres y mujeres hilan y cardan lana en las salas de sesenta y cinco pies sobre ochenta; cada semana reciben vestimenta limpia, en cada habitación tienen colgada una toalla. Anualmente, las paredes se blanquean con cal, lo que asegura la limpieza, la frescura y la luminosidad de los talleres. La capilla tiene dos galerías, una para cada sexo y un alojamiento para el capellán. Hay un amplio comedor en el que la comida se reparte a las siete de la mañana, al mediodía y a las siete de la tarde. Estuve en una cena: el reloj suena y en sólo diez minutos los prisioneros se instalan alrededor de unas veinte mesas de dieciocho asientos cada una; cuatro mesas, alejadas de las demás se reservan a los criminales. Un sirviente grita: «silencio» y el instructor, desde un estrado ubicado en el centro de la habitación, comienza la lectura de plegarias. Los prisioneros comen su sopa de cebada[42], el maestro sigue un capítulo de la Biblia, luego en compañía de los niños, todos ubicados en una misma mesa, entona el himno. Finalizada la comida, los prisioneros salen a buscar sus vasos para poder beber un cuarto de cerveza permitida, que no es poco. La cena dura una media hora, seguida de recreación en la que se emplea el mismo tiempo. Todo transcurre en un orden inmejorable.
            Durante la mañana se reza en el hall; los prisioneros deben estar aseados, inmediatamente se les distribuye el pan del desayuno. Los prisioneros están divididos en dos clases: los pobres y los criminales. En 1781, los criminales sumaban ochenta y seis, no tiene los mismos beneficios que los pobres, éstos reciben carne dos veces a la semana mientras que los otros sólo los domingos. Los prisioneros deben hilar semanalmente doce piezas o madejas de cinco onzas cada uno, por el excedente, reciben una remuneración. Los enfermos son enviados al Gran Hospital y se los amontona en las salas que tienen reservadas (las otras salas también están abarrotadas). Los prisioneros (la segunda clase) cenan el domingo arvejas y una media libra de carne, lentejas los lunes y viernes, harina los jueves y sábados, cebada el miércoles y arvejas el jueves.
            La casa se parece a la vieja “rasphuis” de Ámsterdam. Para impedir la discriminación se controla meticulosamente la limpieza dado que se brindan enormes cuidados a los pensionistas. Una buena pero estricta policía protege a la ciudad de Berlín del flagelo de mendicidad[43].
            El orfanato albergaba cuarenta y seis niños y cuarenta y un niñas, todos estaban en perfecto estado de salud y realizaban tareas de hilado en dos talleres. Sus dormitorios estaban limpios y bien aireados, las ventanas permanecían la mayor parte del tiempo abiertas. El horario de la escuela era de siete a nueve, durante la mañana y de una a tres de la tarde, los niños trabajaban de nueve a once horas, durante la mañana y de tres a seis durante la tarde.
            La casa tenía dos enfermerías y un solo niño enfermo. ¡Qué diferencia con el orfanato de Copenhague!, aunque el trabajo de los niños es idéntico en las dos instituciones – sin embargo en Copenhague, mi guía sostenía que el trabajo era el responsable de la escasa cantidad des enfermos.

SPANDAU

            Spandau, ubicado a unas diez millas de Berlín tiene dos prisiones. La fortaleza o el castillo, está rodeada de agua. En el año 1778 se encontraban treinta y seis prisioneros del Estado y ciento cinco criminales. Entre estos últimos, algunos liman maderas de campeche (deben limar treinta y seis libras por día), pero la mayoría están ocupados en hilar. A los criminales que están alojados en condiciones deplorables casi no se les presta atención. Llevan una pequeña cadena en los pies, los que habían escapado y luego atrapados tenían un collar de hierro alrededor del cuello. En 1781, había ciento catorce prisioneros, todos de sexo masculino, las mujeres tenían prohibido permanecer en el castillo durante la noche.
            En 1778, la población de la casa de corrección era de unas cincuenta personas. Los prisioneros hilaban, tejían y cardaban lana para un contratista de Berlín. Entre ellos, había cincuenta y siete delincuentes menores. Como ocurre en la mayoría de las casas de corrección, los prisioneros tienen derecho, el domingo, a una media libra de carne. Las mujeres se ocupan de vigilar un criadero de gusanos de seda. Como ocurre en las otras instituciones extranjeras, la casa tiene una capilla.
            En 1781, conté setenta hombres y ciento diez mujeres. Las mujeres disponen un sitio limpio y saludable; su cena consistía en una buena sopa de cebada, pero el pan era de menor calidad que el que se distribuía en Berlín – la ración era de veintidós onzas diarias, los prisioneros reciben también dos cuartos de cerveza. Algunas veces, ciertos prisioneros trabajan más de lo que se les pide y entonces se les abona un sueldo. Los «infames» están agrupados en una sala y separados del resto de los prisioneros. Hice al guardia la pregunta que siempre realizo en ese tipo de lugares: «¿los prisioneros subsisten gracias al producto de su trabajo?» La respuesta siempre la misma: «¡Claro que no!»

MAGDEBOURG

            Los condenados a trabajos forzados de toda Prusia trabajan en las fortificaciones, son albañiles, remueven arena, etc. Reciben dos libras de pan diarias, más una gruesa (alrededor de tres farthings) en dinero por día de trabajo. Conté solamente cincuenta y un condenados, la mayoría tenían un contrato en la armada.
            No encontré nada especial en las otras prisiones; sin embargo, la casa de corrección, que se halla en el antiguo convento, tiene un molino para moler la madera de campeche que liman los hombres; las mujeres se ocupan del criadero de gusanos de seda.
            En las prisiones del estado de esta ciudad y en la de Spandau, algunos prisioneros disponen de amplios patios y sus celdas no están en el estado calamitoso que podemos imaginar, los prisioneros están en buen estado de salud y no tienen el aspecto famélico que algunos presentan, en otras prisiones[44].

LUKAU

            La casa de corrección de Lukau, en la región Lusitana, es muy espaciosa. Los hombres hacen girar, uno a uno, una gran rueda para moler trigo. Algunos llevan un collar de hierro, como en Berne, pero ninguno tiene hierros en los pies. Las mujeres tienen una prisión separada en la que se ocupan de hilar.

DRESDE

            Los condenados a trabajos forzados están alojados bajo fortificaciones, en condiciones que, según imagino, no deben ser excelentes. Cuatro condenados, enfermos, llevaban grilletes. De los que trabajaban, haré referencia a uno, que por haber intentado escapar, tenía un collar de hierros además de una traba en una de sus piernas. Otro, que estaba sentado, intentaba cambiar de lugar los grilletes de su pierna. «Mire, me dijo, el peso está marcado aquí abajo: veintiún libras, estoy obligado a pagar a un herrero para que lo coloque sobre mi otra pierna»
            La ciudad tiene dos prisiones. La casa de corrección dispone de diez o doce piezas con catres de alrededor de diez pies cuadrados con una ventana y una abertura en las puertas. Allí permanecían diez prisioneros de cada sexo. Tres hombres raspaban madera de campeche en un taller al que se accedía a través de una escalera de unos veinte escalones, los otros dos trabajaban en fundición para la capilla. El orfanato se encuentra en el mismo inmueble en que se halla la prisión, una situación deplorable.
            La prisión del bailiazgo tiene diecinueve celdas en las que se encuentran veintiséis prisioneros, la mayoría con cadenas alrededor de una o de las dos piernas, sujetas a una grapa en la pared. La prisión es sucia y a pesar de las fumigaciones que realiza el carcelero con incienso quemado, en un recipiente con carbón de leña, que debido a su negligencia se encuentran al borde de la insalubridad. Sólo un deudor permanece detenido allí por quien su acreedor abona una pensión de seis gruesas (diez peniques y medio) diarios. Los criminales sólo tienen derecho a una gruesa (unos siete farthings) de alimentos diarios[45].
            Retorné a Alemania, regresando de Suiza, en el año 1778, con el propósito de visitar las prisiones que no había visto en mis viajes anteriores, especialmente las de las ciudades imperiales y de los principados.

AUGSBOURG          
La prisión se encuentra en la pendiente de la ladera, detrás del municipio. Tiene distintas «celdas» distribuidas en varios pisos. Una está reservada a los interrogatorios, dos contienen los instrumentos de tortura. Dos celdas subterráneas y oscuras albergan a los individuos que están convencidos de las brujerías. Están en ruinas lo que hace suponer que no se utilizan desde hace mucho tiempo. Tres días antes de la ejecución, se encierra a los condenados a muerte en salas luminosas que dan a la capilla católica, sin embargo, los protestantes pueden acceder a la asistencia de un pastor luterano.
            La casa de corrección tiene dos cuerpos dispuestos alrededor de un amplio patio: uno reservado a los católicos y el otro a los protestantes, ambos con una capilla. Las salas están limpias, se las blanquea con cal, una vez al año. La mayoría de las ellas tiene dos ventanas, una abre al exterior y la otra, en forma de semicírculo, está ubicada a lo alto para asegurar la buena circulación de aire.

MUNICH

            Dos prisiones están reservadas a los criminales. Cuando las visité, en la del municipio, se encontraban seis hombres y tres mujeres[46]. Los instrumentos de tortura se guardan en una celda húmeda y oscura que se ubica a diez escalones sobre la tierra.
            La Prisión de la Corte posee unas quince celdas de veinte pies sobre siete y una sala oscura para torturas. En esta sala se encuentran, sobre una estrada pintada en negro, suspendida a dos pies del suelo, alrededor de una mesa cubierta con un paño con flecos, seis sillas revestidas, drapeadas en negro que usan los magistrados y los secretarios. De los muros cuelgan varios instrumentos de tortura, algunos con restos de sangre. Cuando un criminal es torturado, se encienden velas pues todas las ventanas están tapadas para impedir que los gritos del desdichado puedan escucharse en el exterior. Dos crucifijos están a la vista del ajusticiado. Detengo acá mi descripción. Que el lector sepa que las mujeres no están protegidas de estas atrocidades[47].
            En la casa de corrección se encontraban unos cuarenta hombres y treinta mujeres; la mayoría hilaban, algunos tejían. El carcelero pidió, a su empleado, poner carbón de leña e incienso antes de comenzar mi visita, signo indiscutible de los pocos cuidados que se le prodigaban a los prisioneros. Sus rostros enfermos confirmaron mis sospechas.
            Felizmente, fui más optimista cuando visité los dos hospitales, el de los «Hermanos» y el de las «Hermanas de la Caridad». En el primero había unas cuarenta camas y en el segundo unas veinte. Las salas tienen unos veintiséis pies de ancho. Todo en un estado impecable, se cuidaba mucho a los enfermos. Las hermanas realizaron ante mí una sangría, hábilmente y con mucha ternura para con el paciente. Al pie de cada cama, se encontraba un cartón con un pasaje de la Escritura, como observé en algunos hospitales de Italia.

RATISBONNE
            La prisión se encuentra en el edificio municipal. La mayoría de las habitaciones están bien aireadas y con estufas. No hay celdas subterráneas pero, tres celdas oscuras sirven de salas de torturas: dos senadores, sus secretarios, el verdugo y sus asistentes presencian las torturas. En Munich y otros lugares, el cirujano no se encuentra presente.
            La casa de corrección, en la que sólo había dos mujeres se encuentra situada detrás de orfanato, allí había veinte niños y quince niñas.

NUREMBERG                     

            La prisión está ubicada en el subsuelo de la municipalidad. Es necesario descender una escalera de quince peldaños para llegar a la cocina del carcelero. Algunas aberturas permiten el paso de la luz en los pasillos donde están ubicadas las celdas, a nivel del piso. Es una de las peores prisiones que me tocó ver. Las celdas oscuras e insalubres y la lúgubre sala de torturas no honran a los magistrados. El carcelero utiliza un truco grosero para impedir las evasiones: asusta a los prisioneros diciéndoles que pueden caer en manos de las brujas. La mayoría de las prisiones alemanas tienen celdas reservadas para los acusados de brujería, pero esos lugares, me da la impresión, no han sido utilizados desde hace muchos años. Pienso que el buen sentido y los mejores conocimientos pondrán fin a todo el espanto causado por las brujas, y a partir de allí, a las mismas brujas.
            En una de las torres de la ciudad se encuentran los locos, cuentan con tres o cuatro habitaciones, reservadas a los criminales de alto rango.
            En la puerta de entrada de la casa de corrección de Nuremberg se encuentra la siguiente inscripción:
                        «Hic criminum frequentia
                         Mortalium dementia

                        Compescitur clementia

                        Slava fori sententia»

                        «(Aquí, el criminal habitual

                        Como el de la pasión

                        Es tratado con dulzura

                        Pues la justicia puede impartirse mejor»

            Los prisioneros trabajan, puliendo espejos. Se les entrega el producto de su trabajo, superior a los cuarenta kreutzers (es decir unos dieciocho peniques) semanales. Los hombres pulen siete espejos en una hora. Algunos alcanzan a pulir cuatrocientos por semana. Se les paga trece kreutzers, por lo tanto el producto de su trabajo es de cincuenta y dos kreutzers y reciben doce kreutzers[48] Algunas mujeres bordan almohadones con hilos de oro o de plata.

SCHWABACH

            Esta ciudad, dependiente del margrave de Anspach, tiene una gran casa de corrección en la que estaban encerrados noventa y tres prisioneros. Algunos pulían espejos en grandes talleres mientras que otros distribuidos en varias salas pulían botones de metal para las ropas, haciendo trefilado o fabricando ruedas. Me comentaron que doce prisioneros trabajaban en la limpieza municipal. La mujeres tejían debiendo cumplir un trabajo equivalente a seis kreutzers (dos peniques y medios) diarios.     
            A los prisioneros que han sido golpeados en público, los «infames», se los diferencia de los otros: en la capilla tienen un banco reservado para ellos y reciben el sacramento. El capellán vive en la casa.
            El establecimiento está limpio y bien organizado. El carcelero me entregó cordialmente un documento en el que se leían las reglas de disciplina, etc. Además de los preceptos de tolerancia y de humanidad para con los prisioneros que he creído oportuno transcribir aquí:
            Se leía «es un grave error creer que una casa de este tipo se puede autofinanciar, dado que y, a pesar de la más estricta economía, sólo puede continuar funcionando gracias a una considerable subvención».
            Se da una importante atención a la limpieza: los prisioneros poseen baños que aseguran su aseo personal permanentemente. Se insiste en la necesidad de contar con una enfermería para cada sexo.
            Observamos que «es un grave error creer que un hombre que sólo recibe, por todo alimento, pan y agua pueda trabajar duramente y gozar de buena salud» El detalle que realizo a continuación de varios menús calientes muestra la alimentación que reciben los prisioneros diariamente.
            Uno de los puntos esenciales se indica con el propósito de  mantener el orden e impedir abusos, consiste «en que cada magistrado de la cuidad, en su visita semanal, inspeccione detalladamente la casa»
            El detalle de los menús se encuentra colgado en el comedor[49]









EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES
 Y DE LAS CÁRCELES EN EUROPA DEL SIGLO XVIII
JOHN HOWARD
Capítulo IV
(Parte sexta)

Trad. Silvia Susana Naciff

 

 

BEIRUT

            Todos los prisioneros de la casa de corrección de esta ciudad francófona trabajan el mármol que se extrae de las montañas vecinas. Trabajan, alrededor del banco de pulido, dos personas por cada placa. Otros realizan trabajos de acabado, acomodan o cortan las placas. Otros cortan las pruebas o las muestras con una sierra circular, algunos confeccionas tabaqueras para rapé, cajas para tabaco molido, etc. Los objetos terminados se acomodan en un gran depósito. Traje conmigo varios objetos de mármol. Durante el verano, la mayor parte de los prisioneros cortan el mármol al aire libre, pero en invierno trabajan encerrados en las salas pues la menor lluvia podría estropear el material e impediría, hipotéticamente, utilizar las sierras. El aspecto enfermo de los prisioneros, es el fiel testimonio de la dureza de ese trabajo y los pocos recursos que les proporciona, todos los beneficios son acaparados por el guardia.
            Mi amigo y colega, el difunto Dr. Fothergill, presentó un proyecto para nuestros condenados en el cual esperaba el oro y el moro. Nos reportaremos a la Gazetter del 30 de septiembre de 1776.
            Las mujeres hilaban la lana para los tejidos. Su destino es preocupante: la suciedad de sus cuartos, el aspecto enfermo, las enfermedades de la piel de las que ellas se quejaban, todo testimonia la falta de interés y de cuidados de las que son objeto[50].

WURTZBOURG

            En la casa de corrección de la ciudad se encontraban cincuenta y cuatro hombres y treinta y seis mujeres que trabajan todos en manufactura de la lana, muy bien organizada. Una parte de la casa está reservada al hilado, otra a la clasificación y al cardado y la última al tejido de telas de gran tamaño para el armado, trozos de medias y chalecos. Los tornos son más grandes que los nuestros, tienen cuatro pies de diámetro, al igual que los elementos para tejer que tienen seis pies siete pulgadas de ancho, manejados por dos hombres: se los encuentra en todas las casas de este tipo. El contratista (todos los establecimientos tienen un contratista) me acompañó al comercio, allí me mostró los distintos tipos de tela: para los suboficiales, para la gente de la artillería, para los soldados y para el hospital y el asilo de pobres. Las mujeres, en un amplio taller, se ocupaban en tejer o cardar. Los productos de hilado son diversos, además los armarios individuales están dispuestos en una habitación contigua en la que cada mujer deposita el producto de su trabajo. La tarea impuesta a cada individuo es de ocho kreutzers (tres peniques y medio) diarios. La casa tiene una capilla católica romana, el padre se aloja en el interior de la misma. El establecimiento recibe a los prisioneros católicos de distintas regiones, a los prisioneros de otras religiones se los envía a Beirut.

PRAGA

            Las dos prisiones de Praga no tienen nada especial. Los prisioneros de la «cárcel» trabajan fuera de la misma, vigilados por un carcelero: cortan madera, etc. Por un salario de doce kreutzers diarios[51], salario inferior al de los jornaleros. De los doce kreutzers los prisioneros sólo reciben cuatro, el resto queda para la prisión. Los prisioneros llevan cadenas en una o las dos piernas, teniendo en cuenta la fecha de liberación.

VIENA

            En el año 1778, visité todas las prisiones de Viena y la mayor parte de los hospitales. Las prisiones son viejas construcciones que no presentan ningún interés en especial.
            El frontón de la gran prisión, «La casa del Verdugo» está  ornamentada con una representación importante de la verdad de la crucifixión de nuestro Salvador, rodeada por dos ladrones sobre el Calvario. La prisión es además importante por el número de celdas subterráneas que posee.
            Me sentí preocupado, aquí como en otros lados, por saber si la fiebre de las prisiones hacía estragos entre los prisioneros, a mi pregunta me respondieron negativamente. Creo, sin embargo, que uno de los prisioneros que encontré en el fondo de una celda oscura, a la que accedí descendiendo una escalera de veinticuatro escalones, estaba atacado por la fiebre. Se encontraba con hierros pesados y atado a la pared con una cadena: la miseria y la angustia se reflejaban en su rostro maculado por lágrimas secas. Fue incapaz de hablarme; examiné su pecho y sus pies buscando bubones y manchas, su pulso era intermitente pero firme, me convencí de que no tenía la fiebre de las prisiones. Un prisionero, de una celda vecina, me dijo que la pobre criatura le pidió que reclamara ayuda, lo había hecho pero nadie escuchó: esto refleja una de las más lamentables consecuencias de las celdas subterráneas.
            En la casa de corrección había sesenta y nueve hombres y ciento cuarenta mujeres. Las mujeres cardan, hilan y tejen. Estuve allí un lunes por la mañana cuando entregaban el trabajo de toda la semana, antes de abonar lo pesaban. Ellas reciben todo el producto de su trabajo, algunas ganan hasta veintiséis kreutzers, otras, mucho menos. El guardia escribe el nombre de cada prisionera sobre los trabajos, les paga lo que corresponde, luego pesa y distribuye el algodón crudo; cada mujer toma el algodón que piensa que podrá trabajar en el curso de la semana[52]. Para la cena se llevan grandes ollas con sopa y cerveza que cada prisionero compra los víveres, según sus necesidades y según sus medios.
            La prisión estaba superpoblada; además no fue concebida para ese destino[53]. Los hombres cardaban e hilaban en varias salas, algunos, cuya profesión era sastre, en una habitación separada, fabricaban uniformes para los soldados, otros en ocho bastidores tejían telas gruesas y los restantes,  fabricaban gruesos cobertores para ser entregados en los conventos. En dos habitaciones que hacían las veces de salones de venta, se encontraban depositadas las telas, las medias, los cobertores, etc. que habían sido fabricados en la casa y destinados a la venta. Observé, durante mis visitas, que los prisioneros blanqueaban toda la casa con cal[54]. En la capilla, los hombres y las mujeres permanecen estrictamente separados. Aquí como en Praga y en algunas ciudades alemanas, las puertas están construidas con hierro para permitir la circulación de aire, tan saludable y tan necesario en el interior de las prisiones. Por el contrario, la ropa de cama de los prisioneros no se tenía en cuenta, no tenían, por ejemplo, cubrecamas.
            Las prisiones de la ciudad no representan nada importante, sin embargo, los indigentes, los ancianos y los enfermos reciben todo el honor de los ciudadanos en general y de la difunta Emperatriz en particular.
            El hospicio, ubicado en los barrios periféricos, está construido alrededor de tres patios. La fachada de este imponente inmueble mide seiscientos treinta y siete pies de largo. En su interior viven nos tres mil pensionistas incluidos los inválidos del ejército. Allí se respira orden, limpieza y salubridad. La pobreza, el rigor de los años se viven en mejores condiciones. Allí encontré un número importante de septuagenarios y octogenarios. Muchos se ocupan de hilar como un entretenimiento ya que la totalidad del producido se les entrega a ellos.
            Los «Hermanos de la Caridad» reciben a los enfermos en su convento y disponen también de un pabellón aireado y funcional, rodeado de jardines a los que envían a los convalecientes: los dos dormitorios, que se encuentran en el piso superior tienen catorce camas cada uno.
            Un hombre está cargo, desde su fundación, del hospital de niños expósitos; a quien vi muy ocupado en mejorar una obra realmente admirable. Los varones duermen en quinientas treinta y nueve camas, las niñas en doscientas cuarenta y un camas dispuestas en ocho dormitorios comunes. La fachada del edificio mide seiscientos sesenta y dos pies de largo.
            Las paredes del gran hospicio, de la mayoría de las prisiones y de los principales edificios públicos poseen bóvedas en piedra o en ladrillo para alejar o limitar los riesgos de incendio: recordé, mientras subía las escaleras o recorría los pisos de madera, tantas otras prisiones y hospitales.
            No dejaré Viena sin señalar que mensualmente se exhibe en las puertas de la ciudad el precio del pan y de la harina[55] .

 

GRATZ

            Los prisioneros de la casa de corrección de esta ciudad, capital de Styrie, tienen mejor aspecto que los de la cuidad de Viena. Poseen una buena ropa de cama y los guardias vigilan que antes de acostarse se saquen las vestimentas.

LAUBACH     

            Voy a omitir señalar las particularidades de la prisión de esta ciudad.

TRIESTE

            La prisión cuenta de ocho o diez habitaciones confinadas e insalubres que sólo cuentan con una pequeña ventana. El rostro enfermo de los diecinueve prisioneros que encontré testimonia su condición miserable y la negligencia de los magistrados y guardias.
            Los ochenta y cinco condenados a trabajos forzados, encerrados en el castillo, me parecieron, por el contrario, en perfecto estado de salud. Están encerrados por tres, cinco, siete, catorce años y más; trabajan en las rutas, en el puerto, etc. Algunos se ocupan de limpiar el puerto en una gran chalana amarrada justo debajo de mi habitación[56]. Seis soldados vigilaban a los condenados. El trabajo se realizaba a un ritmo normal, entre las cinco de la mañana y las seis de la tarde, haciendo una pausa desde las once a la una, y, algunas veces se hacía una pausa de una media hora al finalizar el día. Los condenados están limpios, robustos y respiran salud, trabajan con entusiasmo, cada uno recibe una gratificación suplementaria de tres farthings por día. Una pequeña cadena en una de las piernas los distingue de los otros trabajadores. Reciben un pan de dos libras y media y cuatro farthings de alimento diarios. Los vi responder al llamado y recibir su paga antes de regresar al castillo. El pan es apetecible y excelente; la disciplina es estricta pero son tratados humanitariamente: la comida es buena, la vestimenta confortable (el equipo que se les entrega está compuesto de dos camisas, dos pares de medias, etc.), duermen en buenas camas provistas de cobertores (Cf. Supra), dispuestas en grandes habitaciones, bien aireadas con ventanas, enfrentadas, están muy lejos de las celdas subterráneas y mugrientas excavaciones de las fortificaciones, patrimonio de tantas otras prisiones.

COLONIA

            En la Torre no se encontraban ni prisioneros por deudas ni condenados a muerte. Los magistrados de esta ciudad, único caso en Alemania, no aceptan ver encerrados a los deudores insolventes. Por otra parte, no son capaces de hacer ejecutar a los criminales: cuando existe una sentencia de este tenor, se conduce al condenado a muerte frente al Oficial Elector quien se encargará de asegurar la vigilancia del criminal en una celda acondicionada en su propia casa, puedo asegurar que esto ya ocurría durante mi viaje anterior, seis años atrás.
            Como sucede en Francfort, los hombres, en la casa de corrección, trabajan moliendo la piedra, ayudados de pequeños mazos de madera. Las mujeres hilan o tejen medias.

AIX-LA-CHAPELLE

            La gran prisión más estaba desabitada.
            En la casa de detención, cercana a la municipalidad, sólo tenía dos prisioneros, uno de ellos era un anciano canónico que llevaba hierros en una mano, acusado de un crimen por el que ya había sido sometido dos veces a torturas, para que de los nombres de sus cómplices.
            Las ejecuciones capitales son muy raras en esta ciudad[57]. A los condenados se los ejecuta, decapitándolos con una pesada espada como en Hamburgo, Berna, etc., y no con una máquina, como en algunas ciudades italianas, o con un hacha como, por ejemplo, en Inglaterra y en Dinamarca.

LIEGE

            Las dos prisiones, llamadas la vieja y la nueva, se encuentran sobre fortificaciones, cercanas a «La Puerta de St. Léonard». En la prisión vieja, pude ver seis jaulas rodeadas de hierro dispuestas en dos habitaciones, cuatro estaban vacías. (Esas jaulas miden siete pies por seis pies nueve pulgadas y seis pies y medio de alto, poseen una abertura de seis pulgadas cuadradas a los lados para que pase el alimento al prisionero) Pensé haber alcanzado los límites del horror, pero iba a encontrar algo aún peor. Descendiendo las escaleras que daban al departamento del guardia, escuché los gemidos de pobres criaturas humanas en verdaderas in pace. Todas esas mazmorras subterráneas están construidas en piedra tallada; por momentos húmedas, ya que el agua de las «fosas» las inunda de manera tal que los pisos están podridos. Cada celda tiene dos aberturas, una para la aireación y la otra con una tapa solidamente cerrada para pasar los alimentos a los prisioneros. Los enfermos permanecen encerrados en una celda más grande. Mirando el interior, alumbrado con una vela, descubrí una estufa y pensé con un cierto asombro que los hombres que fueron capaces de construir tanto horror tuvieron un pequeño rasgo de humanidad.
            Las celdas de la nueva prisión son alojamientos miserables mucho más vergonzosos. Encerrar allí, a los hombres supera cualquier entendimiento, salvo querer condenarlos a una locura irreparable. Mientras descendía las escaleras de ese infierno, escuché violentas quejas de esa pobre gente. Una mujer que, según me dijeron, sufría ese suplicio desde hacía cuarenta y siete años, había, sin embargo, conservado la razón, de lo que pude darme cuenta al hablar con ella.
            Los gritos de sufrimiento que salían de la sala de torturas podían oírse desde el exterior, los guardias, no obstante, impedían a los transeúntes detenerse para escuchar[58].
            Obligatoriamente deben estar presentes en el momento de las torturas, un médico y un cirujano; cuando suena la campana, el guardia lleva vino, vinagre y agua para reanimar a los torturados. «La misericordia hacia los malos no impide la crueldad» Como en la Inquisición española, el médico y el cirujano sólo intervienen para interrumpir las torturas en casos de extrema necesidad[59]. Agregaré que en esta prisión existen piezas reservadas a los prisioneros «en pensión», es decir encerrados por los magistrados por pedido de sus familiares, tutores o conocidos. Esta horrible práctica es común también en otros países.
            La prisión tenía noventa prisioneros. Se apilan en cuatro salas y trabajan en la fabricación de uniformes para el ejército. Los contramaestres competentes viven en el lugar; enseñan a los prisioneros a clasificar, cardar, hilar, retorcer y tejer la lana. Los detenidos no llevan hierros, duermen en camas separadas y comen un buen pan de centeno, además de carne y dos cuartos de cerveza cada uno, tres veces por semana y sopa todos los demás días.
            El capellán, que vive en el lugar, me hizo el honor de acompañarme en mi visita por los talleres, los dormitorios y el comedor. Me dio su opinión acerca de lo que él pensaba, del verdadero fin de la institución, decía que la casa no había sido construida para ese fin. Concordó conmigo que el encierro solitario debe aplicarse a los recién llegados que se muestran violentos e indisciplinados. «Cuatro o cinco días de ese tratamiento, me confió, es suficiente para convertirlos en corderos»

















EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES
 Y DE LAS CÁRCELES EN EUROPA DEL SIGLO XVIII
JOHN HOWARD
Capítulo IV
(Parte séptima)

Trad. Silvia Susana Naciff

 

ITALIA

            Llegué a Italia en el año 1778, un país célebre por la cantidad de instituciones de caridad y por la magnificencia de sus edificios públicos, con la esperanza de encontrar documentación importante sobre las prisiones y los hospitales.

 

VENECIA

            La gran prisión se encuentra cerca del Palacio de los Doges[60], es una verdadera fortaleza que encierra entre trescientos y cuatrocientos prisioneros, algunos condenados de por vida a celdas subterráneas y repugnantes; las ejecuciones capitales son excepcionales. Sin embargo la fiebre de las prisiones y las enfermedades contagiosas parecen no tener cabida en el establecimiento. Los prisioneros llevan cadenas, reciben catorce onzas de pan diarias. Interrogué a algunos prisioneros, encerrados desde hacía tiempo, acerca de si preferían o no ser enviados a las galeras, todos respondieron afirmativamente: el aire y la luz son bendiciones del cielo. La capilla se reserva a los condenados a muerte que pasan allí las últimas veinticuatro horas de sus vidas.
            El reglamento está colgado en la prisión. Una sociedad de caridad asiste a los prisioneros civiles y a los criminales, sus responsables están sometidos a ciertas reglas, de esta forma la sociedad designa a cuatro de sus miembros que son considerados oficialmente los visitantes de la prisión. Las dos enfermerías cuentan con un reglamento especial. Pude obtener en la imprenta ducal, íntegramente ese reglamento y el de las galeras que se remontan a varios años.
            Una de las galeras estaba amarrada a dos cables del muelle; veintisiete condenados estaban a bordo, esperando para embarcarse en otras galeras; el barco estaba limpio, no era el caso de las otras galeras que se caracterizaban por su estado de suciedad y de promiscuidad. Todos los galeotes llevaban cadenas que pesaban alrededor de veinticinco libras. Vi en el puerto el cadáver de un condenado que, lo supuse, se dejó morir por desesperanza ya que es imposible que esos hombres y con esas cadenas puedan pensar en evadirse.

PADUA

            Visité las prisiones de Padua y de Ferrare. En Padua, el escabel de piedra que se encuentra en el hall de la municipalidad, en el que se exponen los nombres de los deudores y no se utilizaba hacía al menos diez años[61].

BOLOGNA    

            La ciudad cuenta con tres prisiones, una reservada a los deudores, que sólo después de una estadía de cuatro meses y tres días reciben alimentos de sus acreedores, el equivalente a una renta de unos seis peniques diarios.
            El Hospital de S. María de Vita me alegró el corazón. En las salas ubicadas en lo alto, se respira limpieza y salubridad; son todas de iguales dimensiones y están dotadas cada una de treinta y ocho camas, diecinueve contra cada pared. Las camas son de hierro, los cobertores, de una blancura resplandeciente. Cada sala cuenta con catorce ventanas enfrentadas, con marcos de madera, provistas de un enrejado de hierro y cortinas. Cada sala mide treinta y dos pies y medio de ancho, las camas que tienen tres pies y dos pulgadas de ancho, están separadas por espacios de tres pies ocho pulgadas. Cada enfermo dispone de una estantería, cerrada con una pequeña cortina y apoyada en una guía de mármol negro que lleva el número de cama. Para facilitar la apertura y el cierre de las ventanas, cada sala está rodeada de una galería de dos pies de ancho, situada dieciocho pies debajo del piso, en el que se encuentra un riel de hierro de dos pies nueve pulgadas de alto. Las salas se abren a través de unas grillas de hierro de cinco pies cinco pulgadas de ancho.

FLORENCIA

            La cuidad cuenta con dos prisiones[62]. La más grande, el « Palazzo degl’Otto » sólo contaba con veinte prisioneros, seis de los cuales estaban incomunicados en celdas acorazadas (la prisión cuenta con veintiuna). Ningún prisionero portaba hierros; todos duermen sobre colchones de paja y reciben buen pan. Observé en la sala de torturas la presencia de una máquina para cortar cabezas: evita escenas de horror. Cuando el verdugo utiliza el hacha debe realizar varios golpes para poder separar la cabeza del tronco del condenado a muerte.
            En la segunda prisión « Delle Stinche », para llegar al patio, es necesario atravesar cinco puertas. La primera puerta mide tres pies de ancho por cuatro pies, nueve pulgadas de alto, tiene en su parte superior la inscripción « Oportet misereri » («Sea compasivo »). Esta prisión dispone de un número importante de salas amplias, separadas con tablas. Las salas para hombres se encuentran en la planta baja y dan a un patio de unos cuarenta y tres pies cuadrados. Las de las mujeres están en el primer piso y dan a la enfermería que mide unos cuarenta y cuatro pies por veintinueve y fue recientemente acondicionada para los hombres, linda con la capilla. La población era de cuarenta y dos hombres y catorce mujeres, deudores y criminales mezclados, ocho prisioneros permanecían separados del resto porque disponían de medios para ofrecerse camas pagas. Cada prisionero recibe, diariamente, quince onzas de buen pan, ninguno lleva cadenas de hierros. El capellán cuenta con un departamento en el seno de la prisión. Por muchas razones esta prisión se aproxima a la prisión ideal que, yo llamo la prisión de mis sueños. Un solo detalle la convierte en una prisión muy cerrada: tres de sus laterales están rodeados de muros altos, a once pies y medio de distancia y ubicada muy próxima a las construcciones.
            El gran hospital de Santa María Nova estaba súper poblado y por otra parte, es muy estrecho, a pesar de esto, la sala de enfermos contagiosos mide menos de cuatrocientos cincuenta y cuatro pies de largo por treinta pies y medio de ancho. Los heridos y las víctimas de fracturas disponen de salas reservadas. Las monjas cuidan a las mujeres, un pasadizo subterráneo comunica el convento con el hospital. Veinte estudiantes se alojan y comen en el hospital en el que permanecen siete años: están vestidos con un largo tapado, cuidan de los enfermos, sirven la comida, etc.[63]   
El hospital que más frecuenté es el de San Giovanni di Dio. Se accede a la sala de los enfermos por una escalera que cuenta con treinta y siete escalones. Esta sala, impecablemente mantenida, mide ciento veintitrés pies por treinta y tres y medio; dispone de treinta y tras camas de hierro de tres pies cuatro pulgadas de ancho ubicadas cada una sobre una base barnizada que permite una fácil limpieza y protege a los enfermos de la miseria. En un extremo se encuentran cinco habitaciones individuales, reservadas a los eclesiásticos enfermos – tres de ellas estaban ocupadas -.  En todos los hospitales italianos las paredes y los pisos son de madera y, en este, en particular, ese material protege de los olores y de la infección que provocan el ladrillo o el alquitrán. Los hermanos, es para ellos todo un honor, se ocupan de los enfermos con una dedicación ejemplar.
            El hospital San Paolo della Convalescenza, que, como su nombre lo indica, recibe a los convalecientes, dispone de habitaciones limpias y aireadas y un comedor espacioso. Los enfermos permanecen cuatro días, el cambio de aire y de alimentación contribuye a restablecerlos antes de volver a sus diversas ocupaciones.
            Sólo deseo mencionar el hospicio de San Bonifazio, para los enfermos y los ancianos. El mismo, dispone de ochenta camas para cada sexo, estaban trabajando para aumentar la capacidad a veinte plazas. Las habitaciones miden treinta pies de ancho, están muy limpias gracias a la vigilancia de las hermanas[64].     

LIORNA
            La población de la prisión estaba compuesta por tres deudores, ocho prisioneros estaban en vías de ser liberados y tres criminales incomunicados. Esta prisión solo tiene como hecho relevante que su enfermería fue construida en 1761 sobre la caseta del actual gobernador, Philip Borbonio, que se puede leer en una inscripción que se encuentra en la parte superior de la puerta.
            Los prisioneros de la fortaleza[65], me pareció, que estaban en buen estado de salud y bien tratados; « esto cambió desde que ellos duermen sobre tierra firme » me confió el viejo guardia. Las galeras y los pontones se reservaban, efectivamente, para los peores criminales. Cuando los prisioneros salen a trabajar, llevan un anillo alrededor de la pierna y una cadena los une de dos en dos. Siete pontones estaban destinados para la limpieza del puerto, pero el trabajo no podía realizarse, el calor era sofocante. Cuarenta y siete condenados trabajan en el nuevo lazareto, un inmueble imponente que ofrecía salas espaciosas para los cuarenta oficiales y sus hombres y grandes negocios para cargas retenidas[66].
            El guardia solicitó, gentilmente, a su hijo copiar, para mí, todos los reglamentos que estaban en su posesión: yo daré aquí sólo algunos de esos resúmenes.
            El Gran Duque paga el salario de tres guardias. Reciben copia de las sentencias pronunciadas contra los condenados las que ellos transmiten al gobierno luego de anotar en el registro de encarcelamiento todas las informaciones útiles. También los guardias deben informar al gobierno de todas las infracciones de los prisioneros, que de acuerdo con la gravedad de las mismas, las penas pueden ser calabozo, hierros o golpizas. El guardia jefe puede elegir dos prebostes entre los prisioneros que tengan buena conducta, la condición es ejercer sobre ellos una vigilancia especial; esos prebostes son los encargados de moralizar y de instruir a sus compañeros. El guardia en jefe cuida que a los recién llegados se les corte el pelo al ras, que vistan el uniforme de la casa y que lleven los hierros en los pies.
            Los prisioneros tienen condenas, al menos, de treinta, veinte, diez o siete años, siempre de acuerdo con la gravedad de los crímenes cometidos, la pena principal consiste en trabajo forzado. Salen, todas las mañanas, escoltados por soldados, atados de dos en dos por una cadena que pesa unas dieciocho libras. Tienen derecho a una pausa de una hora al medio día y a otra de dos horas durante la tarde. Una hora antes del anochecer se los transporta a la fortaleza, dónde, al llegar, son cuidadosamente revisados. Ellos se acuestan dos horas después de caída la noche. Cuando su Alteza Real los emplea, reciben dos crazzies (alrededor de un penique y medio) por día; si se trata de otras personas, que no están en prisión, su salario es de cuatro a seis crazzies, de acuerdo con la naturaleza del trabajo. Al amanecer, antes de informar a los guardias sobre los posibles incidentes ocurridos durante la noche, los prebostes tocan la campana para despertar a los prisioneros. Los prisioneros reciben un pan de treinta onzas por día, compuesto de dos tercios de harina y un tercio de salvado[67], una sopa de cuatro onzas de arvejas hervidas en agua con sal y aceite. Cada dos años, se les entrega un traje gris, un chaleco rojo y un gorro rojo; todos los años, se les asigna un par de zapatos; finalmente, cada seis meses reciben una camisa y un par de calzoncillos o un pantalón. Los calzoncillos se cambian todos los meses, las camisas todas las semanas. Duermen sobre un colchón de paja y con un cobertor, la paja se cambia frecuentemente y los guardias vigilan su limpieza. El prisionero que intente evadirse y se lo captura antes del anochecer, debe llevar un anillo suplementario de dieciocho libras; se les retiene, además, la mitad del salario, hasta llegar a un zechin, esta suma se la entregan a los que lo han aprehendido[68]. Los condenados a cinco años intentan evadirse y su pena comienza de cero cuando son atrapados; en caso de reincidencias múltiples, las penas pueden extenderse y el interesado puede ser sometido a tortura.
            El capellán está también encargado de la instrucción de los prisioneros.
            El hospital para los enfermos y los inválidos dispone de una fresquera bien provista: carne, oveja, arroz, pan blanco, caldo, vino de calidad, etc. El médico prescribe los regímenes y los medicamentos. Los enfermos reciben al entrar ropa de cama y vestimentas limpias. Los guardias deben asegurar que la alimentación sea buena y en la cantidad prescripta por el médico[69].









EL ESTADO DE LAS PRISIONES, DE LOS HOSPITALES
 Y DE LAS CÁRCELES EN EUROPA DEL SIGLO XVIII
JOHN HOWARD
Capítulo IV
(Parte octava)

Trad. Silvia Susana Naciff[70]


ROMA
            La gran prisión romana, llamada la Prisión Nueva[71], fue edificada a orillas de Tíber. En la puerta, en su parte superior, se encuentra la siguiente inscripción:

«JUSTITIAE ET CLÉMENTIAE
SECURIORI AC MELIORI REORUM CUSTODIAE
NOVUM CARCEREM
INNOCENTIUS X. PONT. MAX.
POSUIT
ANNO DOMINI
MDCLV».

«Justicia y Clemencia,
Para asegurar el más seguro encierro a los criminales,
El Papa Inocencio X inauguró esta Nueva Prisión
En el año del Señor
1655»



            Los galeotes de Civitavecchia se hospedan en la planta baja; encontramos, en el mismo piso, una especie de reserva de alimentos y una especie de despacho de bebidas; el lugar donde están las mujeres se ubica en el piso superior, acoge unas veinte prisioneras comunes y cinco mujeres incomunicadas. Los hombres están encerrados en dieciocho habitaciones acorazadas, confinadas y muy insalubres, alumbradas y aireadas por una sola ventana, sólo se abren bajo la orden expresa del gobernador de la ciudad. Allí se encontraban, encerrados, sesenta y ocho prisioneros. Estos últimos sólo pueden dejar sus celdas por motivos judiciales. Algunos, encerrados allí desde hace muchos años, tenían aspecto enfermo y la tez pálida. Ningún prisionero tiene grilletes. Los dementes tienen reservada una celda; allí encontré siete miserables criaturas. Muchas celdas tienen camas que acogen prisioneros comunes los que pagan una pensión por noche de una paule y media (unos ocho pinces). Una celda se reserva para los eclesiásticos, otra a los menores, otra más para los judíos y una última para los que padecen enfermedades cutáneas. Las dos enfermerías están en el piso superior: una, reservada a los prisioneros incomunicados en la que estaban cuatro enfermos, la otra a los prisioneros comunes en la que conté diez enfermos durante mi primera visita y siete en el transcurso de una posterior inspección. Esta enfermería es una sala espaciosa y aireada de setenta y tres pies por veintitrés, en la que hay diecisiete camas separadas unas de otras por un espacio de tres pies por tres pulgadas, está limpia y dotada de todo el material necesario. La prisión, en su conjunto, se encuentra abovedada con ladrillos contra incendios. Los pasillos tienen siete pies dos pulgadas de ancho y están bien iluminados. Se accede a los pisos por dos escaleras de diecisiete escalones de piedra, de siete pies tres pulgadas de ancho, cada escalón tiene una altura de cinco pulgadas: doy precisiones porque en la mayoría de nuestras prisiones inclusive en las más recientes, las escaleras son muy angostas y los escalones muy altos mientras que los pasillos son oscuros y angostos. El reglamento establecido por los magistrados está colgado en buen lugar: en el mismo se encuentran los horarios de apertura de las puertas y de los patios, de la hora de celebración de la misa diaria y de la distribución de las limosnas. Los horarios se modifican dos veces al mes teniendo en cuenta la extensión del día. El mismo reglamento determina una visita obligatoria del médico cada mañana y una visita optativa durante la noche. Hubiese no querido describir la sala de torturas. Pero una polea con una cuerda se encuentra cerca de la prisión, de ella cuelgan a los criminales de las dos manos, durante un cierto tiempo, hasta que sus miembros queden desarticulados[72].    
            La prisión del Capitolio tiene dos grades salas para los deudores menores y para los criminales cuyos delitos no impliquen incomunicación. Los prisioneros de una de esas habitaciones tienen autorización para pedir limosna a los transeúntes. Cinco deudores ocupaban celdas de pago y dos criminales estaban incomunicados. La prisión no es insalubre, una de las grandes salas tenía permanentemente un hilo de agua.
            Los prisioneros del Estado están encerrados en el castillo de San Angelo. Sólo encontré allí un prisionero, un obispo, que estaba de hacía veinte años y había enloquecido completamente. Dieciocho presidiarios (« condannati ») portaban una pequeña cadena y parecían en buen estado de salud, trabajaban en la fortaleza. Cuando ocurrió la muerte del Papa, los prisioneros de la gran prisión fueron transferidos al castillo, porque en esa oportunidad, se lavaron completamente todas las prisiones.
            Tengo muy pocos detalles de la prisión de la Inquisición. Está ubicada cerca de la Basílica de St. Pierre. Está construida sobre el patio que da al palacio Inquisidor general. En la puerta está montada la siguiente inscripción: « esta construcción fue erigida por el Papa Pío V en el año 1659 ». Las ventanas tienen postigo de madera que las convierte en ciegas y dan sobre una pared alta. Pude acceder hasta las celdas silenciosas y melancólicas como tumbas de esos desdichados y mi presencia, de casi dos horas, en el patio o cerca de los departamentos de los padres, comenzaba a convertirme en sospechoso.
            Encontramos en la ciudad, como en la mayoría de las regiones de Italia, una Cofradía de la Misericordia, llamada de S. Giovanni di Fiorentini debido al origen de la mayoría de sus fundadores. La institución es vieja, la iglesia de S. Gio Battista Decollato les pertenecía ya en 1450. Tiene setenta personas de calidad, la mayoría nobles. Cuando se condena a un prisionero a la pena capital, uno o dos cofrades, se acercan a él, en medio de la noche, que precede al momento fatal. En compañía del confesor, exhortan y reconfortan al condenado, mientras que le proponen elegir las vituallas más raras para su última cena. Todos los cofrades, vestidos de blanco, asisten a la ejecución. El cuerpo del ajusticiado permanece colgado hasta la noche, antes de que un cofrade, a menudo un noble, corte la cuerda, luego se transporta el cuerpo hasta una fosa que la cofradía acomodó para recoger el cuerpo de los ajusticiados. Me encontraba allí el 29 de agosto, único día del año en que el público tiene acceso a esa fosa.  Contigua a una elegante iglesia, se construyó una capilla cuyo lateral da a un patio, los otros tres tienen un pórtico sostenido por columnas dóricas. A las mujeres ejecutadas se las entierra en medio del empedrado del pórtico central, los hombres bajo uno de los pórticos secundarios, en el convencimiento que era su lugar en el momento de la ejecución, ya que el uso del féretro no es muy conocido en Italia[73]
            El hospital de S. Michele se presenta en forma de un amplio y noble edificio. La fachada trasera no tiene menos de trescientas yardas de largo. El hospital cuenta con varios patios rodeados de construcciones. Uno de los más amplios está rodeado, sobre sus tres lados por construcciones que contienen talleres de arte y manufacturas. Allí se educa a los varones, huérfanos o indigentes. Durante mi visita, había unos doscientos, que aprendían el oficio en el que demostraban su habilidad: impresores, encuadernadores, dibujantes, herreros, carpinteros, talladores, zapateros o barberos; además de tejedores o tintoreros, ya que todos los trabajos textiles se realizan en el interior de los muros. Al llegar a la edad de veinte años, los varones reciben un equipo completo de ropas y una cierta cantidad de dinero, cuya finalidad es que puedan instalarse para practicar el oficio aprendido. En medio del patio se encuentra una hermosa fuente que lleva inscripciones en honor a los fundadores de esta admirable institución.
            Los departamentos de los ancianos y de los inválidos dan sobre otro patio. Eran doscientos sesenta hombres y doscientos veintitrés mujeres, que encuentra allí un retiro confortable: las salas y el comedor están impecables. Me entrevisté con alguno de ellos, se mostraban felices y reconocidos.
            Otra parte del hospital sirve de prisión para los niños y los jóvenes. En la puerta se encuentra la siguiente inscripción:

« CLEMENS XI. PONT. MAX
PERDITIS ADOLESCENTIBUS CORRIGENDIS
INSTITUENDISQUE
UT QUI ENERTE OBERANT
INSTRUCTI REIPUBLICAE SERVIANT.
AN.  SAL. MDCCIV. PONT. IV »
« El Papa Clemente XI.
Para la instrucción y corrección
De jóvenes disipados:
Ociosos, ellos eran dañinos,
Instruidos, ellos serán útiles para el Estado.
En el año 1704, 4º año del pontificado »

            En el interior, se encuentra grabada esta admirable sentencia que resume toda la filosofía que debería animar la forma de tratar a los criminales:

« PARUM EST
CŒERCERE IMPROBOS
PŒNA
NISI PROBOS EFFICIAS
DISCIPLINA ».
« De poco sirve
Penar a los malos
Para impedirles recomenzar
Si no se aplica
Una disciplina que los convierta en mejores »

            En una sala, en medio de la cual se encuentra colgado un cartel que lleva la inscripción « SILENTIUM », había cincuenta varones ocupados hilando.
            No había visto hasta ese momento una semejante disposición de lugares, el plano que amablemente me dio a conocer el Señor Jenkins proporcionará una mejor idea que si lo describiera verbalmente. El hospital acoge también mujeres. La construcción que le han reservado tiene, en la parte externa, una inscripción que indica que fue levantada por Clemente XII en el año 1735 « para detener las costumbres licenciosas de las mujeres y penar sus crímenes »
            Roma posee numerosos hospitales reservados a los dementes, están generalmente superpoblados, sin embargo cada enfermo tiene una cama. Visité dos veces el gran hospital de San Spirito in Sassia: se encontraban allí mil dieciséis enfermos la primera, mil ciento tres la segunda. Muchas naciones cuentan o contaban antiguas fundaciones en la ciudad: por ejemplo los reyes de Saxe, los milaneses, los florentinos y los españoles.
            El hospital de San Spirito tiene una importante escalera acondicionada para permitir a los valetudinarios subirlas con facilidad y transportar cómodamente a los enfermos en una especie de sillas o camas cerradas. Tiene siete pies de ancho y cuenta con una rampa de cada lado. Cada escalón forma un plano inclinado de sólo tres pulgadas de alto y un pie dieciocho pulgadas de ancho. Los escalones son de ladrillos en los costados y de piedra en la mitad.
            El hospital de S. Gio Laterano está superpoblado y es insalubre, sin embargo nada comparado con el de S. Giacomo degl’Incurabili[74]. Contrariamente, el hospital Benfratelli, para enfermos de Florencia, y el hospital S. Maria della Consolazione, reservado a los heridos en los miembros, son establecimientos limpios y perfectamente sanos. La calle que conduce a ese último hospital está, durante la noche, cerrada con dos cadenas, debido a la instrucción del Papa Alexandre VII del año 1661, a ese fin, dice igualmente una inscripción,

« NE PRAETEREUNTE STREPITU QUIES SILENTII
OMNINO AB AEGROTENTIBUS EXULARET ».
«(no perturbar el silencio de estos lugares cuando los enfermos están en paz

            Quisiera, antes de despedirme de Roma, decir dos palabras sobre el hospital de los peregrinos y de los convalecientes. Los enfermos pueden allí alojarse durante tres días: el lugar está bien aireado, las comidas y los cuidados significativos.
            Las galeras del papa se encuentran en Civitavecchia. Los prisioneros pasan allí una estadía relativamente larga, de acuerdo con la naturaleza de sus delitos: los vagabundos sólo permanecen tres años, generalmente están empleados a bordo de pontones que limpian el puerto. Los ladrones no permanecen nunca menos de siete años, a los falsarios siempre se los condena a perpetua; con respecto a los monederos falsos, autores de perjuicios considerables, se los somete a una disciplina rigurosa. Los condenados a perpetua están encadenados de a dos; los otros sólo llevan una cadena que se reemplaza por un anillo en la pierna cuando sólo les resta cumplir una condena de dos años: el peso del anillo es alivianado a medida que se acerca la fecha de su liberación.
            Cuando se captura a un evadido, cumple el resto de la condena, antes de purgar otra de igual duración a la primera; el condenado a perpetua recibe, durante los tres días posteriores a su regreso al redil, cien o doscientos latigazos diarios. Todos los presidiarios tienen menos de veinte años, los más jóvenes permanecen en el hospital S. Michele, en el que se los emplea para fabricar hilados y se los alimenta  a pan y agua.
            Los prisioneros reciben, cada uno, diariamente, tres libras de pan, más por cada galera, cincuenta y cinco libras de zanahorias o de habas y dos libras y media de aceite, con la que elaboran una sopa cada dos o tres días. En Pascuas, en Navidad y en Carnaval, cada hombre recibe una libra de carne, una media pinta de vino, más cincuenta y cinco libras de arroz que comparten todos los prisioneros de una galera.
            Cada dos años, los prisioneros reciben un saco y un chaleco de lana, rayados, dos camisas, dos pares de calzoncillos de tela y un gorro de lana; cada año perciben dos pies y medio de tela de lana con la que se confeccionan medias. El mantenimiento de cada hombre representa, anualmente, quince coronas romanas y ochenta y siete bayocos, unas tres libras trece chelines nueve pinces.
            Durante mi estadía en Civitavecchia, tres galeras estaban en el mar y otras dos en el muelle. Habité una « felucca » cercana a las galeras, pude constatar, durante la noche que reinaba el más profundo silencio a pesar de que alrededor de cuatrocientos hombres estaban encadenados, juntos, en una sola galera.
            Los prisioneros trabajan permanentemente y conservan para ellos una parte de sus ganancias, cuya suma varía de acuerdo a la naturaleza del trabajo y su mayor o menor habilidad. Los que trabajan en los aserraderos del arsenal, obtienen dos pinces diarios, los albañiles dos pinces y medio, los simples peones sólo un penique. Los que trabajan en la confección de telas y de algodón reciben entre dos y ocho pinces, de acuerdo con la calidad de su trabajo, etc. Los empleados en trabajos públicos descasan una hora para cenar y otra, durante el verano para almorzar[75].
            En tierra, se encuentra un amplio hospital para los galeotes. Los enfermos no llevan grilletes, el establecimiento está muy limpio. En el medio de la sala principal, se encuentra un altar para el culto. Los que padecen enfermedades cutáneas tienen una habitación separada, al igual a los que padecen enfermedades de pecho, los médicos italianos están persuadidos de que la tuberculosis es contagiosa. Los tuberculosos disponen también de un patio separado, se toman con ellos iguales precauciones que con los apestados. Así, cuando la enfermedad sobreviene en la casa, se quema todo el mobiliario y las habitaciones, antes de ser reocupadas, se limpian y desinfectan fumigándolas.         
     






«»















































[1] N.T. Se emplea la palabra Sheriff, de origen inglés para señalar al magistrado responsable de hacer respetar la ley en un condado inglés.
[2] En 1773.
[3] Vol. I, p 19.
[4] Vol. II, p. 18
[5] La pregunta me ha sido realizada muchas veces: ¿cuáles eran entonces esas precauciones, gracias a las cuales estaba protegido de las infecciones en las que en las prisiones y los hospitales son tan pródigos? Responderé: primero la buena  constitución y la buena salud que debo al autor de mis días, además mi templanza y una higiene meticulosa. Guiado por la Divina Providencia y seguro de cumplir el deber que me había reservado, entraba en las celdas más repugnantes sin preocuparme por los riesgos corridos. Jamás realicé una visita sin estar bien alimentado, y siempre retuve la respiración cuando me encontraba en una habitación en la que la enfermedad rondaba, amenazante.  
1 La ley invocada no hace referencia a las casas de corrección , pero una ley de Jacques 1º (7º año del reinado de Ch. IV) prevé que sea destinado a los Directores y Gobernadores de las  Cárceles la suma necesaria para el sustento de enfermos y de impotentes.
2 La Ley de los Lores de Georges III estipula que « los comisarios y magistrados no pueden llevar a una persona arrestada dentro de un albergue o de una taberna sin su consentimiento », pero si el magistrado es también el encargado, el prisionero no tiene otra opción: el albergue o la prisión.
3 En 1557 se compraba con un penique veintiséis onzas de pan blanco. En 1782, con dos peniques, no se puede comprar más de dieciocho onzas de pan blanco en Londres, nueve onzas y media en Edimburgo, seis onzas en Dublín. Siempre con dos peniques, se puede comprar una libra y tres onzas de pan en Londres - en septiembre de 1783 - pero en Dublín, el 4 de agosto de 1783 se pueden comprar once onzas y tres dracmas.
4 Leemos en una carta dirigida a Sir Robert Ladbroke, impresa en 1771, p. 11. que «el Dr. Hales, Sir John Pringle y otros observaron que el aire viciado y pútrido está dotado de poderes tan sutiles  y poderosos como  para pudrir y corromper el corazón de un roble;  y, por otra parte, que las paredes de una construcción que han estado infectadas quedan impregnadas durante años». [El autor se apoya en las observaciones contenidas en una carta de Sir Stephen Theodore Jansen, que no pude encontrar] ( « Philosophical Transactions », Vol. XLVIII, parte I, página 42).
5 Una ley vigente en Irlanda, el 3er año del presente reinado, « con el propósito de mejor prevenir los rigores...», contiene la cláusula siguiente: « Dado que las numerosas enfermedades infecciosas resultan del apiñamiento de los individuos encarcelados en prisiones desprovistas de patio, dado que la vida de los sujetos de Su Majestad podría estar amenazada si los prisioneros fueran conducidos a las calles públicas, se ordena a los jurados de los Tribunales en materia criminal y a los jueces alquilar o comprar un pedazo de terreno adjunto a la prisión, o bien que se encuentre lo más próximo posible a ella, etc. »
6 Es también el caso de muchas casas de trabajo y granjas, en las que los pobres y los obreros agrícolas están encerrados en habitaciones oscuras y sin aireación - lo que explica que nuestros paisanos ya no sean tan robustos como sus padres, constatación realizada en el transcurso de mis viajes.
7 Una ley irlandesa del 3er año del reinado de Georges III, p. 478, prescribe separar a esas personas de los prisioneros de derecho común.
8 Tengo en mi poder un cuadro impreso por primera vez en 1772, a partir de un trabajo realizado por Sir Theodore Janssen. Allí se muestra el número de malvivientes ejecutados en  Londres en los veintitrés años anteriores, y los delitos por los que fueron condenados. Doy un resumen sobre la forma de los cuadros que figuran al final de esta obra. Hubo, durante esos veintitrés años, 678 ejecuciones en Londres, 29 o 30 por año. Dejo a otros la preocupación de interrogarse hasta el punto de saber si esas ejecuciones son muchas y si los condenados merecían la muerte por los delitos cometidos (de los que daré el detalle). El Señor Eden, autor de « Principles of Penal Law », hace notar  en la página 306, « que un Estado funciona realmente mal cuando acumula leyes sanguinarias... Como si eliminar el género humano fuese el principal objetivo de la legislación... » Cada uno podrá, de esta manera, comparar el número de víctimas de fiebre de prisiones en Londres (deudores y  delincuentes menores) y el de las ejecuciones capitales. No dispongo del número de ejecuciones de todos los condados, pero estoy convencido que es mucho menor al de los muertos en prisiones.   
9 « Natural History », 914. C,f. y en « History of Oxfordshire » de Plot, p. 25.
10 « Observations on the Diseases of the Army », pp. 47, 296.
11 p. 307.
12 p.5.
13 Luego del [último] del anteúltimo conflicto, la ración cotidiana, para seis prisioneros era, 9 libras de pan, 4 libras de carne, 3 pintas de legumbres, 6 cuartos de cerveza, además de agua a voluntad. Los viernes la carne era reemplazada por una libra y media de manteca. Una ración no despreciable, sería destinada a los hombres de guerra...
14 No sería necesario discernir dentro de mis propósitos el motivo de elogio hacia  los franceses. En 1756, tuve mi propia experiencia sobre la forma que ellos tratan a sus prisioneros de guerra; mi navío fue apresado por  un pirata francés, durante un viaje a Lisboa, a bordo del « Hanovre ». Antes de llegar a Brest, tuve que soportar los sufrimientos de la sed y del hambre durante más de cuarenta horas. Encerrado en el castillo de Brest, dormí seis noches sobre paja; pude observar los crueles tratamientos infligidos a mis compatriotas, tanto en Brest como en Morlaix donde fui transferido; durante los dos meses en los que fui prisionero bajo palabra en Carhaix, mantuve correspondencia con los prisioneros ingleses en Brest y en Morlaix, así como con los marineros del « Hambourg » y mi doméstico que se encontraban detenidos en Dinan. Todas las informaciones convergían: los prisioneros ingleses estaban sometidos a un régimen tan brutal que muchos perecieron, en Dinan 36 fueron enterrados en un pozo el mismo día. De regreso en Inglaterra luego de haber sido liberado bajo palabra, comuniqué esos detalles a los comisarios de la salud marina los que tomaron nota y me aseguraron participar. Las observaciones fueron presentadas ante la Corte francesa, nuestros marinos obtuvieron  reparación y los prisioneros de tres ciudades bretonas, en las que hablé, fueron enviados a Inglaterra en la primer flota. Una irlandesa, que se había casado en Francia, había fundado diversas obras de beneficencia, con el acuerdo de la municipalidad de Saint-Malo; una consistía en otorgar la suma de un penique por día a cada prisionero de guerra inglés detenido en Dinan. Esta disposición, debidamente realizada, salvó la vida de un importante número de hombres rudos y útiles. Los sufrimientos que soportara luego de esta experiencia aumentaron, necesito decirlo, mi interés por los desdichados que conforman el tema de este libro.  
15 [ «The Idler », L'Oisif, Nº 38].
1 « En 1730, Nicholas Bennet, Joseph Robinson, John Head y George Taverner comparecieron ante la Corte de Old Bailey por haber robado a John Berrisford dos y medio guineas, dos veces seis peniques y dos veces medio penique; los hechos,  que tuvieron lugar en la Nueva Prisión, y donde el pretexto era la bienvenida, fueron debidamente reconocidos y los cuatro convictos de robo con violencia, fueron condenados a muerte, un hecho tan severo que explica la voluntad de los jueces de extirpar de las prisiones la práctica odiosa de robar el dinero, o en su defecto las vestimentas de los pobres prisioneros encarcelados por cualquier motivo, práctica que conduce a la muerte sistemática de los recién llegados de esta manera privados de comida o de ropas », escribe Burton en su « New View of London », página 468.
2 Lord Loughborough, durante la sesión del Ministerio Público de la Cuaresma de 1782, llevado a cabo en Thetford, condenó al guardia del castillo de Newcastle a una multa de 20 libras por haber puesto los grilletes a una mujer.
3 Esta comisión es elogiada por Thomson, en su « Invierno » editado en 1738, verso 340 y ss:
« ¿Puedo olvidarme de esos pocos hombres generosos
Que mudos ante la miseria humana, combatieron para impedir
Los horrores que la prisión encierra?
¿Quién escucha, quién se inquieta ante las quejas de la miseria,
Ante los gemidos de dolor?...
¡Salud a vosotros, patriotas ! Desdeñando el secreto menosprecio
Que los ha llevado a esos lugares en los que la Justicia y la Piedad huyeron,
Los han arrastrado a plena luz  los monstruos estupefactos,
Les han quitado de las manos el cetro de la Opresión.
...
Mucho queda por hacer...
¡Continuad Patriotas, vuestra obra saludable ! »
4 Así mismo la seguridad exigiría poner grilletes a los prisioneros peligrosos, sólo podría admitirse que comparezcan ante los tribunales con sus cadenas, si  se hubiesen  evadido anteriormente  o hubiesen  intentado hacerlo antes del proceso. « La ley prescribe que ningún prisionero debe permanecer con las cadenas, salvo  que un caso de fuerza mayor apremie al guardia a recurrir a un procedimiento semejante », « Principes of Penal Law », p.187.
5 N.T: Cita textual del libro de Cesare Beccaria, "De los Delitos y de las Penas". Capítulo XIX, De la Prontitud de las penas, página 231.
6 Idem cita anterior, página 232.
7 Año 14 del reinado de Georges III.
8 Cf. al final de este libro se encuentra la tarifa de los escribanos del Ministerio Público.
La tarifa de los secretarios de los jueces de paz es la siguiente:
1 £ 7 p. por un robo seguido de absolución;
1£ 8 p. 3 s. por un robo menor;
1£ 3 p. 4 s. por una condena de ser azotado en la plaza pública;   
17 s. 4 p. por un bastardo.
9 Uno de los recibos está redactado como sigue:
« RECIBÍ, con fecha abril de 1775, del Sr. Sherry, guardia, la suma de 1 Libra 8 Chelines y 8 Peniques  por expedir el presente, en fe de lo cual podrá percibir los gastos de encarcelamiento, causados por los prisioneros absueltos en el condado de Devon,
Firmado..., secretario del Ministerio fiscal ».
El guardia me indicó que el certificado correspondía, al pago, por 23 prisioneros absueltos. 
10 Los secretarios del Ministerio Fiscal pagan muy caro su cargo. Conozco uno que ha debido pagar 2500 £ a los jueces, mientras que esos cargos no deberían ser vendidos por los magistrados, los secretarios no tienen necesidad de ser presentados a los jueces, lo que permitiría que la tarifa sea más baja. El guardia que pide una copia del calendario de los jueces debe pagar 1.1.0., mientras que los comisarios de S.M., encargados de investigar las prácticas y gastos de los tribunales considerados escandalosos, señalan en su informe del 1 de diciembre de 1735 (M.S., p.21), que el hecho de pagar dicha copia 0.7.6 al guardia del condado de Surrey y 0.5 a los guardias de los otros condados, resulta irrazonable, injustificado. Términos que fueron empleados por los comisarios en dicho informe.
11 Cf. infra, el relato de mi visita a la prisión de Ely.
12 Durham.
13 No cuento los padres, que comparten el dolor de sus hijos acompañándolos en esos lugares miserables. 
1 En  una carta del  13 de septiembre de 1774, los señores Stephenson y Randolph, de Bristol, importantes empresarios para la deportación de convictos, presentaron sus quejas ante el Sr. Biggs, guardia de Salsbury. Transcribo fielmente aquí  sus conceptos: « La gangrena en los pies provoca generalmente la muerte. Si, luego de la próxima carga, la tasa de mortandad es igualmente elevada, deberemos dejar nuestra actividad, por haber perdido ya mucho dinero. Nuestra embarcación se encuentra en estos momentos en cuarentena ».
2 Cuando visité la prisión de Horsham en compañía del guardia, encontramos muchas piedras y escombros. Los prisioneros habían pasado dos o tres días en el piso de la celda, una evasión general estaba prevista para esa misma noche, llegamos a tiempo dado que comenzaba a anochecer cuando empecé mi visita. Estábamos a merced de los candidatos a fugarse, pero, Dios impidió que hasta el día de hoy no lo intenten nuevamente.
3 Una carta dirigida a Sir Robert Ladbroke, en 1771, insiste sobre la necesidad de separar  a  los prisioneros. Igual exigencia  la presentó el obispo Butler, durante un sermón pronunciado ante los magistrados, en Londres el 14 de abril de 1750, Cf. pp. 20 y ss. Ver también las cartas del 8, 10 y 22 del Señor Hanway, en su obra: "The Defects of Police, the Cause of Immorality, etc. ".
4 Una ley de S.M. del 3er año del reinado, prevé que en Irlanda, « en las prisiones recientemente construidas, las mujeres y los hombres dispondrán de compartimientos separados, los guardias de viejas prisiones deberán ponerlo en práctica para asegurar la separación de los dos sexos ».
5 Ley de Georges III, 14º año, XI.III.
6 Para justificar mi demostración sobre la importancia de mantener baños en el seno de la prisión, citaré el ejemplo de personas que, consideradas muertas por la fiebre de prisión y transportados al exterior para enterrarlos, mostraron signos de vida y recuperaron rápidamente su conciencia cuando se los lavaba con agua fría. Personas gravemente afectadas por enfermedades infecciosas se recuperaron luego de haber sido sumergidas en agua fría. Otros casos resonantes se informan en el apéndice, en el "Account of a Series of Experiments" del Dr. Watson.
7 Cf. Ensayo del Dr. Lind sobre la salud de los marinos, pp. 320 y 336.
8 El suceso alcanzado por el método del Dr. Lettsom confirma los beneficios del aire fresco en el tratamiento de fiebres pútridas. Cf. sus « Medical Memoirs », pp. 19, 57, 58, 62, etc. Una fiebre pútrida castigó recientemente la casa de pobres de Yarmouth: la aireación era tan mala que se debió evacuar a la mayoría de los enfermos.
9 Los deudores de York, Lincoln, Norwich, Ipswich, Chelmsford, etc, ocupan su tiempo tejiendo bolsos,  jarreteras,  redes, cintas, etc. Es un trabajo fácil y agradable, que podría organizarse en todas las prisiones incluso las que reciben prisioneros de derecho común. El aprendizaje se realiza en una semana, y no hay necesidad de emplear ninguna herramienta peligrosa. Basta con disponer con salas y patios apropiados para tal fin.
10 « De acuerdo a su voluntad, a cualquier hora del día, podrá hacerse enviar o traer él mismo cerveza, negra o blanca, vituallas, o cualquier otro alimento ».
11 El preámbulo de la ley dispone: « Muchas improbidades y abusos cometieron los guardias que fabrican y venden bebidas y pan. Obligan a los prisioneros a abastecerse con ellos. De ahora en más, se prohibe a los guardias, como a toda persona a su servicio, fabricar cerveza, cocer pan o destilar alcohol, tanto en el interior como en el exterior de las prisiones, les está también prohibido vender productos o tener un comercio para su venta, bajo pena de una multa de cinco libras por cada infracción cometida ».
12 Durante mis primeras visitas, muchos guardias se disculparon de no poder acompañarme a las construcciones reservadas a los criminales. Los prisioneros de una prisión del condado (la del castillo de York, que visité en 1774) me dijeron varias veces que no veían al guardia desde hacía muchos meses. No habría mencionado el testimonio de esos detenidos si el carcelero, presente allí, no lo hubiese confirmado.
13 Debo expresar aquí toda mi gratitud por la gentileza y la cortesía de esos magistrados, realmente hospitalarios, que durante mi visita, en enero de 1775, me nombraron ciudadano ilustre de la ciudad.
14 Cuando el guardia no vive en  el lugar, como es lo que ocurre en la prisión de Newgate de Dublín, y esto es válido tanto para la vieja como para la nueva prisión, debemos sistemáticamente lamentar (como pude constatarlo personalmente) las consecuencias desastrosas.
15 Este fiel servidor del Evangelio estuvo a punto de ser inmolado durante el reinado de la Reina María. En el camino de Durham, en Londres - donde debía ser sacrificado - al caer de su caballo se quebró una pierna, la Providencia lo alejó de un proceso siniestro, dado que la reina beata murió antes de que él  regresara. Durante el reinado siguiente fue promovido al fastuoso beneficio de Houghton en el Northumberland y pudo llevar a cabo las obras anteriormente mencionadas.
16 Muchas veces encontré los domingos a los deudores y a otros prisioneros acostados, lo que no hubiera sido posible si el servicio divino se hubiese celebrado en la capilla.
17 El ejemplo del Sr. Smith, en la prisión de Tothillfields, en Westminster, sería para generalizar.
18  El « libro de plegarias comunes » de Irlanda encierra, podemos felicitarnos, « un tipo de plegaria reservada a la visita de los prisioneros, aprobado por los arzobispos y por los obispos, así como por todo el clero, con el anexo de S.M., luego de un sínodo llevado a cabo en Dublín durante el año 1711 ».
19 Todavía llamada agua lechada. No conozco nada más eficaz para destruir los parásitos, purificar el aire y prevenir la infección. El agua lechada no sólo es un instrumento de limpieza, es además un medio para reforzar la seguridad, las tentativas de evasión pueden detectarse mejor cuando las perforaciones se realizan en muros totalmente blancos.
20 En el extranjero, sólo parece preocupar, fuera de toda medida, las consecuencias nefastas que puede acarrear la construcción de prisiones a orillas de cursos de agua; la única preocupación es la necesidad de limpieza, la única aprehensión reside en los efectos desastrosos que produce la presencia de alcantarillas insalubres. Cf. la opinión sobre ese punto del Dr. Heberden en « Medical transactions », páginas 521 a 524 es la siguiente: « En Inglaterra, pocas son las personas que se preocupan por los efectos que producen las habitaciones muy húmedas en la salud de los hombres. ¿Esta opinión se basa en la experiencia, o es una hipótesis que se ha repetido y terminó por imponerse esperando que se investigue detenidamente? Los argumentos que están a favor de esta suposición son frágiles y escasos, argumento de los mismos enfermos para refugiarse en esto y ocultar otras que no salen a la luz. El aire de los ríos y del mar contienen invariablemente más vapores que el de las regiones interiores taladas; sin embargo, los más importantes médicos de la Antigüedad recomendaban construir las habitaciones en las riberas de los ríos, y los médicos contemporáneos envían a sus enfermos a la orilla del mar, para que aprovechen los beneficios del aire de mar ». 
21 A veces es necesario realizar fumigaciones en el interior de las prisiones. Sobre este tema  citaré el texto que me ha hecho llegar el erudito Dr. Lind, correspondiente al método que utiliza exitosamente para fumigar los barcos contaminados: « A la mañana se encenderá carbón de leña que deberá permanecer encendido hasta la noche, sobre el fuego se colocará media libra de azufre; durante todo ese tiempo, se deberá vigilar que el fuego permanezca encendido. El encendido puede hacerse en baldes de hierro. Igual operación se repetirá todos los días durante quince días. Todas las tardes y durante la noche, los ojos de buey y las escotillas permanecerán abiertas y todo el interior del barco se lavará con vinagre caliente. Después de la última fumigación, antes de que los hombres se encuentren a bordo, las bodegas deberán lavarse a fondo. Si la infección fuese importante, se blanqueará a la cal los lugares más contaminados. Se destruirán todos los objetos infectados, al igual que la ropa de cama y las vestimentas de los enfermos y de los muertos a causa de la enfermedad - así como la de los enfermos que recuperaron su salud, por lo menos hasta que la epidemia haya cesado. Se purificarán las otras vestimentas y la ropa de cama exponiéndolas dos veces por semana a humos de carbón de leña y azufre, salvo las vestimentas que el azufre podría estropear, entonces se las colgará en un lugar cerrado donde se quemará tabaco. La ropa y los objetos de tela que la humedad pudiese estropear, serán luego de la primera fumigación, sumergidos durante varias horas en agua fría antes de lavarlos cuidadosamente, y por último se los secará al viento. Si durante los quince días que dura la operación, un nuevo caso de enfermedad se presenta, se comenzará la operación de cero, el mismo día se llevará al enfermo a tierra. Se vigilará especialmente la higiene corporal y de las ropas de todos los individuos: se obligará a los descuidados y a los mugrientos a bañarse y vaciar las aguas sucias, se les proporcionará vestimentas y ropa de cama suficiente para que puedan cambiarse con frecuencia ». Asistí, en algunas prisiones extranjeras, a operaciones de fumigación menos onerosas y tan eficaces como agradables. El aire contaminado se purificaba gracias a un procedimiento que consistía en arrojar bayas de enebro sobre un plato embutido donde se quemaba carbón, práctica que se realiza también en las iglesias católicas romanas.   
22 La ley del Parlamento irlandés ya mencionada prohibe en su reglamento « a los guardias y a sus sirvientes criar caballos, vacas o cualquier otro ganado dentro de las prisiones, en los patios, otros locales y terrenos adyacentes, bajo pena de una multa de cuarenta chelines por cabeza de ganado ».
23 Ley de Georges II, 32º año del reinado.
24 Una pena de cien libras está prevista para los guardias, conserjes y procuradores que vendan, guarden, provean o permitan  circular alcohol dentro de la prisión. Una multa de 10 a 20 libras, y combinada con tres meses de prisión, está prevista para los visitantes que introduzcan alcohol. La mitad de lo que se perciba por multas se reserva para los informantes; la otra mitad se entrega a los prisioneros y a los pobres.
25 El hecho no es insignificante: los prisioneros tienen un horrible placer, hacer desaparecer el papel donde se anuncian los artículos que prohíben la venta de alcohol. 
26 La ley precisa: « Los jueces y jurados de los Ministerios Fiscales, luego de cada sesión, deberán verificar si la tarifa de gastos de encierro, los Reglamentos y Ordenanzas, se encuentran a la vista, deberán tomar, si fuese necesario, las medidas impuestas. Los jueces y jurados están liberados de  cumplir con esta medida al igual que el Gran Jurado que los precedió ».
27 La ley de Georges II (17º año del reinado) sobre vagabundos determina que dos jueces deben inspeccionar las casas de corrección « al menos dos veces por año, más si fuese necesario, y redactar un informe conjunto sobre el funcionamiento del establecimiento ». El mismo texto determina además que los jueces pueden, luego de las sesiones trimestrales, penar con multas a los Gobernadores y Procuradores que no hacen respectar las reglas de disciplina, particularmente la de trabajos forzados.
28 Las salas más amplias, que contienen  un número importante de personas, deberían estar acondicionadas de manera tal que el aire viciado pueda salir por el techo. Cf. « Experiments » del Dr. Priestley, página 281.
29 Cf. Anexo 4.
30 Una ley de Jacques 1º, 7º año del reinado, Cap. IV, prevé la construcción en cada condado de al menos  una casa de corrección con  un patio trasero: « Los jueces de paz que, en dos años, no dispongan la construcción de esas casas pagarán una multa de cinco libras de buena  moneda inglesa, una mitad para el denunciante y la otra para la construcción de la casa  de corrección ». La misma ley fue adoptada, en Irlanda, por Charles 1º, 10º y 11º años del reinado.
31 La holgazanería reina en las casas de corrección. Las sentencias no imponen la obligación de trabajar. Los magistrados deberían saber que los prisioneros encerrados durante uno o dos años se convierten en menesterosos no sólo desde el punto de vista moral, sino además en lo que respecta a su aptitud para trabajar: conocí algunos que, una vez liberados, inmediatamente después de comenzar a trabajar caían en la más absoluta decrepitud. 
32 La ley, citada en la nota anterior, pide que las casas de corrección estén dotadas de « molinos, torres, cardas, y todo instrumento necesario para poner a trabajar a los bribones y perezosos ». La ley de Georges II (17º año del reinado) ya citada exige que los jueces, durante las sesiones trimestrales, se aseguren de que « las casas de corrección dispongan de todos los medios, materiales, instrumentos y otros elementos necesarios para la guarda, entretenimiento, trabajo, disciplina y mejoría de personas holgazanas y pródigas, de bribones y vagabundos, etc. ».
33 Ya indiqué que un guardia debe ser una persona saludable; mi opinión alcanza también a los conserjes de una casa de corrección, un inválido no podrá asegurar trabajo a los prisioneros, ni prevenir la  evasión luego del cierre de la puerta, es suficiente recordar los eventos acaecidos en Preston, en el Lancashire, y en otras prisiones.
34 No insistí lo suficiente sobre la necesidad de procurar los medios para que los prisioneros no sientan frío. Aprovecho la ocasión para observar aquí que es un principio de humanidad, teniendo en cuenta las condiciones climáticas, pero además porque se trata de un medio esencial para preservar la salud de los prisioneros: la calefacción implica una búsqueda en vista a mejorar la circulación de aire y prevenir los problemas que sufren los prisioneros, especialmente a nivel de los pies. Puedo asegurar que la falta de estufa, conjuntamente con la mala alimentación, es la mayor causa de mortandad  en las prisiones durante el período invernal. Supe de la muerte de tres hombres en una de nuestras prisiones: murieron de inanición, sólo disponían de medio penique para alimentarse los tres. El oficial encargado de investigar las muertes, ante quien me presenté para determinar las responsabilidades previstas por la ley, me respondió que en este caso los prisioneros habían sido condenados a prisión y "a la gracia de Dios". Si este no hubiese sido el motivo, el guardia habría sido investigado por felonía y condenado a la horca; en realidad, la responsabilidad incumbe, en este asunto, a los jueces que no fueron capaces de prever los subsidios alimenticios para que los prisioneros sobrevivan.  
35 Los jóvenes condenados a corrección deben permanecer indefectiblemente separados de los otros prisioneros, lo ideal sería que estén separados unos de otros. Deberían ser asistidos por un maestro cálido y dulce que los visitase con frecuencia y que, sin que lo parezca, conversara con ellos como si fuese un pariente o un amigo.
36 Sería un considerable progreso si pequeños catres de una plaza se instalaran en todas las prisiones, de esta manera los prisioneros podrían dormir separados. Vi utilizar esos catres en la prisión del condado de Sufflok, hablaré de esto con más precisión cuando evoque mi visita a esta prisión.
37 La idea de que los convictos son ingobernables es falsa. Existe una forma de dirigir a algunos prisioneros entre los más desesperados que sólo pueden ser útiles a los guardias y a sus compañeros. Muchos de los prisioneros son finos y sensibles: con ellos, hay que mostrarse calmos pero firmes, hay que hacerles sentir que la Humanidad es la única guía y que sólo se aspira a convertirlos en personas útiles para la sociedad; se les debe informar sobre los reglamentos y ordenanzas de la casa y asegurarles que los empresarios y los guardias no los privarán de los alimentos ni de las vestimentas a los que tienen derecho. Enfermos, tratarlos con ternura. Con esos tratos se evitarán los motines y las tentativas de evasión que son, estoy plenamente convencido, el hecho que lleva a los prisioneros a la desesperación debido a las formas brutales e inhumanas de los guardias.
38 Muchos jóvenes permanecen en prisión, una vez que el tiempo de la pena se cumple, otros son despojados de los trapos que le quedan, pañuelo, delantal, falda, que el guardia conserva para él hasta que los gastos de encierro le sean abonados.
39 Mr. Thomas Firmin, un ciudadano de Londres que vivió en el siglo anterior, había creado una manufactura de hilados y de tejido que empleaba a unos 2.000 pobres; perdía 200 £ por año, a pesar de que muchas personas caritativas compraban sus productos a precios realmente altos. La compañía de las Indias orientales y la de Guinea pidieron telas gruesas para las bolsas de pimienta que anteriormente compraban en el extranjero. « Durante siete u ocho años, el trabajo de los pobres le hacía perder dos peniques por chelín invertido; pero él estaba satisfecho porque, se alegraba al decir, los dos peniques perdidos representan dos veces nada con respecto al dinero que los pobres habían mendigado o robado si no hubiesen trabajado », "Firmin's Life", pp. 33 y 34.
40 El marqués de Beccaria termina su trigésimo capítulo con estas palabras: « no se puede llamar justa o necesaria (lo que es la misma cosa), la punición de un delito que las leyes no han previsto, por los mejores medios posibles, y según las circunstancias en que se encuentra una nación » (capítulo XXXVI, p. 330 de la traducción de Collin de Plancy).
41 "Enquiry" de H. Fielding.                                                                                          
42 16º año del reinado de Georges III, Cap. XLIII.
43 Mi opinión coincide con la del autor avezado que escribió estas líneas: « el destierro, tal como se practica en Inglaterra, tiene como principal efecto sacar  provecho del criminal y siempre es un insulto a la comunidad », Principles of Penal Law, p. 33.
[6] N. del T. Hôtel-Dieu, hospital central de París, actualmente se encuentra ubicado en el lado septentrional de la explanada.  
[7] Ver, más detalles sobre este punto, en el « Código de Policía », París, 1767, tomo I, pp. 510 y ss.
[8] [Tuve curiosidad por obtener las tarifas de varias celdas de pago. Transcribo aquí, las correspondientes a la Conserjería, de fecha 1 de junio de 1776:
Los que duermen sobre paja: 99 hombres, 22 mujeres;
En la enfermería: 13 hombres y 14 mujeres;
En las celdas: 25 hombres;
Pensionistas y medio pensionistas del carcelero: 13;
Pensionistas que alquilan un cuarto pero asegurando su propio mantenimiento: 16.
Un TOTAL de 202 prisioneros.
Los pensionistas del carcelero pagan 45 libras por mes, los medio pensionistas 22 libras y media, los que se procuran su subsistencia 7 libras y media. Hay 6 carceleros.]
[9] Monseñor Guy du Rousseaud de la Combe, en su «Tratado en Materias Criminales», París, 1769, in 4, 6a edición, cita en la página 339, un fallo del Parlamento del siglo XVII, que condena a un guardia a morir en la horca, por haber permitido que un prisionero muera de hambre.
                [10]El estado de las prisiones, entre el 1 de junio de 1776 y el 15 de mayo de 1783 es el siguiente:
                Hombres durmiendo en camas de paja: 99 y 126.
                Mujeres durmiendo en camas de paja: 22 y 0.
                Hombres en la enfermería:13 y 18.
                Mujeres en la enfermería: 14 y 0.
                Hombres en celdas: 25 y 16.
                Prisioneros en celdas de pago: 29 y 22.
                Total: 202 y 182.
                Las habitaciones de pago se alquilan a 7 libras y ½, 22 libras y ½ o 45 libras por mes. 1 libra = 10 peniques y 1/2.  

[11] El 16 de mayo de 1783, la cantidad de presos era la siguiente:
En habitaciones: 47.
En camas de paja: 209.
En celdas: 16.
En la enfermería: 33.
Total: 305.
Visité a los prisioneros de las celdas un día de vigilia: el viernes, tenía para llevarles un poco de vino ya que, sólo se les distribuye pan.
[12] En mayo de 1783, la libra de buen pan blanco se vendía a dos peniques en París y Bordeaux; ocho libras de pan negro costaban 9 peniques. Copié también las tarifas publicadas en el Marquisant d'Arpajon:
Pan muy blanco, con 9 libras de peso: 18 sols.
Pan común, con 9 libras de peso: 16 sols.
Pan moreno, con 9 libras de peso: 13 sols. 1 céntimo = 1/2 penique.


[13] La mayoría de los artículos son iguales a los de la ordenanza de 1717. Solamente el artículo 11 es nuevo: «Los prisioneros no pagarán en el futuro ningún derecho, ni cuando arriben ni cuando salgan».
[14] Cada hombre saca alrededor de 14 libras de agua a la vez, es decir más o menos la mitad de lo que extrae un trabajador normal.
[15] Sir William Blackstone hace notar que, para un pueblo, mantener su libertad personal es esencial: «porque abandonar el poder a cualquiera, aunque fuese el Rey, llevaría al encierro arbitrario de personas de las cuales él o los oficiales desearían desentenderse (y ésta es la práctica cotidiana de la Corona francesa), y finalmente, a la abolición de todos los otros derechos y libertades... Una persona, digna de confianza, me aseguró que, durante el gobierno del bondadoso cardenal Fleury, más de 54000 cartas con la orden del rey fueron concedidas, por la famosa Bula Unigenitus» , «Comentarios», Libro I, Capítulo I.
[16] Este artículo está redactado de la siguiente manera: «Los Guardias acompañarán a las personas que realicen caridad en la prisión,  ellos determinarán su distribución, lo podrán hacer ellas mismas en las salas del cobertizo o en los patios; pero las limosnas sólo podrán ser distribuidas por los Guardias en las celdas negras, en presencia de las personas que las entregan».
[17] Es de esperar que luego del incendio ocurrido hace unos años, este hospital sea transferido a un lugar más ventilado.
[18] Encontramos, encima de una de las puertas del hôtel-Dieu, la siguiente inscripción, que es tan ridícula como escandalosa para un lugar semejante: «Es esta la Casa de Dios y la Puerta del Cielo».
[19] Mi dilecto amigo el Dr. Price estará contento al comprobar que mejoras sensibles se realizaron en el hôtel-Dieu, la tremenda tasa de mortandad de 1 a 5 disminuyó considerablemente. Cf. ss «Reversionary Payments», vol. I, p. 296 de la cuarta edición.
[20] Estas ordenanzas fueron reunidas e impresas en un in-4º. El decreto aplicado en las capitales del 18 de Junio, comprende 39 artículos y se titula «Ordenanza de la Corte del Parlamento, conteniendo un Reglamento general para las Prisiones, derechos y funciones de los Secretarios de las cárceles, Carceleros y Guardias de las Mencionadas Prisiones: Con la tarifa de los derechos atribuida a los mencionados carceleros». La ordenanza tiene igual título, sólo el arancel es diferente, tiene sólo 33 artículos.
[21] Este artículo tiene como modelo el artículo 1 del Capítulo «Prisiones», de la excelente Ordenanza Criminal de Luis XIV de 1670, que estipula que las prisiones estarán dispuestas de manera tal que «la salud de los prisioneros no se verá perturbada»
[22] Me dediqué a describir minuciosamente este hospital porque las «Salas de convalecencia» que allí se encuentran se parecen extrañamente a un tipo de mejora propuesta por  mi sabio amigo el Dr. Aikin, de Warrington, en su obra "Thoughts on Hospitals". No llevé ese libro durante mi viaje, lo recuperé posteriormente y encontré un pasaje donde el Dr. Aikin manifiesta su deseo de que « todos los pacientes capaces de sentarse pueden ser reunidos durante todo el día en piezas amplias y aireadas ».
[23]  A un prisionero al que se le exige un pago es considerado, en cierta medida, como un rehén, hasta el pago de la suma exigida durante la captura del navío.
[24] «En nombre de los Comisarios para el Cuidado de los Enfermos y Heridos de la Marina, y por el Intercambio de Prisioneros de Guerra.
REGLAS que todos los Prisioneros de Guerra, en Inglaterra, y en Irlanda deben tener en cuenta.
I. Las órdenes dadas por los Agentes, para el cuidado de los prisioneros, deben ser observadas sin réplicas ni disputas. Que ninguno de los prisioneros ose insultar, amenazar, maltratar y aún golpear al carcelero, ni a nadie que haya sido empleado, para los asuntos de la prisión, por el Agente bajo pena de punición que ordenarán los Señores Comisarios, y de perder la oportunidad de ser intercambiados; ser encerrados en celdas estrechas y privados de la mitad de sus víveres.
II. Todos los prisioneros, cuando el agente realice la revisión, responderán a sus nombres; y si en la lista entregada al agente se encuentra algún error, ellos lo indicarán, con el fin de corregirlo; y así prevenir confusiones por nombres erróneos.
III. Todos los prisioneros que se nieguen a responder con sus nombres en la revisión, serán penados con la privación de víveres hasta que se sometan.
IV. Si se producen daños en los sitios donde los prisioneros están encerrados, ya sea queriendo escapar, o en forma deliberada, los gastos de la reparación serán abonados con los víveres de aquellos que han intervenido; y si los culpables no pueden ser descubiertos, todos los prisioneros en su conjunto contribuirán con sus víveres, para los gastos de esa reparación.
V. Cualquiera que se escape de la prisión, y es capturado, será llevado a la celda; sólo tendrá una media ración de víveres, hasta que haya pagado los gastos por encarcelarlo nuevamente, y además perderá su turno de intercambio; un oficial descubierto en una situación tal será, desde ese momento, tratado como un simple marinero.
VI. Está prohibido batirse, pelearse, o hacer desorden en las prisiones o en los sitios al aire libre en los que puedan permanecer los prisioneros, bajo pena de punición según el carácter de la ofensa.
VII. Los marineros, asearán y limpiarán, a su turno, a los prisioneros tal como lo ordene el respectivo agente; además todo marinero que rechace ese trabajo, y que haya sido advertido, será privado de alimentos hasta el momento en que decida realizarlo.
VII. Los prisioneros deben informar al agente sobre las vestimentas u otras cosas que puedan necesitar, y por las cuales tendrán que pagar; y el agente no sólo permitirá que se les suministren sino también revisar los precios que se les impongan.
IX. En cada prisión, los prisioneros podrán designar, para examinar los víveres, de tres a cinco de entre ellos y cambiarlos cuando quieran; para determinar si están en buen estado, si la ración es la estipulada ya sea en el peso y la medida; siguiendo la mesa de avituallamiento abajo indicada. Y si se encuentra algún tema de queja, sea por la manera de prepararlos, servir o cualquier otra cosa, deben, convenientemente darlo a conocer al agente, que en posesión de la queja debidamente fundada, deberá llamarlos al orden. Si el agente hace caso omiso, deberán darlo a conocer a los Señores Comisarios, que deberán suministrar justicia.
X. A los tenderos (con excepción de aquellos que vendan elementos inconvenientes de ser adquiridos por los prisioneros) se les permitirá permanecer en la puerta principal desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde, para poder vender las mercaderías que les deberán ser abonadas, inmediatamente, por los prisioneros.
XI. Cualquier prisionero que por ese medio pretenda obtener licores, u otras cosas prohibidas, o que reciba o entregue una carta, será penado por el abuso que cometió en esa indulgencia».

[25]Esta habitación mide diecinueve pies por doce. En otra habitación, dos tercios más pequeña, se encontraban almacenadas veintitrés hamacas pertenecientes a los marines y que eran algunas veces remitidas a sus propietarios. El patio de la prisión no mide más de veinticinco pies por catorce pies y medio.
[26]C.F. «Edictos de la República de Ginebra». 1735
[27] Hubiera deseado que no existan salas de tortura. En realidad, ningún acusado o condenado fue torturado en los últimos veinticinco años. El artículo 32 del «Reglamento de la Ilustre Meditación para la Pacificación de disturbios de la República de Ginebra», publicado en 1738, establece: «A los acusados y criminales sólo le podrí hacer la pregunta o aplicar la tortura si previamente fueron, por sentencia definitiva, condenados a muerte».
[28] También encontré en la isla de Gorgone, celdas ubicadas en lo alto de las construcciones. Esta práctica no debe ser asimilada a la arcaica y cruel, que consistía en encerrar a los prisioneros en fosas y mazmorras de los castillos.
[29][Sir John Pringle, presidente de la Sociedad Real, en su discurso pronunciado en el aniversario de esta sociedad, el 30 de Noviembre de 1776, p. 16: «El difunto Doctor Mounsey, F.R.S. quien vivió mucho tiempo en Rusia y que fue el Gran Degustador durante dos reinados, tomó conocimiento de las «Observaciones sobre la fiebre de las prisiones» cuando estaba en Moscú: puedo comparar las observaciones de ese tratado con las que él realizó en varias prisiones de la ciudad. Para su sorpresa, las prisiones moscovitas, repletas de malvivientes a quienes la Emperatriz se negaba a aplicar la pena de muerte, permanecían indemnes a la fiebre, y parece que siempre lo hubiesen estado. De regreso a San Petesburgo, realizó las mismas investigaciones y los resultados fueron idénticos »] .
Observaré aquí, que el escorbuto que encontramos en las prisiones francesas puede ser asimilado como una suerte de fiebre de las prisiones, pero durante mis visitas no encontré ningún prisionero verdaderamente enfermo de escorbuto, pues creo que yo sería capaz de distinguir los síntomas. 
[30][ Un viejo guardia olvidó cerrar la puerta de una de las salas, doce prisioneros forzaron la puerta y escaparon. Los transeúntes no hicieron nada para detenerlos pues creían que iban a trabajar. Cuatro o cinco fueron encontrados y encerrados en la misma prisión: los magistrados decidieron no aplicar ninguna punición pues consideraron normal que cada prisionero sueñe con recuperar su libertad. No habían cometido delito alguno y, en ese caso, sólo fue castigado el viejo guardia.]
[31]Estaba presente cuando llevaron el trabajo realizado durante la semana. Luego de examinarlo les entregaron veintisiete libras de lino para la semana. Habían llegado distintas personas para comprar el lino ya trabajado. Estaba encargado de la venta un inspector que vivía cerca de la prisión.
[32]El Trabajo es absolutamente necesario. Si el delito es tal que permite indulgencia, la asiduidad al trabajo debería verse compensada por una disminución de la pena, lo que se realiza en muchos sitios.
[33][Es también el caso de Escocia. Estuve allí en enero de 1775, en una época donde no había proceso. Pero varias personas me dijeron que la práctica de los juramentos, la forma en que se llevan a cabo son muy solemnes. En presencia del juez, el testigo levanta la mano derecha, etc. Se relee la declaración para que pueda corregirla o completarla, luego de la firma del testigo. Las formas se respetan escrupulosamente durante todo el acto. Los jueces deben mantener sesiones de cinco días y permanecer en el lugar. Los prisioneros son liberados inmediatamente]. Se me perdonará, espero, si menciona aquí la forma en que se publica el precio del pan, mejor, según mi opinión, a la que se usa en Viena o en otras ciudades. En la vitrina de todas las panaderías se coloca, a la vista de todos, un cartel en el que figura el reglamento que establece el peso y el precio de tres clases de pan, con el resultado de los controles, en la parte inferior. El reglamento está firmado por el secretario, quien cuida que cualquier variación sea indicada. Copié uno de los reglamentos antes de comprar las distintas clases de pan, para poder pesarlos: mis muestras pesaban más de los indicado. Una libra de pan blanco cuesta cinco Kreutzers, una libra de pan de campo cuatro Kreutzers un cuarto y una libra de pan negro se puede comprar por tres Kreutzers y cuarto - 1 Kreutzers - equivale más o menos a un penique.
[34]Había allí un solo prisionero La primer sala, reservada para las instrucciones, tenía bultos de diferentes tamaños que se utilizan para torturar; el más pesado no alcanzaba las ciento veinte libras y fue, si creemos en la tradición, utilizado para torturar a un burgomaestre de la ciudad. 
[35]En las mejores casas del país, se sacan las camas durante el verano, costumbre que me parece muy saludable y merecería aplicarse en Inglaterra.
[36]«Los salarios de muchos magistrados son irrisorios, con el fin de que el ejercicio de sus funciones no esté incentivado con una ganancia importante, pero sí por el sentido de honor, el espíritu de ambición o el deseo de servir a su país, al igual que por el rédito personal. No existen otros motivos que lleven a los candidatos a querer un puesto de magistrado» «Sketches of Switzerland», p. 463.
[37]La forma de tortura practicada es la más espantosa. Cuando su alteza alcance la mayoría de edad, la «tortura de Osnabrug», estoy persuadido, será abolida en nombre de la humanidad y del buen sentido.
[38]La ciudad impone una tarifa para el precio del pan:
Primera calidad: 1 libra 10 onzas, 2 peniques y 1/2;
Segunda calidad: 4 libras 4 onzas, 3 peniques 2/3;
Tercera calidad: 5 libras 7 onzas, igual
Igual tarifa se aplica también en muchas otras ciudades y en toda Prusia, la carne de buey, de vaca, de oveja, de cerdo, etc.
[39]Ref. El Marqués de Beccaria, Capítulo XII de la Edición Collin de Plancy.
[40]Transcribo aquí algunos artículos del código municipal: «Ningún ciudadano puede permanecer en prisión y ninguna pena se le puede infligir sin que sea juzgado previamente por sus pares, aunque entregue caución y que el crimen no sea un crimen capital. El que huya está fuera de la protección de la ley.
Los bienes de la mujer responden por las deudas del marido, y el acreedor puede tener los hierros de deudor insolvente que no se beneficia con un salvoconducto.
Las composiciones son posibles para los delitos no graves, pero los asesinatos, los robos agravados o con  violencia, la apostasía, la brujería, la traición tienen pena de muerte si el criminal es capturado in fraganti», A. Dathe, «Essai sur l’Histoire de Hambourg » (Ensayo sobre la Historia de Hamburgo).
[41] Los prisioneros pueden calefaccionarse a partir del mes de octubre. Me alegré al verlo y comentarle al guardia que no ocurría lo mismo en Inglaterra: «Algunas prisiones inglesas no están calefaccionadas», le dije, a lo que sorprendido me respondió: «¿Cómo pueden pasar el invierno
[42] Degusté la sopa así como el pan y la cerveza: eran excelentes, servidas en cantidad suficiente. Para la comida los prisioneros reciben para acompañar la comida, pan, manteca o queso.
[43] Pude constatar la eficacia de la policía de Berlín cuando pesé muestras de pan en numerosos barrios de la cuidad: en todos los casos se respetó el peso establecido. En junio de 1778, el pan blanco era vendido a algo más de un penique y  medio la libra, el doble del precio del pan de centeno. En octubre de 1781, por tres peniques compré pan de primera calidad de una libra y catorce onzas, pan de segunda calidad en tres libras siete onzas y un pan de mala calidad por cinco libras cuatro onzas. Los panaderos de Prusia y de Silésie se benefician gracias al pan blanco pero están obligados a fabricar pan de mala calidad en beneficio de los pobres. Existe de igual modo una tarifa que los panaderos deben respetar.
[44] A pesar de lo que haya escrito el barón de Trenck, que estuvo prisionero allí durante seis años, las celdas tienen bastante más que cuatro pies cuadrados y seis pies de alto, los prisioneros no están a pan y agua y tampoco llevan 78 libras de hierro colgadas a su cuerpo.
[45] Cuando visité al gran bailío con el propósito de agradecerle la autorización para visitar la prisión, me tomé la libertad de decirle que había visitado prisiones más limpias que la suya. Le señalé también que la práctica cruel, consistente en encadenar a las mujeres no se practicaba en ningún otro lugar por lo que me contestó: «las encadenamos como medida de seguridad, el carcelero a menudo no se encuentra en la prisión pues es el encargado de transferir a todos los prisioneros del lugar». Le respondí que: «la tarea de un carcelero debe limitarse exclusivamente a cuidar de la prisión, si eso no sucede la suciedad y los tratamientos inhumanos se convierten rápidamente en el destino de los pobres prisioneros»
[46] Se autoriza al público a visitar la prisión, una vez al año, el día de Todos los Santos. Una costumbre parecida existe en Holanda, país en que la visita se permite durante la gran feria anual.
[47] Esta sala de suplicios se asemeja mucho a la que se encuentra en España descripta en la obra de Limborch «History of the Inquisition», traducida por Chandler, Vol. II, pág. 221, 4° edición: «Era una gran sala subterránea, abovedada cuyos muros estaban cubiertos de tintura negra. Los candelabros, colgados en las paredes iluminaban la sala. El inquisidor y el notario apostólico se encontraban sentados a una mesa. Creímos que estábamos en la casa de los muertos, cada objeto parecía terrorífico y solemne a la vez»
[48] Se trata de un trabajo muy insalubre, lo constaté en sus rostros y por el polvo que me tocó respirar. Los médicos deben prescribir sangrías y drogas a los trabajadores dos o tres veces al año.
[49] Menú de comidas calientes que se sirve a los prisioneros que cumplen con trabajos forzados en la casa de corrección de Schwabach.
Domingo: Verano. Una libra y media de carne de buey y una media pinta de legumbres verdes. En la cena, una pinta de sopa y ocho onzas de pan. Invierno. Una libra y media de carne con una pinta de pan duro. En la cena, una pinta de sopa y ocho onzas de pan.
Lunes. Verano. Albóndigas de harina trigo. Invierno. Arvejas.
Martes. Verano. Arvejas y cebada pelada. Invierno. Nabo o papas.
Miércoles. Mijo hervido.
Jueves. Verano. Sopa a la manteca. Invierno. Coliflor.
Viernes. Verano. Albóndigas de harina de trigo. Invierno. Papas y sopa de harina por la noche.
Sábado. Verano. Arvejas. Invierno. Arvejas y cebada pelada.
Suplemento: Manteca todos los días. Dos libras de pan y una media medida de cerveza por día.
Los trabajadores que realizan tareas más livianas reciben una libra de pan, no se les da ni manteca ni cerveza y las albóndigas de los días lunes y viernes se reemplazan por sémola de cebada.
Los vagabundos y los que realizan tareas livianas reciben:
Domingo. Albóndigas y sopa.
Martes. Mijo hervido en leche. No reciben comidas calientes los demás días. Una libra y tres cuarto de pan diario.  

[50] Tengo en mis manos el reglamento de la casa. ¿Pero cuál puede ser el interés de las buenas reglas cuando no se aplican? Sin embargo puede resultar útil tener una idea de ellas, las disposiciones en cuestión parecen haber sido muy estudiadas. El reglamento recuerda que los dos sexos deben estar separados, al igual que los «honestos» y los «infames». El capítulo siguiente trata de los MEDIOS DE CORRECCIÓN en tres aspectos. 1. Instrucción religiosa. Los deberes del capellán están bien especificados: lee las plegarias dos veces al día, da el sermón y el catecismo el domingo y distribuye, en ese momento, las más fervientes y solemnes exhortaciones. 2. Trabajo. El ocio es considerado como el origen de casi todos los vicios, el acento se pone en el trabajo al que están obligados a realizar todos los prisioneros. Ya señalé en el texto la naturaleza de esos trabajos, pero una observación sobre el reglamento me parece oportuno citar: «es necesario encontrar un tipo de trabajo que deban realizar los individuos no aptos para las ocupaciones comunes, mover una rueda, por ejemplo, ejercicio que realizan aún los ciegos». 3. Puniciones a los rebeldes. Todo un capítulo trata de la alimentación, de las vestimentas y de la limpieza. La ración diaria es de dos libras de buen pan, en la cena se sirven alimentos calientes. La carne sólo se distribuye los días de fiesta. Los enfermos reciben un suplemento de pfennigs (moneda alemana). El dinero se le entrega al guardia que compra las provisiones. La falta de limpieza, se afirma, no es sólo responsable de las enfermedades del cuerpo sino también del alma que corrompe y degrada.
[51] 1 kreutzer= alrededor de medio penique.
[52] Los días feriados, cuando se suspenden todas las actividades, los prisioneros reciben cuatro o cinco kreutzers de comida.
[53] Una o dos mujeres gritaban muy fuerte, acusaban a las otras de haberse levantado por la noche y de haberles robado parte de su trabajo. Quien las vigilaba no me ocultó que esas quejas podían ser justas, pero, me dijo, ese tipo de fraudes resultaban inevitables desde hacía mucho tiempo, el tiempo en que las mujeres trabajan y vivían en común.
[54] Las casas de corrección alemanas y austriacas son blanqueadas con cal una o dos veces al año. Casi siempre pregunté al respecto, una disposición de la última ley inglesa para la preservación de la salud de los prisioneros hace obligatoria esta práctica.
[55] Los precios están impuestos por una ley del 1 de julio de 1778. Comprende siete clases de pan. Una libra del mejor pan cuesta exactamente, de acuerdo con mis propios cálculos, un penique y medio. Por un penique se compra una libra y seis onzas de pan de segunda calidad. El pan de centeno, de menor calidad es más económico. En Dresde, por una gruesa (siete farthings) se compran dieciocho onzas de pan blanco, dos libras de pan de casero, dos libras y once onzas y medio de pan de centeno. El panadero de Viena que intente cometer fraude será penado severamente y deshonrado en el «trampolín»: este instrumento de tortura se compone de una larga plancha o de percha, sujetada a orillas del Danubio, y termina con una especie de panera en la que el delincuente es encerrado antes de ser sumergido en el agua. Los panaderos estarían realmente contentos si este aparato desapareciese, pero los magistrados permanecen imperturbables en el momento de condenar a los delincuentes al «trampolín».
[56] Dos ruedas estaban fijas a la chalana, una para excavar el limo y la otra para levantarlo, diez hombres permanecían en el interior para hacerla rodar. El limo se cargaba inmediatamente en una segunda chalana al mando del contramaestre. Tres o cuatro veces al día, un soldado armado con un fusil, acompañaba a un condenado que iba a buscar una cubeta con agua fresca; al regresar daba a los condenados a trabajos forzados, que se encontraban encerrados en las ruedas, de beber un trago de agua. Una vela del mástil de la segunda chalana se encontraba desplegada para dar un poco de sombra a los trabajadores ya que mi termómetro marcaba una temperatura de 85 grados F.
[57] En Aix-la-Chapelle, así como en muchas otras ciudades alemanas, a los condenados se los notifica de la ejecución sólo tres días antes de la fecha en que se llevará a cabo. Los asiste permanentemente un capellán y pueden elegir la comida que deseen.
[58] El autor de la «History of the Inquisition ay Goa», escribió en su capítulo 23: «Durante el mes de noviembre y de diciembre, escuché, todas las mañanas, los gemidos de los que estaban torturando. El método era tan cruel que pude vera varios torturados, de ambos sexos, realmente tullidos. El tribunal no tiene en cuenta ni la edad, ni el sexo, ni la condición de los acusados, sólo le interesan las confesiones»
[59] Ver la traducción de Chandler de la «History on the Inquisition» de Limborch, volumen II, pág. 222
[60] Los prisioneros del Estado están encerrados debajo de los techos del palacio (los famosos plomos), ellos se cocinan durante el verano.
[61] También se lo llama « la piedra del deshonor »; los deudores escapan del encierro, pero, en contrapartida, deben aceptar ocupar el lugar tres veces, de acuerdo con los horarios impuestos, sobre ese instrumento ignominioso. 
[62] Durante mis visitas, me acompañó el Dr. Targioni, que poseía un pase de su Alteza Real para visitar los hospitales porque era el encargado de proponer un plan de mejoras.
[63] Vi a un hermano o un capuchino bendecir la carne o la sopa de la cena. Los numerosos enfermos, que estaban lejos de ser devotos, parecían contentos de verlo allí.
[64] No puedo dejar Florencia sin expresar mi gratitud al Gran Duque, quien me autorizó a visitar las prisiones y a Sir Horace Mann que muy amablemente me brindó su atención y su asistencia.
[65] Eran 132, de los cuales 85, estaban condenados a trabajos forzados en Pisa y 70 trabajan en los pantanos salineros del Gran Duque, en Port Ferrara.
[66] Espero que algún viajero nos brinde un día los planos de ese lazareto, así como los de Liorna y otros lugares en los que sería interesante inspirarse cuando se intente mejorar la construcción de nuestros hospitales y otros edificios públicos.
[67] Ese pan era excelente, mucho mejor que el que me servían en la posada.
[68] 1 Zechin = 9 shillings 3 peniques
[69] Había en Toscana 10 años antes a 1765: 3076 prisioneros por deudas, 704 por delitos menores, 210 condenados a galeras, 17 ejecuciones y 5 condenados marcados con hierro candente. La marca a fuego candente fue abolida por el Gran Duque Léopold. Durante los cuatro años anteriores a 1779, no se llevaron a cabo ejecuciones capitales. Durante la década anterior a 1779, la distribución de los deudores y de los criminales es la siguiente:


Deudores
Delincuentes menores
Galeotes
Condenados a muerte
1769
264
71
34
1
1770
244
101
16
1
1771
264
89
11
0
1772
292
105
10
0
1773
396
115
9
0
1774
412
109
21
0
1775
508
150
12
0
1776
384
129
16
0
1777
176
142
6
0
Total
3036
1126
142
2

Saqué el cuadro precedente de la «Indicación somera de los Reglamentos etc. De Léopld el Gran Duque de Toscana, etc. », En Bruselas, año 1779


[70] Traductora Pública Nacional en Lengua Francesa. Facultad de  Humanidades y Ciencias de la Educación. U.N.L.P. Perito Traductor. Auxiliar de la Justicia. Colegio de Abogados de La Plata.

[71] Cf. La lámina en la que representé su fachada es elegante y simple.
[72] Este tipo de tortura se describe en el libro del Dr. Moore: « View of Society and Manners in Italy », Vol. I, pág. 476 de la tercera edición. En su letra 44º, que merece meditarse, el sutil  autor, luego de proponer algunas reflexiones con respecto de esta tortura, presenta las siguientes cuestiones: « Los criminales son transportados al lugar de suplicio sin demasiada solemnidad, entre los gritos de una muchedumbre que solo se interesa por ver conducir al condenado - ¿se muestra indiferente? ¿Está o no arrepentido? Y que se distrae con este tipo de espectáculo. ¿Dónde está la utilidad de esta ceremonia? ¿Podrá suponerse que ella disuadirá al débil o al desesperado de un mal comportamiento? En ese lugar, en el que a las jóvenes criaturas sin cerebro se las conduce, seis o siete veces al año, al último suplicio entre los que se encuentra un semejante escándalo, el viajero ¿termina creyendo que el fin del legislador es quitar la vida a los culpables de la forma lo menos horrible posible, nada impide a los otros seguir su ejemplo? »


[73] Sobre el adoquinado están dispuestos las piedras de mármol, perforadas con una abertura circular en la que se introducen el cuerpo del  ajusticiado y que llevan la siguiente inscripción:
«Domine, cum veneris judicare,
Noli nos condennare.
Seño, Vos que nos juzgas,
No nos condenes»

[74] Visité esos hospitales en una época, es verdad, que no les resultaba ventajoso: el verano de 1778 que fue extraordinariamente seco y cálido.
[75] Debo esos detalles a mi compatriota, el Señor Denhan, superintendente de las galeras del Papa.

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